domingo 17 de mayo de 2009

Tres meses

¿Cuánto tiempo más estará este blog sin actualizarse?
¿Es que no tengo tiempo para escribir?
¿No tengo ideas?
Nada de eso.
Mi vida ha cambiado muchísimo desde el nacimiento de Isabella, y -sinceramente- todo tiempo libre lo dedico a ella.
En este preciso instante ella me está mirando con sus ojitos de maravilloso asombro, y todo lo que quiero hacer es dejar el teclado y tenerla entre mis brazos.
Quienes quieran conocer a Isabella, pueden ir a este fotolog.

Agradezco los mails de ese puñado de lectores quienes me alentaron a seguir.
Creo, espero y deseo continuar con este blog, así que tal vez este silencio sea sólo momentáneo. De todos modos, los blogs tarde o temprano mueren.

lunes 16 de febrero de 2009

El círculo vicioso de los especialistas

Desde hace muchos años sufro de un síndrome cuyos síntomas son vagos y esquivos. El síndrome consiste en algo así como dolores de cabeza, náuseas, dolor de cuello, mareos, asma y sueño. Todo eso junto, o de manera sucesiva o aleatoria. Dije “algo así como”, porque el dolor de cabeza no es sólo eso, ni el mareo es sólo mareo. Detrás de cada síntoma definido está, agazapado, alguno de los otros síntomas: el dolor de cabeza nunca es “puro” dolor de cabeza; también trae algo de mareo, algo de sueño y un poco de asma. El sueño tiene algo de dolor de cuello. Como si cada síntoma quisiera camuflarse con la vestimenta de otro. Es fácil entender que jamás puedo contestar a la pregunta: “¿qué te pasa?” sin balbucear o hacer largos circunloquios.

Hubo dos buenas maneras de atacar este problema. Una de ellas fue abandonar cualquier actividad y dormir hasta que se me pasara. He tenido que dormir cuatro o cinco días seguidos sin poder dar más que una esquiva explicación a mis jefes y a los médicos que me enviaban del trabajo por mi parte de enfermo. La otra manera –mucho mejor- fue la automedicación. No sé qué sería de mi vida si no fuera por los kiosqueros que me vendían aspirinas, migrales, buscapinas, dramamines y actrones de acuerdo a mi tosco relato de los síntomas y a su concienzudo criterio de farmacéutico amateur.

Un día, siguiendo un mal consejo, decidí ver a un médico. Digamos de antemano que esa fue la peor de todas las ideas. Los médicos son buenos –cuando son buenos- en atacar bacterias, cortar huesos y hacer cirugías. Ciertas cirugías. En cambio, son inútiles cuando uno tiene dos o tres síntomas difusos y de conexión incierta. Por empezar, yo tenía un problema semántico: mis síntomas se comportaban, en cierto modo, como una unidad (a mí me pasaba todo eso junto), pero cuando tenía que explicarlo debía descomponer esa unidad en muchos conceptos. “Migraña, mareos, náuseas, dolor de cuello…”. El médico no entendió el problema de lenguaje; sólo captó la cantidad de términos que yo utilizaba para explicar lo que me pasaba, y me fue derivando a un especialista por cada síntoma. De modo que fui a un neurólogo para investigar el dolor de cabeza, a un otorrinolaringólogo y un oculista para descubrir la raíz del mareo; a un gastorenterólogo para saber por qué sentía náuseas; a un traumatólogo para encontrar por qué me dolía el cuello y a un médico especialista en problemas del sueño para saber por qué me la pasaba bostezando.

Estuve dos meses deambulando entre salas de rayos, electorencefalogramas, pruebas de resonancia, fondos de ojo y masajes descontracturantes. Cada especialista me explicaba las razones por las cuales no encontraba ningún problema y me daba una pastilla para tomar cada ocho horas. A pesar de que yo estaba clínicamente sano, la cantidad de medicamentos que tomaba se había incrementado de forma exponencial. Lo peor de todo es que caí en el círculo vicioso del especialista, uno de los peores males de la ciencia. Veamos en qué consiste.

El oculista no encontró problemas en mis ojos, pero vio algo en el nervio óptico. “Eso lo tiene que ver el neurólogo”, me dijo. Fui al neurólogo y no le dio importancia a mi afección del nervio óptico, pero –en cambio- le prestó atención a algo que pasaba en mi oído medio. “Tenés que ver a un otorrinolaringólogo”. El otorrino no vio algo malo en mi oído, pero sí pensó que ciertos mareos se debían a no sé qué problema en la córnea. “Andá a ver a un oculista”, dictaminó. Había sido derivado en círculos, y podría haber seguido así eternamente.

No voy a omitir algunos diagnósticos desopilantes: un traumatólogo dijo que, si bien yo estaba sano, debía “evitar por todos los medios subir escaleras, mirar pantallas de televisión y andar en ómnibus”. Salí del consultorio sintiéndome un inválido. El otorrinolaringólogo me explicó que mi centro del equilibrio era demasiado sensible. Por lo tanto, debía evitar escuchar música, ruidos fuertes y bocinas. Tampoco me convenía caminar solo por lugares peligrosos ni trabajar en altura. El traumatólogo me pidió que no me sentara durante mucho tiempo, que no levantase la voz, que no escribiera a máquina o por computadora, que no me agachara y que no levantara la cabeza. El neurólogo me recomendó no caminar mucho, no agitarme, no bañarme -porque la ducha podría bajarme la presión y corría riesgo de desmayo- y no emprender una tarea complicada si no contaba con algún acompañante. El gastroenterólogo me prohibió los asados, las pastas, las frutas finas, los helados, las galletitas, las salchichas y los alimentos en lata. El inmunólogo dictaminó que el estrés me podía provocar asma, así que no debía recibir malas noticias ni moverme mucho. Todas estas recomendaciones apropiadas para un enfermo terminal las estaba recibiendo yo con un diagnóstico preciso y unánime: usted está clínicamente sano.

Por suerte el médico clínico estaba afuera de ese endemoniado círculo vicioso del especialista. Vio los análisis sin mucha emoción y me preguntó: “¿Qué estás tomando para todo esto?”. Le dije que los kiosqueros me habían recomendado una pastilla para cada cosa, y que los especialistas me habían dado más pastillas. Con una sabiduría que todavía admiro, el clínico concluyó: “Seguí tomando lo que te recetaron en los kioscos. Olvidate de las otras pastillas”

Desde luego, todavía hoy sigo paliando los síntomas. Ahora mismo, sólo puedo escribir sin marearme gracias al Dramamine. No me duele la cabeza gracias al Migral y la Cafiaspirina. El ibuprofeno anestesió mi cuello, las zopiclonas y melatoninas hacen que duerma bien a la noche, el Sertal es mi aliado para el estómago y el compuesto de budesonida y formoterol evita que me ponga violeta por un ataque de asma. Yo sé que en poco tiempo voy a reventar y me voy a morir de intoxicación medicamentosa, pero estoy convencido de que el médico forense dictaminará que mi cadáver es “clínicamente sano”, con lo cual no tengo de qué preocuparme.


Apéndice: lo que está arriba fue escrito hace unos años, cuando todavía creía que una rama de la medicina –la pastillología del kiosquero de barrio- servía para algo. Hoy, febrero de dos mil nueve, he cambiado de opinión. Contra todos mis instintos, fui a ver a una mujer que hacía curaciones milagrosas y desde hace dos días no me pasa absolutamente nada. Ningún dolor, ninguna molestia. Su cura consistió en reconocer los síntomas con sólo tocarme la frente y declarar que al día siguiente iban a desaparecer (Seamos honestos: una cosa es la clarividencia, y otra son los poderes curativos. ¿Qué tiene que ver la visión mental con la curación milagrosa? Una cosa es saber cuál es mi problema sin que yo se lo diga; otra muy distinta es poder curarlo). Al día siguiente desapareció mi síndrome. Eso sí, la mujer –que llevaba el pañuelo recogido con una bandana roja con corazoncitos blancos- aclaró que yo había sido víctima de una poderosa fuerza maligna que alguien había desplegado. Lo curioso es que esa “fuerza maligna” no estaba dirigida especialmente a mi persona: alguien la había puesto a rodar con otros propósitos y yo padecí ese mal de rebote. Otra curiosidad aun mayor: esta mujer era directora de una escuela, y hacía curaciones aula por aula a los alumnos que estaban en clase.

Quisiera que los síntomas reaparecieran para refutar a esa charlatana, pero se empeñan en ya no estar. Eso sí, ahora tomo más pastillas que nunca, porque nunca antes me había sentido tan sano.

viernes 16 de enero de 2009

La Máquina Yo

01/ 01/ 09 / 08:00

A las ocho de la mañana del uno de enero tocaron timbre en mi casa.

El sonido me provocó más intriga que sobresalto. Por casualidad yo estaba despierto a esa hora, en la cama, tratando de decidir si seguía durmiendo o si había algo mejor que hacer en el día más feriado del mundo.

Cuando el timbre insistió por segunda vez me levanté con pereza y busqué las ojotas. Era necesaria esa insistencia para apurar mi decisión. Ninguno de mis amigos vendría de visita a esa hora, a brindar, con el sol ya tan alto. Tampoco podía ser un vendedor o un empleado del correo.

La única posibilidad –por la cual me estaba levantando- era un pariente que venía a comunicarme un hecho desgraciado. Algún familiar muerto por un cohete, o un atracón, o una borrachera de año nuevo.

Abrí la ventanita de vidrio de la puerta. Del otro lado me esperaba un hombre desconocido de unos sesenta años vestido con pantalón, camisa y zapatos blancos. Sonreía con la boca abierta como un niño tonto.

- Buenos días, caballero. Feliz año nuevo –dijo.

- Buenos días – contesté, todavía tratando de calcular qué podía querer ese hombre

- Le vengo a traer una buena noticia.

“Familiar muerto, descartado”, pensé con alivio.

- Me alegro mucho. Dígame.

- ¿Usted se ha encontrado a sí mismo?

“Claro”, pensé. “Un religioso”. Sólo un religioso podría levantarse muy temprano el uno de enero y alborotar la trasnochada tranquilidad de los durmientes. “¿Qué debo contestar?”, me pregunté. A lo largo de mi vida tuve encarnizadas discusiones metafísicas con religiosos, con creyentes en el misticismo new age, con autoproclamados príncipes intergalácticos y niños índigo. Mi carrera como profesor de filosofía me enseñó sólo dos cosas: una, el agnosticismo. Dos, la argumentación y el diálogo hasta las últimas consecuencias, siempre que pueda mantenerse dentro de ciertos marcos racionales. ¿Qué debía hacer ante este hombrecito de ridícula vestimenta que venía a hacerme una pregunta tan contundente? ¿Esperaba él una encarnizada dialéctica? ¿Estaba yo dispuesto a batirme a duelo erístico con este ocasional desconocido en la puerta de mi casa?

Ganaron mis deseos de generar un diálogo tormentoso:

- Depende de lo que entienda por “sí mismo”, “usted” y “encontrarse? ¿A quién o qué se refiere cuando me dice “usted”? ¿Qué es el “sí mismo”? ¿Encontrarse en qué sentido? ¿En el espejo? ¿En un dilema moral? ¿En la propia conciencia? ¿En peligro?

El hombrecito siguió sonriendo sin amedrentarse.

- Típica respuesta de quien nunca se encontró a sí mismo. Quien tiene un hijo, sabe qué se siente tener un hijo. Quien está enamorado, sabe que lo está. Pero el que pregunta, es porque no entiende, y el que no entiende es porque no se ha encontrado.

Suspiré y concedí ese punto. No porque me convenciera; simplemente quería saber adónde se dirigía.

- Usted nunca se encontró a sí mismo. Por eso, para comenzar este dos mil nueve voy a invitarlo a que se encuentre. El didáscalo le puede conceder una cita sin compromiso. ¿Le parece bien en una semana, el ocho de enero a las veinte horas?

Suelo pensar con mucha cautela cualquier ofrecimiento. Pero este, en particular, era sumamente oscuro y a decir verdad me confundía. ¿Adónde me estaban invitando? ¿Qué me iba a mostrar? Preferí seguir preguntando antes de responder.

- Vamos por partes, caballero. ¿Quién es usted? ¿Qué es el didáscalo?

El hombre sonrió con más afabilidad, tal vez sintiéndose halagado por mi interés.

- Yo soy un discípulo del didáscalo. Mi nombre es Juan, pero eso no es importante. El didáscalo es el maestro.

Las cosas se iban poniendo bizarras, lo cual atraía mucho más mi hambre de discusión. Decidí preguntar hasta el final.

- Y el didáscalo, ¿me puede enseñar quién soy?

- No directamente. Él lo preparará para enfrentarse a la Máquina Yo. La Máquina Yo le dirá quién es.

- ¿Qué es la Máquina Usted? – pregunté, fascinado por ese nombre pomposo que me sonaba a robot del futuro.

- La Máquina Yo no soy yo, hombre. Tampoco es usted. Es una porción del Ojo de Dios que le fue concedida al Didáscalo.

“Por fin algo bueno”, pensé. “Por fin aparecen los componentes divinos, la fina hilacha de metafísica vacía hecha a propósito para desbaratar cualquier argumento en contra”

- ¿Y cómo le fue concedido el ojo de Dios al Didáscalo?

- El Didáscalo soñó con el Ojo de Dios. Cuando despertó, tenía al Ojo en su estómago. Después de cuarenta días de ayuno y purificación, el Ojo atravesó su intestino y finalmente lo defecó. Lo divino se manifiesta en sueños; luego se hace carne y finalmente es parte del mundo.

- Y el Didáscalo, ¿era Maestro desde antes? ¿O se convirtió en Maestro después de recibir el Ojo de Dios?

El hombrecito de blanco seguía entusiasmado. Probablemente se sentía feliz de que alguien le mostrara tanto interés.

- Antes de soñar con el Ojo, al maestro le fueron reveladas las siete verdades que están escritas en su libro. Las siete verdades hablan del conocimiento de sí mismo.

“Verdades reveladas”, pensé “Es delicioso. Las tienen todas consigo”

- ¿Y cómo fueron reveladas esas siete verdades? ¿Mediante apariciones?

- Nada de eso. Mediante sueños. El Maestro una noche se acostó, y al otro día era un sabio. Un sabio de Sí mismo. Ese Sí mismo que somos cada uno de nosotros cuando somos cada uno.

- Y esas siete verdades, ¿se pueden conocer? - pregunté

- Claro, hombre. Están en el libro del didáscalo. Puede comprarlo en cualquier librería. El Didáscalo firma con el seudónimo de Maestro Yo.

- ¿Usted es el Maestro? ¿El Maestro Usted? –pregunté burlándome.

- No, no “yo”. No “yo” de “yo”. “Yo” de “Él”. ¿Me entiende?

- Ah, claro. Clarísimo. Y muy interesante. ¿Dónde se hace este encuentro con el Yo?

- Le dejo la dirección del templo. ¿Día ocho a las veinte?

Estuve de acuerdo. El hombrecito sacó un cuaderno del un bolsillo y anotó algo. Luego cortó un papel y me lo dio.

- Esta es la dirección. No es lejos. Lo esperamos. Hasta luego.

Eran las ocho y veinte, y el discípulo del Didáscalo se había ido, dejándome con muchas ganas de tener una agitada discusión metafísica.


08/ 01/ 09 / 20:00


Una hora antes del día y el horario pactados, yo había olvidado por completo esta cita. Irma tuvo que recordármela, como un reproche. “No vayas”, me había dicho el uno de enero, cuando le conté el curioso encuentro con el hombre de blanco. “No sé qué esperás encontrar. Unos cuantos dementes, rituales, cantos… ¿qué más?”. Yo le había contestado con arrogancia: quería ir para ver si tenía una oportunidad de desenmascararlos. Quería continuar y profundizar la inevitable y deliciosa discusión con un fundamentalista. Siempre me había gustado discutir con mormones y evangelistas, porque sus únicos endebles argumentos eran una sujeción literal a la Biblia o al libro sagrado que fuera. “Estos no son mormones, Jorge. Tené cuidado”.

No le hice caso.

Ya estaba en la dirección. No era un templo o, al menos, no tenía la apariencia que yo esperaba. En el frente había un jardín donde competían con violencia las rosas y las margaritas con varios tipos de malezas. Al fondo de esa inmóvil contienda de vegetación silvestre había una casa antigua bastante deteriorada. La puerta estaba abierta de par en par. En la mirilla alguien había colgado un dibujo de un hombre con tres ojos.

Mientras ingresaba por el zaguán tenía la sensación de estar en un lugar muy alejado de la ciudad. Me daba la impresión de que por allí pasaba un río. El aire era fresco y el olor de las plantas tenía para mí una intensidad desacostumbrada.

Fui por un pasillo directamente a la primera habitación donde había una luz encendida. En un antiguo comedor, un hombre estaba escribiendo algo en una computadora portátil, sentado frente a una mesa de caña.

- Buenas tardes. Siéntese, por favor – dijo, invitándome a una banqueta con almohadones sucios delante de su escritorio. En ningún momento levantó la vista de la pantalla – Dígame su nombre.

- Buenas tardes. Soy Jorge Mux.

- Jorge… Mux. Lo anoto y ya lo hago pasar.

- ¿Aquí es la reunión? –pregunté algo incómodo.

- Es en el salón principal. Póngase esto y sígame.

El hombre me dio una especie de chaleco plateado y una cofia. La casa tenía otro largo pasillo que comunicaba a habitaciones oscuras. Al final de ese pasillo, había una puerta que no formaba parte de la arquitectura original. Era una puerta blanca de metal, con una palanca de apertura de emergencia.

- Yo lo voy a acompañar para hacerle dos o tres advertencias. Pero luego se quedará a solas con la Máquina Yo. ¿Está claro?

“Está claro”, dije, tragando saliva. Mis esperanzas de una discusión prolongada con un grupo de fanáticos se empezaban a frustrar. El hombre abrió lentamente la puerta.

Estábamos en una habitación blanca, iluminada con fluorescentes que estaban ocultos dentro de las paredes. La luz provenía de todos lados, y no dejaba que se proyectaran sombras. En la mitad de la habitación, había una caja de cartón corrugado colgando de cuatro alambres del cielo raso. La caja estaba a la altura de mis ojos, y tenía un agujero muy grosero, hecho quizás con cuchillo. En ese lugar, en el agujero, tenía pegada una lupa con cinta de embalar.

- Bueno, Mux, no mire la lupa todavía. Hágalo cuando yo le diga.

Sin querer, ya había mirado. Lo único que veía era oscuridad. La oscuridad del interior de una caja de cartón.

- Siga mis instrucciones, por favor. Cuando yo me vaya de esta sala, usted empiece a gritar. Grite como si estuviera haciendo fuerza para evitar que lo aplaste una roca gigante. ¿Entiende? Haga gritos largos, que consuman todo su aire. Cuando ya se sienta cansado, en mitad de uno de sus gritos más prolongados, mire a la lupa. ¿Queda claro?

Me imaginé a mí mismo en pocos segundos, gritando como enloquecido y me estremecí. “Queda claro”, dije.

- Ahora yo voy a decirle algunas cosas a la máquina – dijo el hombre- para que no se sienta incómoda con su presencia.

El hombre empezó a acariciar la caja de cartón y le habló con dulzura. “Mirá quién está ahí… Pero mirá quién está ahí… él es Jorge Mux… no te va a hacer nada”, decía en el mismo tono de voz con que se habla a las mascotas o a los retrasados mentales. Cinco minutos después de susurros y caricias, el hombre se retiró.

- La puerta sólo se abre desde afuera. Yo me retiro. Usted empiece a gritar apenas cierro.

08/01/09 20:30

Estaba solo en una habitación con un chaleco plateado y unas pocas instrucciones absurdas. Durante los primeros minutos me mantuve pensativo y en silencio. Observé las paredes y el techo buscando una cámara o algo parecido. Evitaba mirar la caja de cartón, desprolija e incongruente. Pensé que adentro podía haber una rata, o una araña gigante, pero no se oía ningún movimiento. Todavía no estaba arrepentido ni preocupado: la sorpresa y la curiosidad eran superiores. Luego pensé que sólo abrirían la puerta si me escuchaban gritar. Luego me di cuenta, con horror, de que precisamente mis gritos eran la indicación para no abrir. Yo podría estar gritando de desesperación y claustrofobia, y el hombre interpretaría que sólo estaría siguiendo sus instrucciones.

Lancé un pequeño grito. Un grito sin fe, con cierta vergüenza. No es fácil desaforarse en un lugar desconocido. Con los minutos fui mejorando. Tomaba aire, me apoyaba contra las paredes luminosas y gritaba. Corría de un extremo al otro y gritaba. Concentraba toda mi fuerza en el estómago, y gritaba. En uno de los gritos observé la lupa.

Y allí ocurrió el milagro.

Cuando puse un ojo en la lupa, me vi a mí mismo gritando. Me vi desde adentro de la caja, observándome, gritando y queriendo observarme. Vi mi rostro de desesperación, de orfandad, de horror ante el desdoblamiento. Me vi a mí mismo, a mi hermano y a mi hija. Y vi un poco de mi padre, y de mi madre, y apenas un atisbo de mis abuelos. Me seguí mirando, con el imposible ojo fijo en la lupa (el ojo que miraba desde adentro), y vi a mis nietos. Los vi porque ellos estaban afuera mirándome, pero también porque yo era todos ellos. Recorrí con detalle algunas vidas – la de mi hermano, la de mi hija y la de otra persona desconocida, con mucho más fuerza que el resto. Pasé interminables años sintiendo la angustia de ese yo múltiple que no era yo y que no era exactamente cada uno de los yoes que escudriñaba. Era como un ojo sin conciencia, o con una conciencia indefinida e impotente. Como un muerto que se visita a sí mismo y a sus parientes, y los visita desde adentro, viendo lo que ven y pensando lo que piensan.

Pero no sólo vivía en mis parientes cercanos. De a poco, comencé a ser otros, desconocidos e inciertos. Otros todos juntos, otros todos a la vez que latían y me inundaban con oleadas de sensaciones, dolores, placeres, recuerdos y pensamientos. Yo mismo fui todos los otros en todos los tiempos.

Luego terminé de exhalar ese grito que parecía perpetuo, y sólo vi la lupa. Del otro lado, el hombre abrió la puerta.

- Muy bien, Jorge–dijo –Ya puede salir.

No estaba temblando. No tenía miedo, ni me sentía especialmente raro. Sin embargo, había tenido la experiencia más extraña –y a la vez más familiar- de mi vida.

El hombre me invitó a la cocina y me ofreció una taza de té verde. Lo tomé en silencio.

- ¿Hay algo que quiera preguntarme? –dijo, cuando ya casi terminaba la taza. Tenía calor, y el té estaba muy caliente. Una cigarra había estado chirriando todo este tiempo, y yo no la había escuchado.

- Claro. ¿Por qué veía con más fuerza las vidas de mi hermano, de mi hija y de una persona desconocida?

- Por una simple razón –dijo el hombre- los lazos genéticos más fuertes son con tus hijos y con tus hermanos. Con ellos compartís la mayor cantidad de genes.

- ¿Y quién es el desconocido?

- Tu futuro hijo. El hijo que todavía ni siquiera está concebido.

Me quedé pensativo otro largo rato, tomando la taza con ambas manos.

- ¿Por qué a algunos acontecimientos los veía con claridad, y a otros algo borroneados, de color verdoso, y los sonidos se escuchaban como en una cinta vieja?

- Bueno... Lo que se ve con un verde musgo y lo que se escucha difuso, pertenece a acontecimientos que sólo ocurrirán cuando ya hayas muerto. Estás mirando la vida de otros desde una perspectiva que tu vida física no puede alcanzar. Por eso, se ve todo deformado.

"Estuve muerto", pensé. "Así ven el mundo los muertos".

- Una última pregunta y me voy. ¿Usted es el Didáscalo?

El hombre se rió.

- Yo soy un empleado. Soy profesor de física. El Didáscalo es el hombre que lo fue a visitar y lo invitó aquí.

Todavía no había hecho la pregunta más elemental.

- ¿Qué hay adentro de la caja?

- ¿Cómo? ¿Todavía no se dio cuenta, Jorge? Dígame, ¿En qué parte de su cuerpo está usted? ¿Puede señalar una parte y decir "Aquí, este soy yo"? ¿En sus pies? ¿En su cabeza? ¿En qué parte de la cabeza, exactamente? ¿En la glándula pineal?

El hombre me miraba con una confianza burlona, quizás esperando que yo le respondiera. Sin embargo se adelantó:

- Jorge, la caja está totalmente vacía.




viernes 2 de enero de 2009

Un mes

Desde el día en que nació Isabella, apenas he tenido tiempo para sentarme a escribir. Tengo muchas historias para contar, pero este primer mes de adaptaciones (de Irma y mío al rol de padres, y de Isabella al mundo) no han ayudado a que las historias puedan plasmarse por escrito.

Les agradezco por las palabras de felicitación del post anterior, y en cuanto pueda (seguramente muy pronto) volveré al ruedo. Mientras tanto, nos seguimos viendo en Exonario y en Questasbuscando.

Feliz año nuevo.

viernes 28 de noviembre de 2008

Nacimiento

Hoy, a las 00:52, nació mi hija Isabella Mux.
Nació sanita, pesó tres kilos trescientos.

Seguramente este hecho amerita una multitud de historias, pero hoy no puedo.
Simplemente quería comunicar eso, porque ahora -precisamente ahora- no tengo palabras.




domingo 16 de noviembre de 2008

Cangrejos, monstruos y berenjenas.

La primera vez que un ser soñó no fue un hombre. Mucho antes del hombre había un sueño primitivo, una colectiva intuición que se transmitía entre los seres de alguna especie quizás no mamífera, quizás no terrestre. El ser, un individuo tal vez cuadrúpedo u octópodo entabla una batalla con su inconsciente, se despierta de un sueño que no sabe recordar y que tampoco sabe muy bien cómo debe soñarse. Faltan eones para que el sueño se adapte a la conciencia y la conciencia sea capaz de recrear numerosos sueños a partir del sueño primigenio.

Un hombre sabe que sueña; un hombre sabe que los perros y los gatos sueñan; un perro y un gato no saben que sueñan y sin embargo sueñan. El inconsciente juega doble, dos veces inconsciente: el sueño que no se sabe sueño y la conciencia que no sabe que sueña. El primer ser que pudo soñar deja escapar un grito entre sueños y se despierta agitado; no sabe que ha sido el primero en recibir imágenes desde una desconocida profundidad de sí mismo. El ser no sabe que ha soñado con un cangrejo.Los sueños que no se recuerdan pueden ser cualquier sueño; todos los sueños que se han olvidado, que todos los seres olvidan a cada noche pueden ser el mismo sueño.

El sueño que todos olvidan es el sueño del cangrejo.

Un cangrejo de oro que se corta las innumerables patas con sus pinzas y de sus patas cortadas salen otras pinzas que se cortan a sí mismas, y de sus pinzas y sus patas cortadas, muertas en el piso, surgen otras pinzas que se cortan y que lo cortan. El cangrejo es un mar de mutilación; se desarma a sí mismo y al mismo tiempo se recompone para desarmarse: mutilarse para multiplicarse, multiplicarse para ser más para mutilar.

El ser no sabe que ha soñado con un cangrejo. No conoce los caracteres de la gramática onírica; apenas puede balbucear el extraño recuerdo de alguna imagen blanda, ajena y huérfana.

Lo despiertan sonidos de aves y un grave estrépito enfurecido. Mientras corre para escapar de la tormenta ya habrá sido incapaz de saberse onírico: no hay más que un impulso: el de la vida de vigilia, sin más ensoñaciones que el masivo olor de la tierra húmeda y los pastizales verdes.

Pero el sueño del cangrejo es una sombra continua que no parpadea. El cangrejo aparece en el temible relámpago, en los árboles que rugen con el viento y en la letal dentellada del cocodrilo.

martes 21 de octubre de 2008

La mueca

En la sala de espera del alergista, en un congreso sobre pensadores vieneses, en el almacén, en el colectivo: siempre hay una renovada comitiva de desconocidos que me acompaña circunstancialmente. Caras anónimas, nuevas, de gestos insólitos e impredecibles que de vez en cuando bufan, respiran, cierran los ojos o preguntan la hora. Nuestra reunión parece ocasional, azarosa, dictada por la simple coincidencia de viajar en el mismo ómnibus o tratarnos con el mismo médico. Pero por un leve indicio me doy cuenta de que sus ingratas presencias no son producto de la casualidad: cada tanto me miran. Sus ojos se cruzan con los míos por un segundo. En ese segundo me juzgan, hacen una mueca y me reprueban.

Cuando descubro que esos desconocidos no están allí por lo mismo que yo; cuando sé que no tienen el menor apuro por que los atienda el médico –de hecho, el médico tarda a propósito para darles tiempo-, me tomo el trabajo de disimular y, con paciencia, los estudio con la misma mirada casual con la que ellos me ven. Yo mismo finjo que sólo espero que se termine la espera; y sé que ellos saben que finjo, pero finjo que no lo sé. Ellos, por su parte, fingen que yo no sé que están fingiendo. Mantienen sus desquiciados personajes aun cuando les he quitado la máscara.

Cada rostro tiene el sello de una mueca, como un defecto de fábrica. Esa mueca con la que miraron por un segundo, es una mueca fija. La que torció la boca, tiene siempre la boca torcida. El que pestañea con un solo párpado, lo sigue haciendo. En el molde de plástico con el que los construyeron, estaba la desesperada forma de la mueca. Nunca se librarán de ella y ahora me miran a mí, con disgusto, con el resentimiento de saberse muñequitos sin alma y mal esculpidos.

A cada rostro le pongo un apodo infamante y preciso. La Pagapoco, El Ratón Cachivachero y Egoísta, El Mirapetes, Caramañola, Dandy Sucio. A veces imagino historias para explicar cómo fueron engendrados esos seres con rostro de mueca: la de escote prominente, tetas caídas y un par de lunares en el rostro, salió de una sartén con aceite quemado después de haber freído churros grasientos y fláccidos. El palomo anguloso y sin cuello fue un trozo de mampostería que cayó de un balcón. El Sacachulos fue el producto de la electrocución de sus padres quienes vivieron en el interior de una lámpara quemada.

Otras veces, a través de sus muecas, su ropa y la forma de su cuerpo, imagino cómo llevan su escasa vida esos monigotitos deplorables. La gacela culona cara de pánfila se hace quemar las piernas con cigarrillos de mentol. El pobre tipo ténganle lástima vive en una habitación oscura y vacía, y pasa todo el día envuelto en polietileno. Cada tanto pasa la lengua por la bolsa con la que se rodea y degusta con fruición el sabor anodino del plástico. El guachito dedos de bicho se dedica a despedazar niños; los separa en partes con sus manos de tenaza arácnida y luego los entierra todavía vivos en el patio de juegos de un jardín de infantes, con la complicidad de las maestras y los padres de los niños.

Los muñecos que me miran sórdidos con mirada casual y perdida, que me odian a muerte, son seres planos construidos por nadie como robotitos sin objetivos. Su mente –si es que tienen mente- sólo es un reducto de turbada conciencia en la que apenas si subsisten dos o tres obsesiones miserables: cerrar la ventana, matar niños, mirarme. Mirarme y despreciarme, odiando mi rica e inteligente vida mental. Odian que yo sea un auténtico humano, en vez de la poco convincente caricatura que ellos apenas se molestan por fingir.

Nunca tardo en identificar al líder. Siempre es quien más se cuida de no mirarme, o de mirarme sólo cuando yo no lo veo. Es el que tiene un aspecto más parecido a un ser humano. Claro que no puede engañarme a mí. El líder nunca es el primero en atacar (por lo general, el ataque proviene del más débil, infeliz y enclenque) y cada tanto nos habla a todos los presentes, como si no nos conociera o como si de verdad le interesara lo que nos dice sobre el clima o sobre política internacional.

Las muecas de cada uno conforman una única mueca colectiva. Según el lugar y la ocasión, las marionetas cambian –no son las mismas si estoy viajando en ómnibus que si estoy en un congreso-, pero la mueca general, la mueca total y abarcadora, es siempre la misma. Esa mueca universal, siempre presente en cualquier reunión de apariencia azarosa, es el verdadero rostro que me mira cuando me miran. Si alguien quiere ocultar la gran mueca con lentes negros, ahora la gran mueca incluye lentes negros. Si alguien se tapa con flequillo, ahora el flequillo es parte de la gran mueca. A veces puedo ver la gran mueca aun cuando no hay nadie. Cuando estoy yo solo esperando el ómnibus o cuando la sala de espera está vacía: todavía sé que la gran mueca me está mirando con gesto condescendiente, con envidia y pasmo infinitos.

Pero la mueca es impotente si ningún engendro infrahumano ejecuta su mirada. La mueca me quiere convertir en mueca. Quiere que yo sea su títere; que sea ella. Quiere que mi rostro y mi cuerpo tengan una mueca universal. Quiere que me convierta en muñeco de trapo sucio de pelo de comadreja, como el ejército de zombis con ojos de botón descosido que me rodea. Quiere que yo sea ella para que ella tenga más para expresarse como mueca; para que yo sea su lienzo donde fluir como mueca, como más mueca que antes.

A veces los desconocidos me miran al unísono, en silencio, durante un buen rato. Yo evito mirarlos a los ojos; finjo que leo una revista o entrecierro los ojos como si me estuviera durmiendo. Pero ellos me miran, impotentes y esclavos de la gran mueca. Su mirada total me drena; si les hablo o si los miro, uno por uno, me convierto en uno de ellos.

Una tarde de viento, mientras esperaba junto con muchos desconocidos en la vereda a que abriera una tienda de ropa, la mueca clavó su mirada colectiva sobre mí. Esa tarde sentí que mi cuerpo se hacía de madera; que mi pelo era plástico y que mis pensamientos se volvían suaves, cálidos y pesadillescos, como los de un muñeco angustiado con reminiscencias de haber sido humano, o como un retrasado mental que todavía conservara cierta conciencia de haber tenido una vida más plena y más rica. Por un momento fui uno de ellos. Por un momento yo mismo dejé de pensar y busqué, desesperado, a otros para convertir en muñequitos. Pero se levantó la persiana del negocio y todos se dispersaron.

Sin embargo todavía pasa algo extraño. Cada tanto me encuentro con un espejo y me veo, de golpe y sin querer. Veo mis ojos como de plástico; mi mirada es un gesto desesperado e inexpresivo. Desde hace un tiempo, casi no respiro y sólo me alimento de juguetes rotos que dejan los niños olvidados en la calle. Desde hace tiempo duermo en una cajita de violín, dentro de un placard y salgo por las noches a mirar y a evitar mirarme, porque le tengo miedo a esta nueva mirada desesperada que se gesticula desde mi rostro.

viernes 26 de septiembre de 2008

Instrucciones para fracasar en la vida universitaria

Yo antes pensaba, con ingenuidad, que cuando alguien decide cursar una materia en la universidad, tiene en claro –al menos- qué cosas no se deben hacer en un aula. Un estudiante universitario de primer año ya cuenta, en Argentina, con doce años de educación formal. Viene con siete años de una primaria y cinco de una secundaria. Conoce lo que es la vida académica y sabe –holgadamente- en qué consisten una clase o un examen. Pues bien, me he equivocado.

En los pocos años que llevo como docente, he visto y escuchado los peores y más incongruentes disparates. Uno podrá decir: eso no sorprende a nadie. Pero no hablo (solamente) de disparates conceptuales. Un alumno puede rendir un examen sin haber estudiado y puede escribir cualquier cosa para ver si tiene la mínima chance de aprobar. Hasta ahí no me cuesta entender su estrategia: aunque lo que escriba sea digno de una obra de teatro absurdo, hay una meta clara y definida.

Yo me refiero, en realidad, a los desatinados. A quienes no parecen haber entendido en qué consiste la situación de clase o de examen. A aquellos que, a pesar de haber acreditado doce años de educación formal y de haber pasado con comodidad una pericia psicológica, creen que una clase es una instancia con reglas abiertas, vagas y maleables.

Desde luego, los desatinados son pocos. En proporción, son muy pocos. Pero no deja de sorprenderme –no soy el único sorprendido, claro- cómo el desatinado pudo saltar todos los cercos académicos que lo condujeron hasta el aula universitaria. Es difícil de creer que alguien incapaz de escribir sin errores su propio nombre haya pasado desapercibido ante una legión de docentes que lo evaluaron y siguieron durante doce años.

Los pocos desatinados hicieron muchas cosas desatinadas. De allí deriva mi sorpresa: un hecho aislado no llamaría mi atención; sería una de las tantas curiosidades que pueblan los pasillos de la facultad. El desatinado cree que entiende las reglas, pero en realidad sus criterios están trastocados y cada paso que da es un nuevo desatino. No encuentra el timing de la vida académica y, a veces – mucho peor- jamás encuentra un lugar amable dentro de la vida social.

Voy a contar la historia de varios desatinados –dos o tres, no más- como si fueran una única historia. Los desatinos son tan completos y vergonzosos que poco importa si los cometieron muchos o uno solo. Baste saber que sus autores fueron un magro puñado de personas raramente confundidas.

A veces en mis clases de ética pregunto: “¿Por qué no venimos desnudos a clase?”. La pregunta es casi retórica: la única respuesta que espero debe involucrar la noción de reglas morales, costumbres y cosas por el estilo. Una tardecita de mayo un alumno entendió mi pregunta como una provocación literal. Después de decir algo desafiante (algo como “¿Qué te pensás vos?” o “A mí nadie me pone las reglas”), comenzó a sacarse la ropa. Quedó en calzoncillos ante nuestra pasmada contemplación. En ese momento, cuando nos vio sorprendidos, se puso a tararear y a bailar el Rock del Gato, moviendo la pelvis contra el banco que había usado de perchero. Después de cantar “Al ver sus ojos me den / alguna noche de hotel”, pidió a los gritos que hiciéramos palmas. Cuando pude reaccionar le pedí que se vistiera y se retirara. “No te lo tomes así, era una joda”, dijo el desatinado con un genuino temor. “No me vas a hacer llevar la materia a diciembre por una boludez”.

Analicemos este hecho: puedo entender que alguien quiera provocarme y lleve su provocación hasta las últimas consecuencias. Puedo entender un desafío cuyo único bizarro objetivo sea desbaratar una clase. Lo que no me explico es la mirada aterrorizada del muchacho cuando descubre que su intervención no me hizo gracia. Como si hubiera sido incapaz de calcular de antemano que su acto de rebeldía era muy incongruente. (Dejo de lado el ruego de que “no lo mande a diciembre”, como si se tratara de un colegio secundario)

Como dije, el desatinado no se contenta con un único desacierto. Ni siquiera tiene la ligera sospecha de que lo que hizo puede ser muy mal juzgado.

Otra tarde de mayo, el nudista repentino escuchaba mi clase sobre Sócrates y bufaba después de cada una de mis frases. Cuando terminé de explicar cuál era el objetivo de Sócrates al interrogar a los atenienses, me gritó desaforado: “¡Qué hinchapelotas, Mux!”

Los desatinos causan mucho estupor, pero en el fondo tienen una lógica sencilla. La alborotada cabeza de este muchacho funcionaba de una manera muy simple: él creía que la historia de ese hombre que interrogaba a los atenienses era mi propia historia. En otras palabras, había pensado que yo tenía el hobby de viajar a la Grecia del siglo quinto antes de Cristo para molestar a jóvenes con preguntas absurdas. En esa misma clase –por algunos indicios leves pero inequívocos- descubrí que ese muchacho había creído que las teorías de los filósofos griegos eran en realidad mis propias teorías acerca del universo.

Como el desatinado no conoce los límites entre lo académico y lo personal, busca mi teléfono en la guía y me llama un día cualquiera para contarme que “se le ocurrió una idea filosófica” y que quiere hablar porque “no está de acuerdo con nada de lo que yo pienso”. En mitad del relato de “su idea”, me cuenta retazos de su vida personal y se pone a llorar porque una novia lo dejó y “se llevó el reproductor de DVD”. Un minuto después me pide perdón y me pregunta cómo tiene que hacer para ser profesor, porque él “ya es filósofo”, dado que tiene una idea filosófica. Como ya se siente parte importante de la vida académica, me llama repetidas veces al celular para anunciarme que va a llegar unos minutos más tarde o que se va a retirar antes, o que la idea que tenía antes no era muy buena y que ahora se le ocurrió otra idea mejor.

Una tarde cualquiera se levanta en mitad de la clase, se acerca al pizarrón, me pide permiso e intenta exponer “su teoría” frente al resto de los alumnos. Yo lo escucho en silencio a un costado. Dice dos o tres palabras, balbucea, comenta que su novia lo ha dejado, se pone a llorar y vuelve al banco.

Llega el día del examen parcial y el desatinado se presenta a rendir. Él no sabe –se lo tengo que explicar allí mismo- que un parcial es una instancia escrita que se resuelve en silencio. Insiste en que él está más cómodo cuando yo hablo, porque –según su versión- él es “bueno para escuchar” y “bueno para responder en el diálogo”. Le explico una vez más cuáles son las reglas. Acepta sin enojos pero con gran desconcierto. Como si fuera la primera vez que se enfrentara a un examen. Cuando le entrego el examen insiste una vez más en que la oralidad es lo suyo.

Aquí la historia se bifurca. Como dije, venía hablando de dos o más desatinados. Contemos qué le ocurre a dos desatinados en esta instancia.

El desatinado Uno sigue insistiendo en que el examen escrito no es lo suyo. Lo convenzo para que, o acate las reglas, o se retire. Después de veinte minutos de inusitado silencio, el desatinado se levanta, me entrega la hoja y me confiesa que no ha estudiado lo suficiente. Pero no sólo eso: confiesa que no sabe escribir a mano y que sólo es capaz de hacerlo frente a una computadora. Agrega, además, que le cuesta mucho leer los enunciados del examen porque él en realidad no está acostumbrado a leer “tantas palabras de corrido”. A pesar de que me ha entregado una hoja en blanco, me pregunta si llega al siete necesario para aprobar. Cuando le digo que no, me mira con asombrado terror y grita: "Pero a mí no me sirve una mala nota". Después de un pequeño escandalete se retira murmurando. Como si no hubiera previsto la sola idea de desaprobar. Aquí termina la vida académica del Desatinado Uno.

El desatinado Dos recuerda que no trajo bolígrafo ni hojas. Pide un bolígrafo prestado pero, en lugar de pedir hojas, decide escribir sobre la madera del banco. Yo no me doy cuenta de lo que hace hasta que, treinta minutos después, me entrega su examen: levanta su banco y me lo trae al escritorio frente al pizarrón. “Terminé”, anuncia, triunfal. No le acepto el examen escrito sobre un banco y se muestra sorprendido. Como si un injusto abogado le estuviera anunciando que le van a quitar la casa por una deuda hipotecaria: así me mira. Como si yo fuese un ogro. El desatinado se retira cabizbajo, buscando con su mirada el refugio compinche de algún compañero. Murmura algo y cierra la puerta. En ese momento leo algunas de las respuestas que escribió sobre la madera del banco:

Pregunta: ¿Cuáles son las críticas que realiza Aristóteles a la Teoría de las Ideas de Platón?

Respuesta: (SIC) aristroteles lo queria a planton pero sufrio mucho

Pregunta: ¿En qué consiste la doctrina platónica de las Ideas?

Respuesta (SIC): se estudian las ideas de los grandes pensadores grigos ellos avian dicho dios que todo tiene matematica y pensaron en la caberna

Pregunta: “El ser es inmutable” ¿Es esta afirmación verdadera o falsa dentro del pensamiento de Parménides? Justifique su respuesta.

Respuesta (SIC): no no justifica

Lo curioso es que, como una coda al final del tablón del banco, había una frase apenas legible que estaba dirigida al ayudante de cátedra (llamado Hipólito), y decía lo siguiente:

Señor polito corrigame uste porque yo a mux le tengo miedo grasias atentamente

miércoles 10 de septiembre de 2008

Váyase de aquí

En mi vida hay una única historia: la sucesión de domicilios a los que me vi arrastrado por culpa de los precios de alquileres.

Un inquilino es un nómade urbano cuyos sueños de techo, paredes y tibieza nunca pueden proyectarse por más de dos años. No existe otra cosa –ni siquiera la propia madre- que sea tan básica, esencial y definitiva como la casa propia. El inquilino tiene la certeza de que ese cuadro que ha colgado; esas cortinas que ha comprado con medidas justas para la ventana, y esa alacena que tan bien quedó en un rincón de la cocina, sólo tienen un lugar provisorio. Sin embargo, los arreglos domésticos le dan una tierna sensación de solidez y calor hogareño (aunque el hogar sea de otro). Desde el primer momento en que el inquilino se sienta a descansar, haciendo a un lado sus pesados bártulos de nómade, sabe que un día será arrancado de ese acogedor pedazo de cemento con techo. Sabe que su arrendamiento puede terminar con la sola voluntad del propietario, aun si no se ha cumplido el contrato. Su identidad se disuelve y se desmiembra después de cada mudanza: ya no estoy en mi barrio; esta no es mi verdulería; esos no son los ruidos que aprendí a escuchar. Tras cada mudanza, el inquilino debe hacerse de nuevo; deberá forjar las cotidianas rutinas hasta que, nuevamente, la voz del propietario dicte la sentencia inapelable.

Mis padres fueron siempre inquilinos. También mis tíos, mis abuelos, mis tíos abuelos, mis primos, las novias de mis primos... Todos en mi ancha familia aprendimos y reaprendimos direcciones y geografías que se renovaban cada algunos años al son de las mudanzas. Siempre se iban (o nos íbamos) más lejos. Las mudanzas eran como un aburrido y previsible juego de la oca: si aumentaba la inflación, retrocedíamos unos cuantos casilleros y nos mudábamos a una casa más pequeña, menos segura, más húmeda. Si mi tío perdía el trabajo, mis primos se iban a vivir lejos, lejos, en un barrio de calles de tierra y casitas raleadas. Por el contrario, si aumentaba el sueldo o si alguien conseguía un trabajo extra, era posible mantener la misma casa por mucho tiempo o mudarse a un barrio mejor. Los vaivenes del azar económico siempre pusieron en peligro el techo que nos cobijaba en forma provisoria.

Los dueños de las casas que habité tuvieron muchos rostros. Algunas veces fueron abstracciones cuya única carnadura era un administrador o gestor inmobiliario. Otras veces eran presencias continuas y acechantes que vigilaban la vida de mi familia y cuyo humor siempre voluble era la variable –la otra variable, además de la económica- que decidía si nos quedábamos o nos íbamos. Si por casualidad a los dueños no les gustaba que yo volviera a casa de noche o que mi padre hiciera teatro, o que ninguno en mi familia fuera a misa, entonces se sentían con derecho a irrumpir en nuestra (su) casa para pedirnos que cambiáramos de vida o, de lo contrario, debíamos abandonarla de inmediato.

Hace apenas diez años mi mujer –Irma- alquilaba un departamentito interno en el fondo de un interminable pasillo atiborrado de construcciones mal hechas y con mínimas comodidades. Los dueños de esa mala imitación de vecindario habitaban una modesta casita a mitad del pasillo. Eran una pareja de españoles muy ancianos que vivían con su hija solterona. Los tres eran ultra católicos. Católicos fanáticos. Católicos de ir todos los días a misa y de vestir santos. Siempre les tuve un poco de miedo, y ellos me tenían algo de resquemor. Por aquella época, yo usaba el pelo largo y eso, para ellos, era un inequívoco signo de irresponsabilidad ante la vida. Siempre les dijimos los gallegos.

Los gallegos estaban día y noche en su casa, vigilando quién entraba y quién salía por el pasillo. Más de una vez descubrimos, mi mujer y yo, que alguno de los ancianos nos espiaba a través de un ventanuco. Ellos, con la ayuda de su hija solterona, comandaban nuestras vidas y la de todos los que alquilaban allí. Sabían quién entraba, quién salía, a qué hora y por qué motivo. Una mañana nos tocaron timbre porque la noche anterior habían escuchado “una risa como de mujer loca”.

Un día mi novia –quizás para tener un tema de conversación- les dijo que ella era devota de María. Desde ese entonces, los ancianos le enviaron un muñeco de la virgen María dentro de una vitrina enorme, del tamaño de un televisor de veinticinco pulgadas. Se suponía que Irma debía cuidar de ese muñeco durante una semana; debía rezarle, ponerle flores y –por sobre todas las cosas- abstenerse de tener sexo mientras La Virgen estuviera presente. Por supuesto, los gallegos podían corroborar quién había tenido sexo: desde su departamento estratégicamente ubicado en la mitad del pasillo, escuchaban cada sonido que salía de nuestras habitaciones. A la semana siguiente le pasarían el muñeco a otro inquilino. Cuando la ronda terminaba – diez o doce semanas después-, le tocaba de nuevo a la primera huésped.

Alguna vez mi novia no pudo pagar el alquiler; se fue atrasando mes a mes hasta acumular una cantidad considerable. Los gallegos, entonces, encontraron en Irma a una víctima de su amor cristiano. Le condonaron parte de su deuda, a cambio de una tortura psicológica sistemática y continua. La vieja tocaba timbre todos los días tratando de convencer a Irma de que se casara por iglesia (conmigo o con otra persona, daba lo mismo); le leía pasajes de la Biblia o la invitaba a las procesiones interminables. Irma accedía por temor a que le cobraran todos los alquileres atrasados.

Sin embargo la deuda siguió creciendo. Sospecho que aun los más piadosos encuentran mecanismos para cometer sacrilegios y no sentirse culpables. Un buen día el gallego entró a la casa de Irma por algún motivo trivial. Entró y vio las paredes, la cocina y unas sillas que él mismo nos había prestado. Y encontró la excusa perfecta y ridícula para echarla de allí. “Me destruiste el departamento, querida”, fue una de las frases que recuerdo ahora.

Una de las paredes tenía una rajadura y se había despintado. La cocina siempre había tenido una mesada de mármol rota y una estufa destartalada. Sin embargo, el viejo encontró –quiso encontrar- que todo eso era culpa nuestra. “Mirá cómo me dejaste las sillas”, dijo la vieja. Es el día de hoy que no sé a qué se refería: las sillas siempre habían estado desvencijadas. “Sí”, se defendió con acento español, “pero no estaban tan destruidas cuando yo te las di”.

Iniciamos una discusión prolongada y absurda. Ellos alegaron que yo había hecho un cableado para robar luz. Eso no era cierto, pero no querían creerme. Yo repliqué que no me parecía correcto que espiaran a todos los que venían por el pasillo. Pero nada fue más nefasto que las palabras con las que la vieja cerró la discusión. Nunca escuché una demostración de poder tan vulgar y soberbia: “Nosotros les perdonamos la deuda y los dejamos seguir viviendo aquí. De modo que podemos vigilar lo que hacen y decidir cómo tienen que vivir”

Después de esa demostración de insania no pudimos hacer otra cosa: Irma recogió sus cosas y se fue a lo de una amiga por un tiempo. Sospecho que, poseídos de esa divina piedad cristiana, los gallegos habrán rezado por nosotros después de fabricar ese teatro para echarnos a patadas.

Este relato es una pequeña muestra de la gran historia de mi vida.

Sin embargo esa gran historia se terminó para siempre el quince de agosto de dos mil ocho a las once treinta de la mañana.

En ese instante Irma y yo firmamos un boleto de compraventa que nos convierte en propietarios. Entregamos los ahorros de nuestras vidas, más un dinero prestado, más el regalo de una abuela inesperadamente platuda, y ya tenemos dónde vivir y criar a la hija que nacerá en dos meses. Hoy, casi un mes después, todavía no podemos creer. Aun conservamos algunos tics de inquilinos que poco a poco, como en un exorcismo, nos vamos quitando: no queremos hacer muchos agujeros en las paredes; no nos atrevemos a modificar el color de las ventanas o del cielo raso o, incluso, esperamos que llegue alguien a decirnos “Se tienen que ir de acá” o “hubo un error en el boleto de compraventa”. A veces miramos los azulejos del baño y nos decimos: “¿Viste esos azulejos? Bueno, son nuestros”. Parecemos dos enamorados estúpidos que se preguntan: “¿De quién son esas manitos?” “Tuyas, mi amor”; “¿De quién es esa naricita…?”

En estos días he vivido la que tal vez sea mi última mudanza. Me di el lujo de decirle a mi propietario de turno (ese que me dijo un precio y luego quiso hacer contrato por otro; ese que nunca vino a ver cómo su propia casa se nos caía a pedazos; ese que un día llamó confundido y nos pidió de mala manera que le pagáramos porque ya era día once, siendo que ya le habíamos pagado; ese que creía que nos tenía enganchados con las dudosas comodidades de su casa oscura; ese que especulaba con que su goterosa tapera era para nosotros una mansión): “Me voy a mi propia casa”.

Estoy en mi casa. Ahora todo es más real y menos incierto.

Ahora mis pesadillas están pobladas por una menor cantidad de monstruos.

martes 19 de agosto de 2008

Rumplestilskin

Ya llevo un mes sin actualizar. ¿Se han acabado las historias?
Nada de eso: no he tenido tiempo. Me está ocurriendo algo muy bueno, y por ahora sólo me dedico a trabajar en ello. Espero poder contarlo pronto.
He estado tejiendo historias en mi cabeza y en los papeles. Pero no las pude volcar aquí.
No quiero dejar morir a Monstruos y Berenjenas. Los días y las semanas dirán si este es el último post, o si sólo es un pequeño respiro.
Muchas gracias por pasar.

domingo 20 de julio de 2008

El invitado trabajador

Desde que me convertí en disc jockey de casamientos y cumpleaños, hace unos dieciséis años, casi nunca he ido como invitado a una fiesta. Nunca he estado sentado a la mesa comiendo asado, escuchando –y criticando- la pegadiza música que pone el disc jockey. Nunca bailé el vals con la novia o con la quinceañera. Nunca terminé una noche a las siete de la mañana bebiendo cerveza descalzo tambaleando en la pista de baile, abrazado a un grupo de borrachos sin camisa. Por el contrario, he visto cómo las bandejas de asado pasan de mesa en mesa y jamás se detienen para acercarme un miserable huesito. Mi música ha sido criticada por la infame horda de pseudomelómanos disconformes quienes, con obtusos gustos musicales y pérfida dicción, me “sugieren” que ponga tal o cual canción. Vi desfilar a miles de trajecitos elegantes que bailaban ese vals hipnótico de forma acartonada y patética. Y odié a los molestos, monótonos y violentos borrachines que insisten en pedir “un temita más” a las siete de la ajetreada mañana, cuando ya es de día y cuando todavía me queda el enorme trabajo de desarmar el equipo, llamar al taxiflet, llegar a mi casa y descargar los bártulos.

Pero, ¿por qué nunca fui como invitado a una fiesta? ¿Es que no tengo amigos ni conocidos que hagan festejos?

No es así.

Cuando un conocido quiere “invitarme” a una fiesta, por lo general inicia un discurso amigable en el que me recalca “lo bueno que sería que yo estuviese presente” junto con el hecho de que está "haciendo la fiesta a pulmón”. El paso siguiente consiste en enumerar lo difícil que fue conseguir –supongamos- la carne para el asado o los souvenires. Una vez que el conocido considera que me ha dado un panorama de humildad desoladora, se verá obligado a decir la frase clave: “No nos alcanzó para pagar un disc jockey

A partir de ese momento la “invitación” se convierte en algo incómodo. Si yo hago caso omiso de esa última frase, el conocido podrá pensar –con bastante razón- que yo no quiero colaborar por el bien de su fiesta. Si voy a la fiesta con la intención de ser un invitado más, no faltará alguien que me reproche: “¡Podrías haber traído un par de parlantes, Jorge!”. De modo que sólo tengo dos opciones: o voy a la fiesta a trabajar gratis, o bien me excuso y no voy.

Más de una vez fui yo mismo quien ofreció sus servicios gratuitos por adelantado, sin necesidad del embarazoso discurso de invitación. Y más de una vez me arrepentí de ello. Hay al menos dos razones.

Por empezar, los mozos tienen una desvirtuada visión marxista del mundo según la cual las personas se dividen en dos únicas clases: invitados y trabajadores. Los invitados son seres superficiales y arbitrarios que se sientan en grupos alrededor de la mesas. Los trabajadores, por el contrario, son personas ocupadas que no tienen tiempo para disfrutar una copa de vino o un buen plato de pollo arrollado. Según la trasnochada valoración de los mozos, los trabajadores tienen diferentes jerarquías. El disc jockey ocupa el lugar más bajo en esa escala (Así como a una empleada doméstica se la llama "la que limpia", al disc jockey se lo suele llamar "el que pone música"). Luego le siguen el filmador (o "el tipo que filma"), el fotógrafo y, en la cumbre, los mismos mozos. El mozo cree que sólo debe atender al invitado, pero jamás se le ocurre pensar que los otros trabajadores (de inferior calaña) también pueden necesitar un vaso de agua o un pedazo de pan. Por lo general, su actitud de desprecio es corporativa: mientras el fotógrafo o el disc jockey trabajan solos, los mozos son una pequeña organización mafiosa que dictamina rigurosamente el destino y los roles durante la fiesta. Son rencorosos fundamentalistas de su rol de mozo. Según su visión del mundo, si alguien está trabajando no puede estar comiendo –mucho menos bebiendo- y, a la inversa, si alguien es un invitado debe evitar por todos los medios meterse en la cocina o interferir de algún modo con su trabajo. A duras penas un mozo puede concebir que el disc jockey, el fotógrafo y el camarógrafo deseen cenar junto con o en el mismo momento que el resto de los invitados: según ellos, los trabajadores deben comer frugalmente, y hacerlo a escondidas. Parafraseo el argumento que escuché esgrimir a varios mozos: “Nosotros cenamos más tarde, cuando todos están bailando. ¿Por qué no esperan ustedes también? ¿Tienen coronita?”. La réplica obvia es: “Caballero, cuando todos están bailando yo estoy poniendo la música para que bailen; el camarógrafo está filmando y el fotógrafo está sacando fotos”.

Pero si hay algo que la dicotómica cabeza de un mozo no puede asimilar es que haya un trabajador que a su vez sea invitado. Cuando esto ocurre comienzan todos los problemas. Porque el mozo se resiste a atender bien a quien está detrás de los bafles o detrás de una cámara filmadora. Le parece que, si es invitado, entonces debería estar sentado frente a las mesas redondas, con los que son de su clase. De hecho, por un instintivo odio que tiene para con los invitados –recordemos que, para él, son seres caprichosos y superficiales-, es probable que atienda peor a un trabajador invitado que a un trabajador a secas.

El trabajador invitado también es presionado por el resto de los asistentes. Si el disc jockey pone un disco de Bersuit Vergarabat y lo deja correr para sentarse a cenar en paz, algún comensal no tardará en quejarse de que “El disc jockey dejó un disquito y se borró”. O si, por alguna eventualidad, no tiene el último tema de El Polaco, lo criticarán como si hubieran pagado una fortuna por su servicio. No sólo se trabaja gratis y se come mal: además se reciben toda clase de consejos y murmuraciones. “Se te cae la fiesta, flaco”. "No podés quedarte charlando, pibe, tenés que laburar"; “Yo que vos compraría un par de bafles más potentes”. “¿Este es todo tu equipo de iluminación?”; “¡Cómo! ¡En la era de la informática no tenés una computadora!” (O, si tiene computadora: “¡Me tienen podrido los que pasan música con computadora!”).

Recuerdo una fiesta espantosa de hace diez o doce años. Una conocida a quien yo le debía dinero me “invitó” al casamiento de su hija. No tuve más remedio que aceptar. Los mozos de esa fiesta nunca entendieron que yo era "invitado". Como consecuencia de ello, no me dieron de cenar. Pasaba la velada, levantaban los platos y en ningún momento se acercaron a convidarme. Cuando entré a la cocina a rogar por una empanada y un vaso de Coca Cola, uno de ellos
dijo sin empachos: “Nuestro servicio no acostumbra darle de comer a los disc jockeys”. Sorprendido, inicié una discusión que habría terminado a los golpes, de no ser porque mi conocida –la mujer a quien yo le estaba pasando música- intervino. “Por favor”, dijo, “dénle de comer”. Los mozos fingieron una cínica tranquilidad y dijeron que sí, que "justo me iban a llevar la cena" y que “mi problema” era que “yo no sabía esperar”. Para enseñarme a esperar, me dejaron esperando todo el resto de la noche. No trajeron absolutamente nada, por supuesto.

Tengo un sueño de venganza especialmente dirigido a los mozos.

El día en que yo haga una fiesta voy a ser mi propio disc jockey. Voy a evitar que los mozos me conozcan de antemano. Trataré de que me vean solamente cuando llego jadeante con los equipos. Que crean que sólo soy el disc jockey. Que especulen con ignorarme o con no darme de comer. Les voy a pedir con humildad un vasito de Coca o un choripán. Les voy a aceptar sin chistar la expresión ladina: “Querido, nosotros no le damos de comer a los disc jockeys”. Voy a agachar la cabeza y pasar música, sabiéndome postergado. Acataré sus mandatos: “Flaco, poné un tema para la entrada de la comida”. “Flaco, cortá la musiquita que viene el helado”. “Flaco, dejá de poner cumbia que se te duermen, ¿no te das cuenta?

Dejaré pequeñas trampas para que se resbalen mientras traen la comida.
Contrataré invitados molestos y gritones. En la cocina, encerrado en una alacena o en una caja, tiene que haber un tigre hambriento o un toro a quien deben contener para que no se escape hacia el salón. También debería haber una gran cantidad de botellas (en lo posible, llenas de ácido) que, puestas en equilibrio inestable, se terminen cayendo con el más mínimo roce. Uno de los invitados tiene que entrar a la cocina cada diez segundos para dar consejos o para gritarles. A alguno de los mozos se le deberá administrar (mediante un inocente vasito de Sprite) una droga que le haga ver alucinaciones o lo incite a atender las mesas desnudo. El horno y la heladera deben romperse o explotar. Sería bueno que las cloacas desbordaran y comenzase a salir un líquido marrón de las bachas de cocina. Un invitado disconforme debería amenazarlos con una escopeta en medio de un ataque de nervios.

Pero al final de la fiesta, cuando los mozos estén por despedirse, cansados y felices de haber terminado, se sorprenderán al saber que yo -el pibe que pone musiquita- era el organizador. Les preguntaré por qué no me dieron de comer. Por qué trataron tan mal a mis invitados. Por qué trajeron a un colega drogado. Por qué se los veía ausentes y distraídos. Cuando les llegue el momento de cobrar por su trabajo; cuando a mí me toque poner la mano en el bolsillo para pagarles sentirán que han cometido un error. Entonces, sabiéndome omnipotente, sacaré un puñadito de tintineantes monedas y las arrojaré sobre sus rostros gritando “Acá está su paga, hijos de puta”.

Es probable que en ese momento –o mucho antes- me golpeen. En verdad, es una muy mala venganza.

Todo sería más fácil para mí si realmente, realmente, me invitaran a una fiesta. En ese caso me podría comportar como el comensal más caprichoso, arbitrario y gritón que pudieran encontrar. Me quedaré hasta las diez de la mañana -cuando el disc jockey ya se fue-, pidiendo cerveza tras champagne, acodado en una mesa con un grupúsculo de trasnochados, paladeando la creciente furia de los mozos cada vez que les diga con sorpresa
enojosa: "Qué, ¿no hay más cerveza? ¿Pero qué clase de servicio hacen ustedes?"

Es probable que en ese caso, también me golpeen y -adicionalmente- nadie vuelva a invitarme a una fiesta.

Después de todo, las fiestas son horribles.

viernes 27 de junio de 2008

Cangrejo (5)

[Hoy, 27 de junio de 2008, Monstruos y Berenjenas cumple dos años. No he tenido tiempo de prepararle un festejo a este, mi blog más querido. Desde hace unas semanas dejé de prodigarle la atención que se merecía, porque otras ocupaciones importantes me tuvieron y me siguen teniendo a su merced. Por eso, como cuando se festeja un aniversario en soledad descorchando un vino añejo y caro, hoy voy a dejar una historia que siempre me gustó y que, dada su extensión, nunca hubiera tenido lugar en este blog. El cuento fue escrito hace, quizás, unos siete u ocho años. El número (5) que acompaña al título indica que se trata de la historia número cinco de una saga del cangrejo, un libro que siempre quise escribir, cuya idea está muy cerrada, y que sólo tiene, por el momento, seis o siete cuentos de los cuales rescato este y quizás otro más. El tiempo de lectura de lo que sigue puede estimarse en unos veinte minutos. Demasiado tiempo. Por eso, les agradezco a los que hayan leído hasta aquí. No me ofenderé si no me acompañan a beber el resto de la botella. Salud ]

Nos hemos preparado durante años para establecer la comunicación con el Animal. Supe que nos habíamos entendido cuando dejó de funcionar mi estómago. La comida no tenía ningún sabor; era como papel y me repugnaba. Y sin embargo el aire fresco y el olor del agua eran para mí como alimentos. No morí: el Animal había decidido sostenerme. Dejé de ser un heterótrofo gracias a él. A mi lado algunos se morían entre dolores espantosos. A veces yo les daba vino, que entre nosotros está prohibido, para que se durmieran y no vieran su propia agonía. Sus dolores aumentaban y por momentos me daba miedo de que mi Animal me abandonara. Entre ellos había una palabra que repetían. “Cangrejo”, decían en las desesperadas conversaciones que antecedían a los dolores fulminantes Todos los que tenían un cangrejo se murieron. Yo también. Pero mi Animal, que sin duda no era un cangrejo, me sustentó con su propia vida.


La única promesa de salvación que poseíamos era esa: la de envolvernos en nuestro interior hasta formar un ser único con nuestro Animal. El animal crece a expensas de nuestra sangre. Luego invade la sangre, invade los huesos y si uno no se contacta, si uno no lo ama lo suficiente, el animal crece sin comunicarse y mata.

Las causas del Cangrejo y del Animal son múltiples. Algunos dicen que estamos en un planeta radiactivo, que ello provoca que en nuestro interior crezcan Animales. Todos estamos condenados a morir por el Animal que tarde o temprano llevaremos dentro. Así pensaban los primeros colonos, los que llegaron del Sistema Primario, donde está la cuna de las razas prohumanas. Los prohumanos que llegaban de la Tierra conocían animales externos y los dividían en géneros y especies. Una vez me mostraron una foto de un animal marino que caminaba hacia los costados, poseía pinzas, vivía en cuevas en el lodo y tenía sesenta y cuatro patas. Eso es un animal para un habitante del sistema primario: un ser que vive afuera, que se mueve y que comparte con los prohumanos un tronco evolutivo. Me cuesta creer en un planeta en el cual los animales abundan y proliferan. Creer que hayan existido seres autónomos que vuelan, o animales nadadores marinos cien o doscientas veces más grandes que un prohumano han sido para la mayoría de nosotros nada más que fantasías míticas.

Hace unos cinco años éramos más de sesenta. Hoy apenas sobrevivimos seis, y no gracias a nuestros propios medios, sino a los medios del Animal que llevamos dentro. Manax es el que tiene el animal más rezagado. Todavía le funcionan todos los órganos, aunque debilitados por la radiación. Corna, Banda, Luira y Chen Yong tienen sus Animales tan crecidos que ya han perdido contacto con el mundo. Y en el medio estoy yo. Todas mis funciones corporales se han detenido. No respiro, no duermo, no pestañeo. Tiempo atrás dejé de comer para siempre, y no conozco la salivación: mi lengua es una áspera y reseca masa de carne ennegrecida. Apenas si necesito del contacto con el agua. El Animal late por mí, reemplazando al corazón que dejó de funcionar y que sin duda ya ha sido atrofiado. Sin embargo mi sistema nervioso y mi capacidad motora no fueron bloqueados. Puedo caminar, usar mis manos y mi cuerpo y pensar libremente. Y sé que pronto será la hora de establecer el contacto definitivo.

Manax sigue siendo un hombre en todo sentido. Su Animal es apenas un bultito. Un bulto demasiado pequeño. Por ahora no es más que un tumor maligno como el que hemos tenido todos en la primera fase. Lo preocupante de Manax es que un tumor maligno todavía no ha sido diferenciado. Un tumor maligno puede convertirse en un Cangrejo agresivo, que crece hasta devastar el resto del cuerpo y no permite que la mente de su anfitrión haga contacto con él. O bien, por el contrario, puede convertirse en un Animal que necesita de la fusión con el hombre para crecer y llevar una vida fructífera.

Manax es quien más sufre su condición humana. Todavía tiene necesidades, hambre, sed y sueño. En un planeta hostil como el nuestro, ser plenamente humano equivale a llevar una existencia de prolongado sufrimiento. Yo le recomiendo que no coma demasiado: ya sabemos que algunos alimentos provocan que el tumor maligno degenere en Cangrejo. Fumar o tomar alcohol también son errores. Pero la mayoría de las veces me abstengo de señalarle lo que debe hacer: él tiene una secreta envidia de todos nosotros. Sabe que Corna, Banda, Luira, Chen Yong y yo vamos a llegar a la fusión completa. El no sabe aún si va a morir antes. Y para peor cada día que pasa sus órganos se deterioran más. Si su tumor no decide alimentarlo y sostenerlo, pronto va a morir por exceso de radiación.

Corna, Banda y Luira han perdido casi toda forma humana. Han llegado a una comunicación tan completa con su Animal, con su enorme tumor, que pudieron fundirse con él. Sin embargo todavía no están en la cúspide. En un rincón de la sala de Guardia, inmóvil y helado desde hace treinta años, está nuestro General. El primero en descubrir la fusión con el tumor. Chen Yong, conocido como El Inmóvil, el Buda. Su estado es el de un perfecto nirvana. Vive en una comunión extática con su Animal, lograda después de cientos de horas de meditación y contacto puro con su profundidad tumoral.

Cuando hace doscientos años la primera colonia de nuestros antecesores llegó a este planeta, no se percató de la enorme radiación que iba a tener que soportar. En realidad sólo fue revelada muchos años después, cuando comenzaron a aparecer tumores, enormes cangrejos, dolores agudos y vómitos de sangre. Ya era demasiado tarde volver. Eran ochenta mil colonos. En los primeros años de la Colonia se moría de Cangrejo. Nadie, excepto aislados accidentes, tenía otra enfermedad que no fuera el Cangrejo. Y el promedio de vida no superaba los cuarenta años. Para la primera generación de colonos esto fue un escándalo: en el sistema Primario, los prohumanos llegaban a vivir trescientos o cuatrocientos años. Cuarenta años de vida era alarmante. Sin embargo, los pioneros no encontraron una solución y murieron. Sus hijos, y los hijos de sus hijos comenzaron a habituarse a una vida de cuarenta años y a una muerte pura y exclusivamente por Cangrejo. Nadie creía que se podía morir por otras causas: la muerte era un fenómeno bien conocido, que ocurría a los cuarenta años por el crecimiento incontrolado de una masa celular mutada.

Sin embargo desde hace ocho décadas, el promedio de vida disminuyó mucho más. En ciertas regiones, descendió a treinta años. En otras, aunque los datos eran irregulares, descendió a veinticinco y en algunos lugares, a dieciocho. En todos los casos, el Cangrejo, el tumor monstruoso que debía aparecer de manera invariable a los cuarenta años, comenzaba a aparecer mucho antes y mataba ferozmente.

Fue en esa época en la que llegó una segunda colonización desde el sistema Primario. Nadie vio nunca un hombre del Sistema Primario, pero la historia dice que los que venían a colonizar vieron en nosotros a una raza de seres tan distintos a ellos, tan poco antropomorfos, que sintieron horror y se marcharon. Otros dicen que temieron ver reducida su longevidad. De cualquier modo, esa fue la única vez después de la primera colonización, en la que tuvimos contacto con parientes de otro sistema. En medio de ese caos, entre la visita exterior y la disminución del promedio de vida, surgió la idea. El gran fundador, el Maestro Buda. Sugirió que el Cangrejo no era nuestra muerte, sino el pasaje a una nueva vida. Debíamos establecer contacto con esa divinidad que llevábamos dentro. El contacto debía ser un vínculo elemental al principio, luego una comunicación fluida y finalmente una poderosa unión, una unidad mística con el tumor. Muchos, desesperados, acogieron su idea. Sin embargo era necesario un riguroso programa de meditación. Meditar sin descanso y siempre con la misma intensidad. Y meditar tratando de establecer un contacto en cierto modo simpático con el tumor. Muchos lo siguieron, salvo pocos escépticos. Cuando aparecía el tumor, cada cual abandonaba sus tareas, se replegaba sobre sí y meditaba sin descanso. Nadie logró una comunicación certera. Casi todos morían creyendo que efectivamente habían tenido una comunicación con su tumor. Sin embargo esto no pasaba de una plena especulación, una fantasía colectiva creada por el temor de la muerte y por la tan deseable idea de que tal vez no murieran en serio, tal vez el tumor, el enorme y despiadado Cangrejo los acogiera en su lecho. Todo esto ocurría hace unos setenta años.

El promedio de vida seguía descendiendo. Era normal, ahora, que los tumores aparecieran a los veinticinco años. También había casos en los que aparecía mucho antes, a los doce o trece años. La teoría de Buda parecía funcionar a la perfección; todos conservaban el mito y la fantasía de que al morir se contactaban con su Cangrejo en una unión mística plena. Pero algunas influyentes personas escépticas creyeron que todavía no se había llegado a la comunicación con el Cangrejo. Decían que el nirvana aún no había abandonado el plano de la mera teoría. Reunieron en una enorme enciclopedia todo el saber de nuestro planeta, mas una pequeña reseña prehistórica, que habla sobre la colonización y sobre el Sistema Primario (donde está la mítica Tierra), y entregaron sus hijos a un maestro para que los adoctrinara. El maestro era el gran Chen Yong. Él fue el primero en establecer el contacto con el tumor. Su teoría era más completa que la del Buda anterior; no bastaba una comunicación mental, debía haber una unión orgánica en la base de la comunicación con el Cangrejo. Entonces, establecida la unión, el cangrejo no trataría de matar a su anfitrión y ambos crecerían y se desarrollarían en un universo íntimo de meditación. El gran Chen Yong perdió el habla muy pronto y muchos de sus alumnos no llegaron a aprender nada de él. En muy poco tiempo dejó de tener funciones orgánicas y su tumor lo invadió por completo. Se convirtió él mismo en su tumor. Durante años fue una masa inmóvil arrojada sobre la alfombra meditante de la Sala de Mando. En esos tiempos, hace aproximadamente veinte años, se detuvo el proceso reproductivo. Los seres humanos no podrían procrear, y los pocos que quedaban estábamos condenados a una muerte segura. La teoría de Chen Yong, más que un ejemplo, fue una necesidad: o la fusión completa con el tumor, o la muerte despiadada. Nadie hasta ahora, excepto nosotros cinco, ha logrado tal estado de concentración.

Fuimos siendo cada vez menos. El estado nirvánico de Chen Yong era una esperanza fortuita y demasiado improbable. No sabíamos de ningún caso como el de él. Sin embargo, en los últimos tres años, cuando ya quedábamos unos cincuenta, Banda entró en el estado de Chen Yong. Y al poco tiempo, Luira siguió su camino. Ellos dieron fuerza y entusiasmo a los últimos sobrevivientes. Pero a pesar del mayor de los esfuerzos, de la más íntima concentración y las más profundas meditaciones, no se pudo aplacar al resto de los Cangrejos. Todos -excepto nosotros- se fueron muriendo. Hace muy poco murió el último de los desgraciados. Hace muy poco dejamos de escribir la historia en nuestro planeta, una historia de la cual estoy haciendo sus últimas líneas.

Sin embargo, ¿cómo podemos saber si esa supuesta “fusión con el tumor”, ese extraño estado en el cual el hombre se une con la causa de su muerte, no es más que una alteración misma de ese tumor, una especie de mutación especial que nos va matando de alguna manera todavía desconocida?. En realidad no lo podemos saber, pero es parte de la esencia de nuestra filosofía: no importa a qué clase de vida nos vemos arrojados: nuestro ideal es Chen Yong y ese estado tan poco humano que hemos llamado anantropomorfía. Eso, o la muerte definitiva, o la larguísima agonía.

Hoy fue una tarde gris y ventosa. Estuve con Manax. Desde que los pólea han quedado abandonados, todo lo que él hace es controlar los generadores eléctricos y buscar provisiones en los almacenes generales para alimentarse. Y también, por supuesto, se pasa horas leyendo y releyendo la Prehistoria de la gran Enciclopedia. La Prehistoria es la parte más rica de la historia de nuestro planeta. Confío en que estas mismas páginas en algún momento formarán parte de una Panhistoria, una historia que forme parte de todas las bibliotecas de las razas prohumanas de cualquier sistema.

La Prehistoria nos cuenta que el prohumano antes era mamífero, es decir, precisaba de una hembra, un ser desde todo punto de vista invertido, para reproducirse. Se nos cuenta, además, que este ser satisfacía la actividad de ciertos órganos. Dice la Enciclopedia, además, que la sola visión de una hembra provocaba en el ser humano un profundo estado de alteración mental y una intrincada sucesión de reacciones fisicoquímicas. También se habla del homúnculo, el pequeño hombrecito que las hembras podían llevar dentro de sí y que era la base de la reproducción humana, antes de la aparición de los bancos. Es curioso: las hembras llevaban un hombrecito dentro, de la misma manera que nosotros llevamos un tumor.

La parte de la Enciclopedia que habla de la Prehistoria nos cuenta de un lugar en el que los prohumanos vivían ochocientos o novecientos años. Un planeta creado en solo siete días, disponiendo de tecnologías que nosotros alguna vez tuvimos y hemos perdido. Era un planeta cubierto de alfombras verdes y de seres vivos productores de alimentos. Manax y yo debatimos acerca de los tomos que hablan de la prehistoria. Entendemos por qué los gobiernos de aquí prohibieron su lectura: infundía en la población deseos de reposo y reproducción que ya no podían ser satisfechos. El tomo veintiocho de la enciclopedia, el que muestra detalladamente los pasos de la reproducción prohumana, ha sido suprimido, y en los últimos diez años nos ha sido imposible conseguirlo. Creo haber visto alguna página coloreada de ese tomo, alguna vez, si no me equivoco. Algo relacionado con muchos líquidos de distintos colores y seres en cuatro pies.

Manax continúa buscando aún el famoso tomo veintiocho. Se le ha ocurrido que en alguna de las salas de la antigua Presidencia es posible encontrar alguna pista. Pero, excepto por un incontable número de expedientes y noticiarios, no ha podido dar con ningún rastro del tomo. Hoy hemos discutido el asunto y yo he llegado a la conclusión de que ya no existe ningún tomo veintiocho. Él tiene la esperanza de que sí, de que si no desconoce la naturaleza humana, la desaparición de algo tan interesante no puede ser absoluta. La raza prohumana, dijo Manax, desde tiempo inmemorial se ha traicionado a sí misma cada vez que ha querido eliminar aquello que produce el mayor deseo. Yo le dije que cuando un gobierno se propone seriamente la destrucción de una determinada fuente de información, es muy probable que lo logre. Aduje en esos casos lo que había leído en la enciclopedia, tomo noventa y seis, con respecto a ese suceso en la Tierra, en el cual los hombres habían decidido que los animales eran perjudiciales y habían eliminado a todos de la faz del planeta. Entonces él me replicó que mi escepticismo era la prueba de que estaba perdiendo mi humanidad. Me dijo -con una ingenuidad que despertaba mi furia- que mi tumor estaba haciendo que perdiera uno de los rasgos propios del ser prohumano: la capacidad de pensar posibilidades improbables.
Siguió hablando, pero lo interrumpí con un chillido de rabia, un chillido baboso que salió de mi boca, de mi pecho y de una negra fisura en mi estómago, y luego intenté matarlo. El se retiró espantado y creo que ya no voy a verlo de nuevo. Después estuve durante varias horas afligido, pensando en sus palabras, creyendo que en realidad esta supuesta fusión con mi Animal no es más que una transformación profunda que habrá de convertirme en algo así como un monstruo cuya vida será una eterna e intolerable tortura. Por suerte, ya en soledad, el Animal me reconfortó. Me dijo que no importa cuán monstruosa se volviera la vida mientras siguiera siendo vida, y me señaló las ventajas de una existencia en la cual él es el amo y yo soy el eterno esclavo, el sometido que va siendo cada vez más pequeño, hasta desaparecer en la completa fusión.

Hoy ha venido Manax nuevamente. Dice que no puede soportar la soledad, que necesita conversar con alguien y que desde hace tiempo necesita la presencia de algún prohumano. Yo le comenté de mi disgusto por la conversación de ayer. Le dije que no quería dejar de ser prohumano. Él me dijo que mis actitudes eran muy agresivas e indiferentes, y que yo tenía un trato más profundo con mi tumor que con él. Cuando me quiso explicar esto lloró y se tapó la cara con las manos. Hacía años que no veía llorar a alguien. Entonces me sentí conmovido. Traté de llorar con él, pero no pude. Desde hace tiempo el interior de mi cuerpo está seco, y las lágrimas son un lujo que mi riguroso nuevo cuerpo no puede darse. Lo abracé un momento, diciéndole que su existencia era una joya, algo tan especial que este planeta no merecía. Él estaba de acuerdo con eso y creo que por eso lloraba, porque sabía que pronto iba a morir como habían muerto todos los hombres. Siempre supe que él tenía una gran envidia de nosotros, los que habíamos logrado la comunicación con nuestro Animal. Sin embargo, esta vez yo lo envidié a él. Él es el último verdadero prohumano sobre la faz del planeta. Nosotros, incluido el gran Chen Yong, somos títeres de nuestros implacables tumores.

Hace unos minutos nuevamente se acaba de ir Manax. Hoy ha venido con una renovada esperanza. En realidad, cada día que pasa lo noto más ojeroso y encorvado. La radiación está haciendo en él un efecto demasiado cruel. Sólo se preocupa por encontrar comida (no sé por qué le ha dado por buscar dulces y pasteles en los almacenes de la póleos) y por buscar algún ejemplar del tomo veintiocho. Sé que hay algo que me oculta, que en ese tomo él espera encontrar una secreta respuesta. Yo en vano trato de apagarle su ánimo, diciéndole que ya no tenga esperanzas, que se prepare para la gran comunicación con su tumor. Hoy me dijo, para sorpresa mía, que el tumor ha ido creciendo. Me mostró la parte de abajo de su esternón: hay un bulto significativo. Le di algunas instrucciones sobre cómo debe entablar una comunicación con él para que no se vuelva Cangrejo. Él me contestó que tiene sus propios métodos y que no me preocupara, que su tumor no va a ser un Cangrejo, sino un Animal como corresponde. Me gustó tener esa conversación entre camaradas. Por primera vez sentí que Manax era de los nuestros, que no en vano había sobrevivido al resto de los prohumanos. Sin embargo todavía subsistía mi sospecha de que me estuviera ocultando algo. Sé que no buscaba el tomo veintiocho por una simple curiosidad, sino porque había algo en ese tomo que él debía saber sin que yo me enterase. Toda esta tarde, desde que se fue Manax, me sentí perdido. Tenía una extraña necesidad de contacto con prohumanos. Traté de entablar una comunicación con mi tumor, pero él no pudo decirme las palabras que necesitaba. Me cobijó con un manto negro, como una cálida frazada, pero no pudo calmar la fría y seca tristeza que me transmitía el cielo eternamente fucsia. Entonces fue que me abracé a Luira, ahora convertido en un gran bulto negro, mi querido amigo y camarada, que estaba en un estado un poco más avanzado que yo, y así estuve en una angustiosa inmovilidad durante horas. No sé si eso fue llorar. Sé que si hubiera tenido lágrimas las hubiera vertido y que si hubiera podido gemir lo hubiera hecho. Sin embargo fue el llanto más macabro que conocí. Un llanto silencioso y sin lágrimas, frente a mi amigo Luira en estado de Nirvana y con un espejo a mis espaldas que todo el tiempo me reflejó inmóvil y ojeroso y con el rostro duro, encorvado y cada vez más oscuro.

Manax me ha dicho hoy que ya no parezco prohumano. Dice que desde la última vez que me vio, hace unas semanas, he cambiado de manera sustancial. “No has establecido la comunicación adecuada con tu tumor”, me dijo, acariciándose el suyo, cada vez más crecido. Yo le repliqué que me estaba volviendo pequeño, anantropomorfo y de piel oscura, como el gran Chen Yong. Él me dijo que Chen Yong era un fraude. Me dijo con gran seguridad que él iba a establecer la verdadera comunicación con su tumor. Mi tumor se rió por mí. Yo me reí de alegría, al saber que mi tumor reía, descreyendo de Manax. Manax dijo que la comunicación que había establecido con su tumor tenía algo de milenario, algo de profundamente sustancial y me preguntó si mi tumor podía transmitirme una sensación así. Entonces mi tumor contestó por mí. Dijo que no tenía necesidad de transmitirme más que las sensaciones necesarias. Que un tumor no debe ser demasiado complaciente con su anfitrión humano y que la complacencia es signo de debilidad. Manax dijo entonces algo muy fuerte. Mi tumor entonces se replegó y no ocupó mi lugar. Entonces yo escuché las increíbles palabras y tuve que hacerme cargo de la respuesta. “Encontré el tomo veintiocho”, fueron las palabras que mi tumor se rehusó a escuchar. Entonces le pedí explicaciones a mi tumor, a mi hermoso y paternal Animal que me guiaba en mi supervivencia. Manax repetía: “encontré el tomo veintiocho”. Yo tragué saliva por primera vez en mucho tiempo. Escuché entonces, sin poder replicar, lo que Manax tenía para decirme.

“El tomo veintiocho habla sobre la reproducción humana antes de la invención del Banco. El Banco termina con las posibilidades de supervivencia autónoma de las razas prohumanas. Antes del Banco, las razas prohumanas eran capaces de lograr una autorreproducción automática. Pero para ello necesitaban de hembras. Las hembras o, mejor dicho, la diferenciación sexual, fue eliminada mucho antes de la Primera Colonización. Los colonizadores no sabían nada de reproducción de razas. Tenían un reproductor, un Banco de prohumanos que cada tanto activaban y con él se dedicaban a la Reproducción. El banco fue destruido hace unos treinta años, más o menos en la época en la que el gran Chen Yong logró su primera comunicación.

“Antes de los bancos estaban las hembras, que pertenecían a una especie inferior a las prohumanas. En la Tierra se las llamaba mujeres, y casi no han recibido otra denominación en otros planetas del Sistema Primario. Los hombres tenían un objeto con el cual penetraban a las mujeres y les provocaban la reproducción. Entonces la mujer criaba un homúnculo y luego hacía aparecer a un hombre”.

Le pedí que me mostrara el tomo. El tuvo recelos al principio, pero finalmente me lo entregó. Entonces leí la parte en la que hablaba específicamente de la reproducción en la época prehistórica. Busqué una fotografía impresa en el tomo, la fotografía que yo había visto cuando tenía cinco o seis años. “Algo relacionado con intercambio de fluidos”, era todo lo que recordaba. Entonces encontré la foto. La foto impresa, aquella que había visto hacía unos cinco o diez años. Mi desilusión fue profunda. Eso que tenía ante mis ojos era una hembra, una hembra de las que se suponía que provocaban una alteración mental y una complicada alteración fisiocoquímica en los hombres. Sin embargo por primera vez le creí a Manax aquello de que mi tumor me estaba haciendo perder la humanidad: no sentí por esa hembra más que asco. Un asco repulsivo ante esos senos que colgaban de su pecho. Realmente, debo admitir aún ahora, después de haber meditado sobre la belleza de una hembra, dónde podía estar ese encanto del que hablaban los prohumanos prehistóricos cuando veían a uno de esos obesos seres vestidos de cuero, con cuatro o cinco estómagos, que corrían en cuatro patas y que hacían un largo e interminable “muuuu” cada vez que un hombre establecía contacto reproductivo con ellos.


Manax ha venido nuevamente esta tarde. No lo recibí con mi buen humor de costumbre. En realidad estamos de acuerdo en que yo, a pesar de que conservo mi motricidad intacta, ya estoy perdiendo todo rasgo prohumano. Un poco en broma lo amenacé con comérmelo si no dejaba de molestarme. Él me dijo que estaba dispuesto a formar una nueva raza de seres tumorales. Una raza en la cual los tumores no dejaran de ser prohumanos. Le dije que eso era imposible, siempre y cuando, desde luego, no estuviera dispuesto a que su tumor se convirtiera en Cangrejo y lo devorara. Él me dijo que el tomo veintiocho guardaba un mensaje que yo ya no podía comprender. Yo le contesté que mi comprensión iba más allá de la simple comprensión prohumana. Era mi entendimiento más el entendimiento de un tumor inteligente. Le dije que mi tumor ya me estaba absorbiendo y que el estado de Chen Yong ya era mi próximo paso. Él puso una cara de infinita compasión y se limitó a decir : “sí, claro”.

Hoy estuve cerca del santuario de Banda. Banda fue uno de los últimos en establecer su contacto con el tumor. Estuve cerca de su cuerpo ahora informe y negruzco, hecho casi una bola, desnudo sobre la sala de cocina del puerto. Sé que hace un tiempo latía, que un costado de él era como un corazón gigante que reemplazaba a su antiguo corazón humano. Sin embargo hoy descubrí que no hay nada en él que indique su supervivencia. Su cuerpo tumoral se ha convertido en un esqueleto cubierto de telarañas. Con horror lo miré, y por todos lados se nota que ha muerto. Su tumor, después de establecer contacto con él, lo abandonó. Por primera vez pensé en las palabras de Manax, aquello de que la filosofía de Chen Yong es un piadoso fraude. Entonces, con una profunda desesperación –y por primera vez, con la certeza de que era mi corazón el que latía y no el corazón de mi tumor- fui a la sala de mando, donde se encuentra el inmóvil y pétreo cuerpo de Chen Yong. Era una masa de hielo inmóvil. Quise comunicarme con él, del mismo modo que me comunico con mi tumor, pero no pude. Entonces tomé una estaca y comencé a picar el hielo que cubría su cuerpo.

La desolada verdad estaba ante mí.

Durante treinta años habíamos adorado a un muñeco de plástico.

El gran Chen Yong, el mito de salvación de los prohumanos había muerto hacía mucho tiempo, apenas unos meses después de que las ricas familias lo contrataran como tutor de las nuevas razas. Entonces alguien decidió reemplazarlo por un muñeco congelado, un símbolo mítico refugiado en la sagrada sala de mando. Entonces ese alguien decidió que Chen Yong fuera el cultor de la única esperanza, la esperanza de comunicarnos con la más agresiva de nuestras muertes. No existía la comunicación con el tumor. El Budismo, el Nirvana, eran metáforas de una existencia superior que nos estaba vedada. Chen Yong era una profunda mentira que en las postrimerías de mi muerte yo estoy destinado a descubrir.

Durante varios días traté de llorar mi desgracia y la profunda envidia que tenía de Manax, todavía completamente prohumano. Sin embargo a él también le creía el tumor. Un horrible tumor en el estómago, que le deformaba los músculos y manipulaba el morfismo de su cuerpo a su antojo. Me alegró saber que él iba a morir como humano, con su terrible Cangrejo a cuestas. Yo, sin embargo, a pesar de que Chen Yong no sea más que un fraude, he establecido un auténtico contacto con mi Animal; mi Animal me induce a que crea en él como en una tercera persona. Se lo he hecho saber a Manax y él me contestó con una sonrisa condescendiente.

Su estómago creció tanto que hace unos días me sorprendió.

De allí dentro, de su estómago tumoroso, salió otro ser prohumano.

Manax se reprodujo de manera automática, como hacían los prehistóricos. De su cuerpo salió un homúnculo, un hombre pequeño que lloraba sin consuelo. Sé que lo miré sorprendido y él hizo una adorable mueca de satisfacción antes de morir desangrado. El homúnculo lloró durante horas y yo no supe qué hacer con él. Por suerte murió antes de terminar el día. Entonces pude por fin replegarme en mi completa interioridad.

Desde que estoy compelido a esta vida de absoluta interioridad me siento cada vez más caliente, más pequeño y oscuro. Mi propio cuerpo, mi humanidad de carne débil se cuece a treinta y seis grados y medio. Es como estar cubierto por frazadas, a salvo del frío y de las ferocidades de la vida: esta es otra vida. Una vida negra.Una existencia en una noche movediza y febril que se alimenta sólo de aromas e imágenes amorfas. Soy como una verruga que se quema. Siento el calor y el olor carbonizado que desprendo con mi combustión y hay un placer casi adictivo en olerme. Ahora, con estas nuevas facultades que he adquirido, envolventes, que me protegen del afuera y de alguna funesta interioridad de mi antiguo yo, me reconozco como el Animal auténtico. El Animal es el que se mueve y el que está empezando a vivir en mí y sin mí, y yo lo dejo.

domingo 15 de junio de 2008

Tiempo

Todo este tiempo he estado escribiendo, pero no para Monstruos y Berenjenas.
Me estoy dedicando a escribir los esbozos de lo que, con suerte, será mi tesis doctoral, y eso me lleva todo el tiempo del que pueda disponer.
Por eso, desde hace muchos días este blog no se actualiza.
Cada vez que me siento frente a la computadora a escribir, lo dedico a la tesis y, en menor medida, a Exonario y Questasbuscando.
Y sí, para no contrariar a la última historia que he publicado, también me dedico a jugar y a mentir.

Las migajas de historias que he ido anotando todavía seguirán en el papel, al costado de la mesa de luz.
Por ahora, he aquí una pálida señal de vida de este blog.
Es poco. Prometo más, pero con la condición de no tener que cumplir ahora.

miércoles 21 de mayo de 2008

No es cierto que este título dice la verdad

He descubierto que soy un mentiroso enorme. Un gran mentiroso, un tipo que aprendió a mentir de una manera perfecta y redonda. Cada acto de mi vida es una estrategia de ocultamiento, de evasión o de camuflaje. La mentira es un hijo he traído al mundo, y que luego tuve que alimentar día tras día: cada mentira se nutre y se sostiene de otras mentiras, más básicas, más profundas y menos calculables. Miento sin necesidad y por deporte. Miento atentando contra mi integridad y contra mis deseos. Miento para romper el silencio, para escapar del tedio, para conseguir una mínima y dudosa ventaja frente al mundo. Miento para proteger un minúsculo espacio de libertad que no me pertenece y que no merezco.

Miento porque soy miserable.

Hace muchos años, después de un almuerzo familiar, mi abuelo materno me habló de su hijo. “Tu tío Eduardo”, dijo, “Es un ser indigno de vivir” Hizo una larga pausa y enumeró: “Tu tío trabaja todo el día y todos los días. Nunca se toma vacaciones. Si su familia o su patrón le exigen algo, él cumple. Agacha la cabeza, sonríe, y cumple. Parece un gran laburante y un padre ejemplar”. Luego vino otro piadoso silencio antes del espadazo final: “Pero a tu tío, lo único que le preocupa es comer, mirar televisión y dormir. Si tiene que trabajar como un burro para conseguir eso, pues trabajará como un burro. Si tiene que mantener a su familia, lo va a hacer como si fuera el mejor padre. Si su mujer le pide sexo, él le va a dar el gusto para que no siga molestando. Pero no porque él quiera: simplemente, porque es el único modo de ganar unos pocos minutos en su vida para hacer lo único que desea: tirarse en la cama, llevarse un sándwich y mirar películas de cow boys

Si hago caso a las palabras de mi abuelo, la vida de mi tío Eduardo es una mentira. Todo suceso importante es, en realidad, un barniz de mala calidad que cubre el único y verdadero objetivo de su existencia: escapar del mundo y perderse en dos o tres placeres elementales.

Pero mi abuelo se equivocó cuando hablaba sobre mi tío. Debía haberme puesto a mí como ejemplo: yo sólo he deseado una cosa en la vida: jugar a videojuegos.

Sólo eso: jugar a videojuegos.

Es cierto, también me gusta escribir. Pero escribir es ahondar en la mentira. Todo lo que garabateo –y casi todo lo que digo- es una ficción espontánea. Sea como sea, tanto para jugar a videojuegos como para escribir, se requieren dos condiciones: una, tener tiempo libre. Otra, no estar preocupado por algo. Ambas condiciones son incompatibles con la vida de adulto. Y allí está la clave de mi miseria: tengo deseos de preadolescente, pero responsabilidades de hombre maduro. Por eso, en algunos ámbitos, debo dar la apariencia de madurez para proteger mis escasos tiempos libres y despreocupados.

Toda mi vida está calculada en función de proteger mi pasaporte a la evasión del mundo. Si usted me invita a cenar a su casa un día cualquiera, yo le diré que no puedo, que tengo mucho trabajo –corregir exámenes es siempre una buena excusa-, que estoy en un proyecto muy importante, que estoy leyendo libros en otros idiomas porque quiero tener un doctorado, que voy a estar ocupado calculando mi presupuesto de los próximos meses, que mi mujer no me deja o que está enferma o que murió un pariente, o el pariente de un amigo, o que un tsunami ha pasado por mi casa y estaré ocupado colocando chapas en el techo. Lo único cierto de todo ello es: estaré en mi casa, jugando videojuegos.

Incluso este mismo texto se escribe por partes, en los perezosos fragmentos de tiempo libre que me quedan entre partido y partido. Ahora mismo, mi más hondo deseo es estar jugando. No hay un segundo de mi vida en el que repose este apetito.

Pero claro, hay amigos que conocen la peligrosa afición. Amigos a quienes no se les puede embaucar con estas mentiras. Para ellos tengo otra clase de argucias: mi cuerpo es capaz de somatizar hasta niveles insospechados. Nadie se atrevería a decir: “está fingiendo” cuando me da una repentina fiebre, un dolor de cabeza mortal o una desgarradora pataleta de hígado. Si me invitan a cenar o si quieren venir de visita, puedo convertirme por un rato en un desahuciado. Si insisten, y vienen a verme, porque no me creen, me verán pálido, ojeroso, con respiración jadeante, rogando por pañuelos descartables, un nebulizador y una cama oscura y silenciosa. Cuando se van, me recupero de forma instantánea y me siento frente a la computadora a castigar al universo mediante un jueguito con cañones, zombies y extraterrestres.

Mi asma es otra de las grandes mentiras. Desde los tres años de vida padezco ese mal que me sirve de perfecto pretexto: cuando no quiero hacer algo, aparecen las dificultades para respirar, lo que me deja en una buena posición para pedirle a otro que la haga por mí. Dar lástima respirando con estruendo ha sido una estrategia para evitar el esfuerzo. Y como un asmático no puede acostarse mientras tiene un ataque, ¿qué mejor cura puede haber, que unos partiditos videojuegos frente a la computadora?

Un deportista de la mentira como yo juega con los límites de lo calculable y lo no calculable. No siempre mis mentiras sirven al objetivo final: a veces se pasan de la raya y me perjudican. Una vez dije –por deporte- que me interesaba mucho el cine húngaro. Por eso mi interlocutor me invitó a las sesiones de cine que organizaba un modesto club de cinéfilos. Jamás en la vida había visto una película húngara, y nunca accedí a las entusiastas invitaciones de los miembros del club: les puse alguna de las excusas que enumeré más arriba, o todas ellas juntas, o una distinta ante cada invitación.

Otra vez, les dije a unos evangélicos que ya no tocaran timbre, porque estaba muy enfermo y no me resultaba fácil hacer el trayecto desde mi departamento hasta la puerta del frente, a través de un largo pasillo, para recibirlos. En realidad, el problema es que me interrumpían mientras jugaba en internet. Mi confesión –la terrible enfermedad- les pareció un buen motivo para seguir insistiendo. Luego me llamaban por teléfono tres o cuatro veces al día para saber cómo estaba, y cada tanto enviaban a una especie de trabajador social religioso para asistirme en mi solitario sufrimiento. Un día le aclaré al religioso que yo no estaba enfermo, que eso decían los demás, pero en verdad yo era Jesucristo. El hombre se puso pálido, dijo algunas palabras oraculares, se fue de mi casa y al otro día volvió con cinco hombres con traje negro y maletín. En ese momento hice el numerito del poseído, y quedé tirado en el piso, moviendo frenéticamente los brazos y los pies detrás de la puerta entreabierta, expuesto a la mirada atónita de los religiosos y de mis vecinos que pasaban por ahí. A mis vecinos les dije, luego, que yo padecía de epilepsia y que cada tanto me daban ataques. Ahora los vecinos me preguntan cómo estoy y, claro, para sostener lo de la epilepsia, cada tanto tengo que fingir un ataque frente a ellos. Una vez simulé temblores y baba en medio de la vereda y me vio un pariente. Le aclaré lo que pasaba, pues mi familia sabe que no tengo epilepsia. Cuando lo vi en un asado familiar, le dije que había tocado un cable y me estaba quedando electrocutado. El resto de mi familia preguntó cómo había ocurrido. Tuve que inventar una complicada historia según la cual un cable de luz se había desprendido de un poste, había caído con chispazos sobre mi cabeza y yo había sufrido la descarga. Claro que no tenía pensado quedar como idiota: me vi obligado a aclarar que ya había iniciado un juicio al estado y que el propio gobernador me había mandado un mail solidarizándose con mi problema. Como muchos quisieron ver el mail, tuve que crear una cuenta con el nombre del entonces gobernador y, desde esa cuenta, me envié un mail a mí mismo con un ecuánime mensaje de apoyo. Sospecho que ni los evangélicos, ni mis vecinos, ni mis parientes, creen una sola palabra de lo que les digo. De todos modos, cada tanto finjo temblequeos y vahídos, para que no se olviden de mi personaje y para sostener todo lo que he mentido durante tanto tiempo y ante tanta gente. Que ellos no me crean no es buena excusa para dejar de mentir.

Pero no todas mis mentiras desmadradas tuvieron un mal desenlace, y esa es la parte irónica: hay gente – mucha gente- que todavía sigue creyendo en mis mentiras. En las mentiras que he dicho, y en las que sigo diciendo con un sostenido –fingido- convencimiento.

Un día dije que me gustaba la filosofía y me anoté en una carrera. Para sostener otras mentiras que había dicho por ahí, la terminé. Luego dije que me gustaría estudiar tales y cuales temas. Ahora soy profesor en esos temas y hay gente que me consulta sobre ello. Podrán decir que me mando la parte, pero estoy en el lugar donde estoy –no es un mal lugar, por cierto- gracias a una complicada trama de malentendidos. Eso significa que vivo temiendo que alguien me descubra. Que alguien diga, finalmente, “no entiendo cómo este tipo está acá”. O “Al final este tipo es una cáscara vacía”. Un poema de Pessoa me describe con una exactitud aterradora:

He hecho de mí lo que no sabía,
y lo que podía hacer de mí no lo he hecho.
El disfraz que me puse estaba equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el antifaz,
lo tenía pegado a la cara.
Cuando me lo quité y me miré en el espejo,
ya había envejecido.

Mi antifaz dice: “Me interesa progresar día a día, soy feliz, amo mi trabajo y mi vida”.

Mi verdadero rostro murmura, silenciado por la máscara: “Videojuegos”. Sin verbo, sin adjetivos y con baba.

¿Con cuál de las dos faces he escrito este texto?

¿Quién de ustedes lo está leyendo con sus verdaderos ojos, y quién con la desalmada mirada de felpa de un antifaz carnavalesco? ¿Y quién sabe si hay ojos de verdad debajo de la máscara?
Quizás sólo somos capaces de mirar el mundo a través del antifaz. Quizás nuestro verdadero rostro sea otra de las mentiras que el antifaz ha elaborado para nosotros.

miércoles 14 de mayo de 2008

Rumplestilskin

En estas semanas he tenido mucho en qué pensar, y consecuentemente, tuve mucho para escribir.

Lo que me faltó es tiempo.

Tengo una historia a medio terminar que comienza así:

"
A la edad de ocho años, cuando aun no se habían establecido las líneas definitivas que separan a la fantasía de la realidad, Martín sospechó que podía hacer cosas que a los demás les resultaba imposibles"

Otra cuyas primeras palabras son:

"
Los sucesos que voy a contar están ocurriendo en este mismo momento. De alguna enredada manera, una mujer está muriendo en manos de un hombre, en una habitación, a oscuras, a dos kilómetros de mi casa, en silencio y sin que yo lo sepa"

Otra:

"
Por fin me descubrieron una enfermedad impredecible, compleja y de diagnóstico reservado. Por fin dejé de estar loco y de ser hiponcondríaco, y comencé a vivir el alivio de ser considerado un enfermo"

Y otra:

"
He descubierto que soy un mentiroso enorme. Un gran mentiroso, un tipo que aprendió a mentir de una manera perfecta y redonda. Soy un ser detestable que no sólo miente, sino que además elabora onerosos sistemas de relaciones entre sus mentiras para mantener la consistencia. Cada acto de mi vida es una estrategia de ocultamiento, de evasión o de camuflaje. Miento sin necesidad y por deporte. Ese sufrido deporte tiene, sin embargo, un par de objetivos muy claros. "

También he anotado una multitud de pequeñas y puntuales ideas surgidas en la madrugada insomne. La foto es una muestra de ese caos.
Como los desenlaces de estas historia no me parecen convincentes, y desde hace unas semanas no tengo tiempo para sentarme y resolverlas de un modo que no me avergüence demasiado, por ahora no las publico.

¿Cuál de esos comienzos les parece más prometedor?

miércoles 23 de abril de 2008

Un oráculo modesto

Una noche de mayo del año mil novecientos noventa y tres se destruyó mi mundo por completo, de manera irreversible y para siempre. Demolido, apisonado, desangrado, machacado. Para siempre y sin remedio. Y al día siguiente volvió a construirse hasta en el mínimo detalle.

En ese entonces yo tenía diecinueve años, estaba en el segundo año de la carrera de filosofía, y me sentía orgulloso porque unos meses atrás había conseguido novia. Una novia de verdad, de esas que son para besar, llevar de la mano y presentar a la familia.

Con esa novia de verdad viví todas las experiencias importantes del amor: la espera interminable a la salida del Instituto donde ella estudiaba, la necesidad de escaparme de la clase para encontrarla y compartir un helado o una caminata nocturna de la mano sin rumbo por lugares peligrosos, la curiosa pasión de los celos, la risa cómplice de a dos al ver pasar un pelado con el ceño fruncido que se parecía a una persona a la que le tomábamos el pelo, proyectos de viajes, cenas en familia, tardes aburridas de chinchón y mate, la ternura infinita al asistir a una perra que tenía cría en la calle, la emoción y el alivio de saber que ella estaba, que era real, que existía. Era una de esas novias por las que un hombre renuncia –por un tiempo- a salidas con amigos y comienza pensar en un proyecto definido y menos solitario.

El lector ya podrá ir sospechando cuál es el acontecimiento irreversible del que hablé al principio. No mantengamos este falso suspenso: Irma, mi novia, había quedado embarazada.

No lo supimos por un test de embarazo, sino por múltiples y hoscos indicios corporales, uno de los cuales era el evidente retraso en la menstruación. Ella tenía periodos irregulares, pero ya llevaba casi dos meses desde su última regla. Cada día de esos dos meses fue un ahogo eterno y sordo. Ninguno de los dos podía dormir. Yo llegaba a su casa con la esperanza de que me dijera: “ya está, hoy me vino”. Pero cada vez que tocaba el timbre, sabía que esa noticia liberadora no había llegado. Mientras esperaba que Irma abriera la puerta, escuchaba sus pasos del otro lado, deducía –por la demora en abrir o por la rigidez de su caminar- que las novedades no se habían presentado.

Una pareja sensata no daría tantas vueltas y se compraría un test de embarazo. Sin embargo, nosotros teníamos terror de enfrentar la realidad y, por eso, no nos animábamos a tentar a la certeza definitiva. El cóctel de adrenalina, insomnio e inapetencia que nos generaba ese suspenso nos parecía mucho más tolerable que la concluyente prueba de embarazo: porque la duda todavía deja espacio para el no. Era como recibir un regalo y no abrirlo nunca.

Sin embargo, no fue por el embarazo que, finalmente, ella tuvo que hacerse un test. Durante esos días oscuros – literalmente oscuros: de un crudo otoño, con tormentas y viento frío- Irma comenzó a sentir un insoportable dolor abdominal. No contábamos con obra social ni dinero, así que fuimos al hospital y, gracias a las influencias de un par de amigos, le hicieron rápidamente una tomografía.

Ninguna breve descripción del hospital, ni de esa noche en la cual estuvimos esperando a que nos atendiera una doctora de guardia, puede expresar el húmedo terror que sentíamos. La sala de espera estaba casi a oscuras. A nuestro alrededor había muchas mujeres embarazadas. Mujeres pobres, que traían niños pequeños envueltos en mantas andrajosas y que estaban por dar a luz o que necesitaban hacerse un control urgente por algún problema durante el embarazo. La espera de la ginecóloga de guardia iba a durar muchas horas.

El hospital quedaba lejos de nuestras casas, y ninguno de los dos tenía dinero, ni vehículos, ni teléfono. No habíamos cenado y –se podía prever por el llanto de los niños pequeños sumado a nuestro nerviosismo- no íbamos a poder dormir. “Voy a mi casa y te traigo algo de cenar”, le dije a Irma. Aceptó. En ese momento eran las diez y media de la noche, y la lluvia había amainado bastante.

Caminé todas las cuadras de calles sin luz, solo, mal dormido y con hambre. Llegué a casa. Mi padre estaba mirando un programa de televisión. Un programa de día de semana, de rutina nocturna, de sobremesa. Su mundo continuaba igual que siempre, mientras el mío era arrebatado por una incipiente e indefensa criatura que me exigiría cuidados para toda la vida. En ese momento me di cuenta de que las cosas terribles son aun más crueles porque el resto del mundo sigue su marcha indiferente.

Le comenté a mi padre lo que había pasado. “Está embarazada, Jorge”, me dijo, sin dejar de ver el programa. “A esta edad, tener un hijo es cagarse la vida”. Fue poco lo que pude comer. Hice un paquetito con algunas porciones de tarta y emprendí el viaje caminando, de vuelta, hacia el pavoroso hospital.

Cuando está por ocurrir algo terrible, algunas personas toman decisiones tajantes y definitivas. Yo tiendo a escapar. Tiendo a perderme en un recuerdo o en alguna actividad de esas que sirven para desconectarse del mundo. En la trayectoria hacia el hospital encontré una casa de videojuegos. Tenía una única moneda de veinticinco, así que compré una ficha. La deposité en una maquinita que me gustaba.

El juego consistía en un personaje, visto desde arriba, que adquiría habilidades, herramientas y armas para avanzar de nivel. Yo ya dominaba bastante bien las técnicas para matar a los monstruos y casi nada me sorprendía. Excepto un par de cosas.

Cada cual encuentra sus oráculos donde puede, con las escasas chances de predicción que le ofrecela porción de realidad que le toca ver. Ese juego, esa noche, en ese lugar, fue mi oráculo.

Para que un oráculo funcione, hay que hacer una pregunta. La pregunta que le hice al juego fue: “¿Está embarazada Irma?”. La respuesta la iba a encontrar en uno de los pocos capítulos del juego librados al azar: la selección de armas. Cuando se mataba a un enemigo, en determinado lugar, aparecía un arma. El arma podía ser “FLAME” o “SUPERBALL”. Pero sólo podía saberse qué era el arma cuando uno la levantaba del suelo. No antes. Con esos raros elementos yo había construido mi oráculo: si el arma era “FLAME”, Irma estaba embarazada. Si el arma era “SUPERBALL”, no. La respuesta del oráculo reforzó aun más mis temores: levanté el arma del suelo y resultó ser “FLAME”. Demasiados indicios en mi destino.

El juego se terminó y volví a la calle. El cielo estaba rojizo y ahora, la lluvia había cedido su lugar al viento, que traía un tibio aroma de agua y tierra húmeda y me recordaba a la playa. Cuando llegué al hospital, la noticia –que yo ya sabía de antemano gracias a mi oráculo- estaba confirmada:

- Me vio la doctora, Jorge. Vio la ecografía. Estoy embarazada.

Así me lo dijo Irma de entrada. Luego me contó los detalles. La doctora de guardia hacía entrar de a dos o tres embarazadas; las maltrataba; a algunas les decía “no terminaste de parir uno y ya fabricaste otro”. A todas les daba el mismo diagnóstico, de mala manera y casi sin mirar la ecografía: “Queridas, si cogen sin forro, ¿qué creen que les puede pasar?”. La doctora no respondía preguntas, ni reconfortaba, ni recetaba. Estaba convencida de que la crueldad y el enojo eran los únicos medios para comunicarse con esos despojos humanos que eran las pacientes. Irma quiso preguntarle por los dolores en el abdomen, y la mujer dijo: “El embarazo es sufrimiento y dolor, querida, no es joda”. Mientras estábamos en la sala e Irma me contaba esto, la doctora salió de su consultorio y dijo con una leve sonrisa y voz pausada: “Habría que coserles la concha para que dejen de parir"

Irma se puso a llorar. Nos quedamos abrazados, los dos, en la sala de espera, con una noticia que acababa de destrozar nuestras vidas. Ninguno de los dos tenía casa ni trabajo, y ni lejanamente existía la posibilidad de conseguir cualquiera de los dos.

Después del llanto y la desazón, sin embargo, decidimos tomar una medida. Como no nos había gustado el trato de la doctora, esperamos a que cambiara de guardia. Eran las dos de la mañana y a las seis venía otro médico. Aferrándonos a una esperanza mínima y absurda, decidimos que el doctor de la guardia siguiente debía ver los resultados.

No tengo recuerdos precisos de esas cuatro horas. Sé que conté chistes para reconfortarnos, que volvió a llover, que las paredes vidriadas de la sala de espera se crispaban con la violencia del temporal, que al fondo del pasillo dormía un indigente y que una mujer gimoteaba y se agarraba la cabeza. Nos acompañaba la monotonía de los moribundos con olor a alcohol. Pudimos dormir un poco, hasta que nos llamó la voz del nuevo doctor de la guardia.

El médico era muy joven y amable. Cuando nos vio y le contamos que la otra doctora nos había atendido muy mal, él dijo con toda naturalidad: “no me extraña de ella”. En un segundo, nada más que en un segundo, miró la ecografía y dictaminó sin vacilar:

- Chicos, respiren tranquilos. No está embarazada. El dolor de abdomen se debe a… estreñimiento.

Bastaron esas palabras para que, minutos después, ella tuviera la menstruación que se había venido retrasando.

***

Hoy, quince años después de este suceso, me entero de que voy a ser padre. Mi mujer sigue siendo la misma novia de esa época: Irma. Hoy tengo un buen trabajo, obra social, he terminado una carrera, tengo intenciones de comprarme una casa y por fin viene en camino nuestro hijo. En aquel entonces su existencia anunciaba el peor de los problemas, y hoy es un suceso esperado con alegría, entusiasmo y ansiedad. A veces creo que fue decisión de él no haber venido en ese momento y esperar a que las condiciones se dieran a su favor.

Pero también creo que esos dos meses de nerviosa espera del año mil novecientos noventa y tres, y esa noche de tormenta en el hospital, me mostraron algo curioso sobre mi persona: yo no era capaz de abandonar a una mujer. No pertenecía a la raza de quienes huyen despavoridos ante la sola posibilidad de la peor de las noticias. No me fui del lado de Irma; incluso me sentí en la obligación –en esas breves cuatro horas de espera nocturna en las que nuestro mundo se había acabado para siempre- de levantarle el ánimo a esa mujer que seis meses antes era una desconocida, y de mirar para adelante.

Ni siquiera me escapé, en verdad, cuando entré a la sala de videojuegos. Allí fui en busca de una respuesta. Una respuesta crucial en un oráculo modesto.

Cuando levanté el arma, decía “FLAME”, lo que –según mi pregunta- significaba “Irma está embarazada”. Pero Irma no estuvo embarazada en ese momento, sino ahora, quince años después.

En aquel momento, cuando hice la pregunta, yo estaba atravesando el nivel quince del juego.

Los oráculos jamás se equivocan; somos los hombres quienes leemos erróneamente sus sentencias.

martes 15 de abril de 2008

Un número en la aritmética divina, segunda parte.

[Este texto sólo tiene sentido si se lee la primera parte]


Apenas dichas estas palabras, irrumpieron en mi cabaña los guardianes acompañados por dos de los patriarcas. Venían a hacer cumplir la próxima decisión del Consejo. Los patriarcas se disculparon ante mí y expusieron sus razones: “Heinrich, es usted un hombre honorable” dijeron. “Tenga a bien permitirnos ejecutar la decisión del Consejo: San Juan Segundo permanecerá encadenado y obrará milagros sólo bajo nuestras órdenes”. Entonces, sin esperar mi respuesta, los guardianes fueron a la habitación y maniataron al Milagroso, quien no opuso resistencia. “Si logras que durante esta noche y durante el día siguiente no haya nubes en el cielo, te concederemos la libertad. Si no lo logras, morirás mañana al mediodía”, le comunicó uno de los guardianes. “Honorables Señores, yo no decido el milagro, ni el cuándo ni el cómo. Apenas soy un ejecutor de ciertas precarias combinaciones. El milagro nace sin que yo lo prepare”. Desde el este comenzó a aullar un viento de voces desesperadas y de carne quemada; un coro fétido de gritos abollados por la angustia, las alturas, las distancias y la bruma helada de las montañas. Los muertos de la peste, apilados para la pira, en las no muy lejanas regiones del este y del sur, seguían quejándose por el dolor en sus bubones. El Milagroso aceptó estar encadenado y dijo “tened a bien que este hombre honorable ejecute el milagro”, mientras me señalaba con su rostro. Los dos patriarcas me miraron y discutieron durante algunos segundos. “Dejadme a solas con el benemérito Heinrich”, dijo. Los guardias salieron de mi casa, pero los dos patriarcas no hicieron caso. “Los milagros son el juego de las artes combinatorias. Si unes un caballo y una gallina, ¿qué creéis que saldrá de esa unión? ¿Podéis predecirlo? La naturaleza no realiza por sí sola esa maravilla, pero ¿qué sucede si forzamos esa combinación? Podríamos estar combinando leyes cuyos resultados se transmitan a los cielos y a las grandes distancias.” El Milagroso hablaba sin mirarnos a los ojos, como si ya no estuviésemos allí. “Y si luego combinas el vino con el aceite y la leche, y lo arrojas todo al fuego, ¿no creéis que, combinado con la cruza entre el caballo y la gallina, sería un desafío muy grande para las leyes del mundo? Siempre he sospechado que Dios creó unas leyes toscas y simples que guían el curso de las cosas naturales. Pero esas leyes no prevén la acción de los hombres: el mundo cederá si no respetamos la Divina Legalidad. De lo que haya de razón, puede surgir otra cosa de razón. Pero de lo absurdo, mi querido Heinrich, puedes esperar cualquier cosa. Incluso la razón.”

En ese momento, El Milagroso me dio instrucciones precisas, las cuales debía ejecutar “en el momento exacto”

Las nubes habían hecho su aldea en el cielo y ahora definitivamente la suerte de San Juan Segundo parecía estar sellada. “Si me atáis las manos, ejecutad, por amor de Dios, lo que os digo. Traed una enorme marmita. Llenadla de sal, de agua, de vino, de aceite. Vaciad en ella los alimentos de todo el pueblo. Calentad todo a fuego de brasa. Vaciad en ella perfumes, licores, jabones. Colocad alrededor de la marmita una corona de flores. Todo lo que para vosotros tenga algún valor debe estar dentro de la marmita, y esta deberá arder al menos por cuatro horas con fuego vivo.”

Los patriarcas hicieron caso a sus pedidos. Libros, enseres, joyas y ropas formaron parte del extraño brebaje. Algunos se deshicieron de todas sus pertenencias y quedaron desnudos frente al helado clima. Después de una hora vimos vapores verdes que subían por los aires y se escapaban en dirección al oeste, llevados por los vientos. Las nubes comenzaron a agrietarse, como si una mano invisible las corriera y dejara espacios entre ellas. Por la tarde los huecos azules eran más grandes que las nubes y la intensidad del viento había disminuido. El milagro había sido ejecutado.

Los patriarcas, todavía cautelosos, fueron a ver al Milagroso y a consultarle por esta nueva maravilla. Pero con horror descubrieron que San Juan Segundo, atado en el fondo del calabozo, no podía hablar. Su lengua, su rostro y sus manos se habían vuelto moradas. Con un oportuno presentimiento, fueron a la caballeriza y vieron a sus dos canes retorciéndose en el piso, con la boca abierta y con sus lenguas negras chorreando una saliva sanguinolenta. “Ha traído la peste negra”, declararon. Dos sacerdotes encendieron una pira alrededor de los canes y los quemaron aun antes de que murieran. Los animales gruñían como niños agonizantes mientras sus carnes desaparecían entre las llamas. A San Juan Segundo lo dejaron en el calabozo sin que hubieran decidido aun qué hacer con él. Nosotros, desesperados, nos derrumbamos frente al templo para pedir por nuestros hijos. Lloramos de horror ante la terrible noche que se avecinaba, pues seguramente El Milagroso ya nos había transmitido la enfermedad.

Durante la inhóspita madrugada fui al calabozo. San Juan Segundo respiraba con dificultad y ya conocíamos que no iba a ver el amanecer. Su cuerpo estaba hinchado y morado; los ojos abiertos se disipaban en la techumbre y no veían. Con todo, quería decirme algo. Acerqué el oído a su boca infectada y me dijo: “la peste es parte del milagro, mi señor Heinrich”

Al día siguiente todos comenzaron a morir. Sus cuerpos palidecían; la fiebre los acababa y en pocas horas se volvían morados. Vi a mi propia familia convertirse en un ejército de ángeles negros. Uno a uno fueron muriendo todos en el pueblo. Hombres, mujeres, niños, ovejas, gallinas y aves. Incluso los somormujos rezagados que pasaban volando por nuestro pueblo caían muertos. Sólo hubo un sobreviviente.

He esperado cuatro días. He dejado a los cuerpos pudrirse en sus camas, en el suelo, en el campo. El viento del este ya no trae el grito de los moribundos. He tenido que comer de los animales infectados para sobrevivir, pero ya falta poco para no necesitar de la comida. Este es el momento en que debo ejecutar la segunda parte del hechizo.

Recosté en sus camas a cada uno de mis conciudadanos muertos y dejé para el último momento el cuerpo del Milagroso, al cual puse en el sucio suelo de la plaza. El frío ha crecido y se acercan nubes de ventisca interminable. Los naipes con el arcano de la muerte están diseminados por toda la aldea como una huella divina de la terrible enfermedad. Los aros atravesados, miles de palomas negras, monedas de oro y un manto negro gigante. Pienso exasperar las leyes de Dios para que se obre el milagro completo, según las instrucciones del emérito San Juan Segundo. Por eso, después de diseminar pétalos de lavanda por toda la extensión del manto negro que cubre a las palomas, los naipes, los aros y las monedas; levanté el manto y El Milagroso se movió, con los miembros fríos, blancos y endurecidos. Sus ojos parecían no mirar, y de su boca sólo salían gruñidos largos y babeantes. Estuvo así un largo tiempo, hasta que su garganta dejó de roncar. Con la noche absoluta, oscura de tormentas, dijo las primeras palabras:

- Ahora, Heinrich. Dios se ha confundido.

Eso era: el milagro de la resurrección se había operado. Pero Dios no lo había previsto; lo habíamos engañado y ahora, mientras Su Divina Voluntad desenredaba los hilos de ese truco, debíamos aprovechar su confusión.

Después de una pausa, me dijo:

- No temas a la ira divina. Desafiamos sus cálculos y ahora quedamos al margen de ellos. Nos hemos convertido en tránsfugas de la vida y la muerte; ya no somos más un número de la aritmética universal. Dios no se fijará más en ti, ni en mí, ni en el ejército de rígidos y pálidos no-muertos que vamos a levantar y que van a ser nuestros esclavos por la eternidad. Ellos, a diferencia de ti y de mi, no podrán hablar, serán torpes para moverse, casi ciegos y no recordarán lo que han sido en vida. A veces desobedecerán nuestras órdenes para llorar o gritar de desesperación, como si una brizna de nostalgia se despertara en ellos. Pero no más, pues serán leales por siempre.


Debajo del enorme manto negro que cubría a los cuerpos en la plaza, comenzaron a escucharse los primeros roncos gritos.

miércoles 9 de abril de 2008

Un número en la aritmética divina, primera parte.

[Esta historia será presentada en dos partes]

El día de gracia del veintisiete de febrero de mil trescientos cuarenta y ocho, cuando el sol se derrumbaba a través de las montañas heladas y el humo de las chimeneas hacía juegos con los reflejos del sol en el hielo de las cumbres, llegó a nuestra aldea el milagroso San Juan Segundo. Teníamos el temor de la peste negra que, desde dos años atrás, venía asolando la región este y sur de Europa. Diezmados, los habitantes de los grandes y legendarios pueblos de Oriente huían con la mirada perdida y las ropas andrajosas, hasta llegar a las tierras de Prusia donde morían y propagaban el mal. Nuestro pequeño pueblo, afincado al pie de los montes interminables, todavía no tenía noticias cercanas del violento castigo del Dios, excepto por un leve temblor en la tierra y por el mensaje del viento. San Juan Segundo llegaba a los pueblos y obraba milagros, y teníamos la esperanza de que su presencia alejara la Peste de nuestro pueblo. El Milagroso tenía una barba larga, con hebras rojizas y blancas. Sus ojos solían perderse en la distancia, en el fondo pardo y celeste de las montañas. En los pies apenas calzados con sandalias de cuero se veían las torturas de la gota. Venía caminando lento, con sus dos canes de custodia y de única compañía. El día era propicio para los milagros: llevábamos casi un mes sin ver el sol y éste había sido el primer atardecer radiante. Además, hoy se habían detenido los fuertes vientos del Este, que hacían silbar a las montañas y que traían las voces de los moribundos.

Lo primero que hizo el Milagroso fue pedir una pequeña marmita con agua caliente y sal, para remojar sus pies hinchados. Luego pidió comida para sus canes y agua fresca para él. Yo le concedí que se aposentara en mi casa, con mi familia y él lo aceptó de buen grado. Esa noche cenamos frugalmente y nos acostamos temprano. Casi no tuvimos conversaciones durante la comida. Después acomodó sus bolsos al pie de la cama, se acostó quitándose las sandalias pero no la ropa y se durmió de inmediato.

La Divinidad envía señales cada vez que está a punto de actuar: el día siguiente no sólo fue el más luminoso que recordáramos; también hubo una brisa del oeste que traía aromas a incienso y a frutas. Casi todos los vecinos se acercaron a nuestra finca al amanecer, para recibir las maravillas de San Juan Segundo. El Milagroso, sin embargo, durmió hasta muy entrada la mañana. Se despertó después de un bostezo y permaneció en la cama, en silencio, por unos minutos. Yo podía verlo a través de la mirilla de la ventana. Con poca decisión se puso de pie, se calzó, salió de la habitación y les comunicó a los visitantes una noticia que habría de defraudarlos: él no tenía ningún poder sobre los milagros que ejecutaba. Sin embargo prometió que sus próximas maravillas iban a manifestar el poder de Dios en el hombre. Pidió que le alcanzaran sus bolsos y se dirigió hacia la plaza. Una vez allí se paró sobre una enorme piedra y nos mostró lo que sin dudas era una señal divina: comenzó a ondear un pañuelo, lo estrujó varias veces con sus dos manos y de pronto apareció una paloma negra, como si hasta ese momento hubiera estado oculta en el aire. La paloma tomó vuelo y se perdió en dirección al oeste. Después de manifestar nuestro asombro, el Milagroso sacó de su bolso un naipe hecho con cortezas de pino. En el naipe se veía la carta sin nombre: el arcano número trece, la muerte. Luego rompió en pedazos el naipe y arrojó los fragmentos en una bolsa de cuero que traía uno de los presentes. Entonces pidió a una persona cualquiera que sacara los fragmentos, y he ahí que dentro de la bolsa los fragmentos se habían unido: vi con mis propios ojos que el naipe estaba nuevamente íntegro.

Cuando se acercaba el mediodía, nuevas nubes muy oscuras comenzaron a disputarse el cielo. Algunos de nosotros, influidos quizás por esa señal y por otro leve temblor de la tierra, quisimos sospechar del Milagroso: ¿cómo no confundirlo con un brujo? ¿Por qué Dios había querido unir el naipe mudo y macabro que representa a la muerte, y no quizás el naipe de la Templanza o el Papa? ¿Por qué Dios había hecho aparecer una paloma negra? Yo me entristecí por el destino de mi familia, porque la presencia de un brujo en el pueblo habría de ser un hecho tan nefasto como la peste misma.

Uno de los presentes le pidió al Milagroso (si es que de verdad era el Milagroso) que no se valiera de la oscuridad para ejecutar los milagros. Si de verdad era Dios quien actuaba por intermedio de sus manos, ¿qué necesidad tenía de utilizar bolsas y pañuelos para ocultar el preciso instante en que la Divinidad obraba su creación? San Juan Segundo dijo, entonces: “Los milagros no están sujetos a mi capricho. Si no se hacen así, no ocurren. Yo no entiendo ni interrogo las obras de Dios, sólo las ejecuto”. Entonces, para quitar nuestros temores, continuó con otra maravilla. Dio un pequeño salto y se mantuvo en el aire por unos segundos, a cinco o seis pies del suelo. Cayó con lentitud, como si lo sostuviera una mano invisible. Luego, sacó de su bolso cinco aros de un metal reluciente y los atravesó con pequeños golpes, de modo que quedaban unidos como en una cadena. Finalmente, con otros leves golpes deshacía la unión y no era posible encontrar la abertura por la cual habían sido unidos.

Ya el cielo estaba otra vez cubierto y muchos de nosotros fluctuábamos entre el desconcierto y el asombro. El desconcierto, porque había algo en los milagros que lo volvía muy sospechoso. Un joven del pueblo le alcanzó a San Juan una cadena de hierro y el Milagroso no fue capaz de deshacer los eslabones. “Yo no decido cuándo ni cómo va a ocurrir el milagro”, se defendía. Le pedimos más milagros y él sólo dijo que estaba cansado, que quizás más tarde. Se bajó de la piedra, se abrió paso entre la multitud y entró en mi cabaña para recostarse.

El desconcierto fue ganando espacio y los patriarcas, sin duda influidos por el temor a los temblores y a los nuevos anuncios del cielo, decidieron desterrar al Milagroso. En una improvisada reunión alrededor de la piedra de la plaza, dictaminaron que San Juan Segundo debía marcharse a la mañana siguiente, con sus bolsos y sus canes, aun cuando una repentina nieve o los vientos le dificultaran el paso. Es verdad que no podíamos arriesgarnos. Acechados por la peste y por el invierno, no parecía sensato agregar además la acción de un posible hechicero.

Esa misma tarde los patriarcas fueron sorprendidos por una extraña noticia. Un joven hacendado, a quien desde el verano anterior le crecían enormes bubones en el cuerpo, llegó corriendo al pueblo para decir que estaba curado: los bubones habían desaparecido de un día para el otro. El joven había perdido la barba, y según decía, tampoco podía tener más hijos. Los patriarcas entendieron que se había obrado el milagro de volver el tiempo atrás: Dios le había quitado la enfermedad a este joven, pero también la barba y el semen. Era otra vez niño.

Unos minutos después me marché del Consejo. Los patriarcas seguramente iban a revisar el fallo y discutirían quizás el resto de la tarde. Yo regresé a mi cabaña. En la habitación, el Milagroso estaba recostado, con los ojos abiertos. “Heinrich, mi hospitalario señor”, me dijo. Me acerqué al pie del catre. “Ahora está cayendo la tarde, y ese es un milagro que se repite de manera tan cotidiana que no podemos apreciarlo”. Le pregunté si se sentía bien, si deseaba beber o comer algo. Él se levantó de pronto y se sentó en el catre con los pies sobre el suelo. Tomó una de las alforjas que habían quedado a un costado y sacó un pañuelo. Era el mismo pañuelo con el que había obrado el milagro de la paloma. “Algunas veces ha fallado, y yo no me lo explico. Siempre estoy pendiente de que el Señor me abandone, y sin embargo, aunque la fe no esté en mí, el milagro vuelve”. Agitó el pañuelo varias veces y desde adentro de la alforja vi salir la paloma. “La traigo siempre conmigo. Sale volando y vuelve a la alforja. Puedo hacer que aparezca una paloma con agitar un pañuelo, pero para eso necesito que Dios me haya dispensado de una paloma y de un pañuelo. En eso consiste el milagro, en la correcta conjunción de los dos elementos”. Mientras San Juan Segundo hablaba, yo había perdido mi mirada en el horizonte, luminoso y horrífico, por donde se colaba una hilacha del crepúsculo tormentoso. “Puedo realizar el milagro de la levitación, gracias a una disciplina de gimnasia espartana que me ayuda a asirme del aire”. Pensé: la Peste no vendrá con el frío ni con los vientos. No vendrá con lluvias ni con señales nefastas. La peste llegará silenciosa, un día cualquiera. “También puedo hacer que dos aros se atraviesen... Sólo si ya fueron atravesados una vez. Entonces opero el milagro de reunirlos”. San Juan Segundo me dirigió la vista, y con sus ojos reclamaba una atención especial. “Todo lo que hago es operar con las leyes que Dios nos dejó en el mundo. A veces ejecuto acciones que responden a leyes que desconozco, y a veces esas leyes desconocidas me dictan cómo debo manipularlas”. Guardó el pañuelo y comenzó a hablar con una voz cavernosa, como de oráculo. “Un milagro es la transgresión de las leyes del mundo. ¡Pero decir esto es absurdo, porque nadie conoce las leyes que operan en el mundo! ¿Cómo entonces saber si las estamos transgrediendo o no? Si los muertos resucitan, ¿es esto una transgresión, o es parte de una ley que todavía no hemos aprendido?”. Sacó de una alforja un juego de naipes: en todos ellos estaba representada la Muerte. “Yo prefiero creer que todo es un milagro. El sol que se está poniendo en el horizonte sigue una ley: va de este a oeste. Es parte de la obra de Dios, y por eso es un milagro”. Rompió un naipe, y escondió otro en una pequeña bolsa. “Pero a veces los milagros no son tan predecibles”. Abrió la bolsa y dejó ver el naipe de la muerte, íntegro. “A veces los hechos parecen transgredir incluso las leyes esperables y más cotidianas”. Cerró nuevamente la bolsa, con el naipe íntegro dentro, y volvió a abrirla. De su interior salió una paloma negra. “Si se combinan las combinaciones, y nuevamente las vuelves a combinar, no es posible prever el resultado”. Con la bolsa en la mano, se puso de pie y dio un pequeño salto. Se mantuvo en el aire durante unos quince segundos. En ese tiempo, agitó la bolsa varias veces, luego volvió a abrirla y de su interior cayeron cientos de enormes monedas doradas. “Y si luego vuelves a combinar todas las combinaciones ya hechas, y las nuevas combinaciones que surgieron de las anteriores, quizás Dios se vea forzado a intervenir, agregando objetos o acciones, para que el sistema de leyes del Mundo no se desequilibre”. Recogió las monedas, volvió a guardarlas en la pequeña bolsa, volvió a saltar (esta vez con la bolsa en una mano y con tres aros en la otra), abrió la bolsa y de su interior salieron docenas de palomas negras, que revolotearon desesperadas por la habitación hasta encontrar la ventana. “Ahora bien, debemos aprender cómo dirigir los milagros. ¿Por qué salieron palomas esta vez, y monedas la otra? Si Dios quisiera, ¿podría hacer que de mi bolsa salgan la dicha y la sabiduría? ¿Qué combinación deberemos realizar para que el Señor nos conceda una vida venturosa?”


[Esta historia continuará]

sábado 8 de marzo de 2008

Diálogo entre Yo y Yo

Y - Señor Mux, se está demorando más de lo pactado... ¿Es que ya no piensa darle continuidad a este blog? ¿Acaso cree que lo hecho es suficiente?

Y - De ninguna manera. Existen excusas muy razonables por las cuales sólo podemos entregar este texto autorreferente y lavado. Una de esas excusas, si me permite, es que no puedo encontrar las palabras adecuadas. Lo cual, según tengo entendido, es una actividad que nos corresponde a ambos.

Y - Es verdad; parece que la imposibilidad de una sintaxis aceptable y la poca coordinación de un cierto cúmulo de ideas hacen que todo el intento se vea entorpecido. ¿Qué hay de esa historia de los mozos?

Y- Los mozos tendrán su historia.

Y - Cuéntemela un poco. Recuerde que nos están leyendo. Pocos, pero nos están leyendo.

Y - Bueno, la idea es más o menos así: en los años que trabajo como disc jockey, descubrí que en la mayoría de los servicios de lunch, los mozos son despreciables. Casi nunca me dan de comer, y parece que se ofendieran si les pido un vaso con agua.

Y - Si me permite, don Mux, parece una historia en la que se cuenta una experiencia sumamente biográfica y poco interesante. ¿Pensaba desarrollarla, o acaso eso era todo?

Y - Se me había ocurrido contar casos concretos y centrarme, principalmente, en las pequeñas alianzas y negociaciones que debo hacer en una fiesta para poder comer algo.

Y - Olvide ese tema, por ahora. Hay otros.

Y - Sí. El del niño pequeño que se ríe por la noche. Y el padre descubre que el niño habla con otro niño -invisible- que está en el cielo raso. Una pequeña historia de terror con un final escalofriante.

Y - Recuerde que no puede engañarme, don Mux. Yo conozco esas historias y, si algo sé, es que ninguna de las que me ha contado tiene un final. En muchos casos, sus finales van surgiendo a medida que se desarrolla la trama. Como si el tejido narrativo le diera pistas acerca de sus posibles desenlaces. Ahora bien, ¿cuáles son sus excusas por no haber publicado a tiempo? ¿No es que usted iba a publicar un texto por semana?

Y - Necesariamente, esa promesa iba a romperse algún día. La excusa es muy simple: las tramas están allí, esperando a ser desarrolladas. Pero falta cierta disposición mental para ello. Es como si en este tiempo me hubiera invadido una parálisis conceptual. Por ejemplo, no sé cómo encuadrar la historia de los mozos. ¿Comienzo contando mi trabajo como disc jockey, otra vez? ¿O simplemente hablo desde una tercera persona que observa cómo me tratan los mozos? ¿O doy una descripción más o menos detallada de cada uno de los trabajadores de una fiesta (el fotógrafo, el camarógrafo, la decoradora) hasta llegar a los más despreciables (los mozos)?


Y - Le puedo dar algunas sugerencias, señor Mux. Usted sabe cómo se arma la historia: se comienza de cualquier manera; todas las opciones que propone son válidas. Lo importante es que haya... ¿cómo lo llamaríamos?...

Y- Sí, ya sé. Usted se refiere al lubricante.

Y- Exactamente. El lubricante narrativo. Lo que hace que, después de las primeras palabras, la sucesión narrativa se desprenda necesariamente, como una catarata deductiva. Como si cada oración escrita dictara la siguiente. Pero, ¿En qué consiste ese lubricante? ¿por qué no lo tenemos ahora?

Y- Ese lubricante tiene al menos dos componentes. Uno de ellos está en el escrito mismo. A veces, hay sintaxis tan trabadas e ideas tan oscuras que no permiten el correcto funcionamiento de esa hermosa mecánica de la fluidez narrativa. Por eso, he comenzado muchas historias que luego no pude continuar.

Y- ¿Y el segundo componente?

Y - Bueno, el segundo es una mezcla de muchos ingredientes. A veces me siento frente a la computadora con un poco de hambre, de sueño o -lo más frecuente- mareos y calor. A veces tocan mucho el timbre. A veces -como me pasa ahora- estoy esperando que se consume una decisión laboral que no depende de mí, pero que me tiene en un estado de ansiosa incertidumbre. A veces tengo tantas ganas de jugar a video juegos que cualquier otra actividad queda en suspenso. Todo eso me distrae. Para poder contar una historia necesito de cierta capacidad de evadirme de mis ansiedades. Y cuando el mundo está demasiado presente, cada palabra que escribo es trabajosa y difícil.

Y- Señor Mux, todo lo que ha dicho es sumamente trillado. ¿Se da cuenta?

Y - Claro que me doy cuenta. Es que ahora estoy, justamente, en un periodo sin lubricante. Mis sensores anti- perogrullo están en baja actividad.

Y - De todos modos es extraño, porque aquí, en este diálogo, podemos darnos cuenta de que todo es trillado. ¿Verdad? Si nos damos cuenta, podríamos no decirlo. O borrarlo.

Y - No tiene sentido borrarlo. Estamos mostrando cómo funciona -de acuerdo a nuestro punto de vista- un proceso mental. Si borramos las partes que no nos gustan, estaríamos omitiendo puntos importantes. Pero usted me entiende, no me ponga en aprietos.

Y - No lo pongo en aprietos, pero ya me estoy hartando. ¿No siente el calor? ¿El mareo? ¿El deseo incontenible de dejar de ser Jorge Mux por un rato, o para siempre? ¿Por qué tenemos que estar atrapados en esta personalidad polarizada y neurótica?

Y - Odio la voz zumbona y moralista de Jorge Mux. De hecho, este texto lo hicimos porque él se sentía en falta con su blog. Mux actúa compulsivamente y movido por la culpa. Esa manera de ser ya me tiene harto.

Y - Hagamos una cosa. Dejemos de escribir y que él se las arregle. No salgamos a defenderlo. ¿Cómo va a justificar este diálogo absurdo entre dos partes de su múltiple esquizofrenia?

Y - De acuerdo. Volvamos a ser un silencioso uno.

viernes 22 de febrero de 2008

Una visita a mis mayores

Mi árbol genealógico es un torturado laberinto de enfermedades inverosímiles. Desde hace cuatro generaciones, el material genético que corre por mis venas se ha venido enrareciendo; contaminándose con otras sangres de contenido nefasto. Una breve ojeada por las ramas de mis ascendientes me sirve para especular sobre el futuro. Sobre ese futuro que no es mío, que no he elegido, pero que está escrito en cada célula de mi cuerpo.

Veamos.

1.

Un retraído y muy enfermizo tatarabuelo paterno, muerto a los cuarenta y cinco por una imprevista crisis epiléptica. Su esposa, mi tatarabuela, muerta a los noventa y ocho. Durante los últimos setenta años de su vida soportó de parálisis invasiva en los brazos. Tuvo breves ataques de una enfermedad no diagnosticada que bien pudo ser psicosis. Por la parálisis, no pudo hacer las tareas de la casa, ni cargar a sus cinco hijos. Uno de esos hijos fue mi bisabuelo. El bisabuelo, a pesar de todo, creció sano y fuerte. Se hizo investigador de los secretos del mar y a los veinticuatro se casó con mi bisabuela. A los treinta se recluyó en un galponcito al fondo de la casa y ya no volvió a salir. Hoy diríamos que tenía esquizofrenia. Murió a los cuarenta y siete años. Sus hermanos –dos varones y dos mujeres, cuyos nombres no constan en la memoria de los últimos eslabones de esta vaga cadena- padecieron de suertes heredadas: tuvieron esquizofrenia y psicosis, respectivamente. O ambos, los cuatro. Ninguno de ellos vivió bastante, y sus breves existencias –imagino- transcurrieron entre delirios horrendos y desollados gritos en mitad de la noche.

Y, ¿qué venía sucediendo por el lado de mi madre? Veamos. No tengo registro de mis tatarabuelos, pero sí de bisabuelos: la nona padeció las secuelas de un virus que había contraído de joven: era sorda. Pero eso no me interesa, porque su sordera no era genética. A los cincuenta años, más o menos, se le cayeron todos los dientes y comenzaron a disolvérsele algunos cartílagos. Su nariz era como la de un boxeador, y sus inútiles orejas pendían como colgajos purulentos. Mi bisabuelo no perdió el tiempo: a los cincuenta y seis, después de un breve período de depresión, se suicidó tirándose de un barranco. Sus hijos –mis abuelos y tíos abuelos- padecieron toda clase de males mentales: depresión, oligofrenia, esquizofrenia y psicosis. Y muchos males físicos: piernas frágiles; problemas de coagulación en la sangre, repentina e inexplicable ceguera temporal, dolores de cabeza que se prolongaban por meses, teratomas.

Pero aun no he llegado a la parte de las enfermedades raras. Parece ser que los caminos genéticos se fueron confundiendo a medida que nos acercamos a mi generación. Parece que el entrecruzamiento de la información venenosa de los genes; su vampírica necesidad de manifestarse con una enfermedad devastadora, había sido encauzado por un lugar paradójico. Si he de creer en las historias que contaba mi padre, uno de los hermanos de mi abuelo tenía poderes mentales, y otro tenía un brazo súper desarrollado con el que hacía tareas de fuerza sobrehumana. Y tampoco ahora he contado enfermedades. Veamos por el lado de mi madre: mi abuela vivió –y vive aún- insomne. Es decir, no pega jamás –absolutamente nunca- un ojo. Mi abuelo cargó con la misma cruz de su padre y de su propio abuelo: gigantismo y demencia progresiva.

Y ahora más cerca: mi papá tiene lagrimales en las orejas; cada tanto se le forman membranas entre los dedos de los pies –como a un pato-; sus divertículos intestinales merecen aparecer en el libro Guinness y la piel se le cuartea hasta caérsele de una sola pieza, como si fuera un reptil. Los hombres anormales tienden a casarse con mujeres anómalas –de otra manera, habrían permanecido solteros-, así que mi madre lo acompaña en sus extravagancias: su cabello es verdoso –pero se lo tiñe de negro-; la última falange de sus dieciocho dedos se le cayó como un diente de leche cuando era muy chica y a veces, sin darse cuenta, construye sus frases con las letras de atrás hacia adelante, porque padece de una afección mental congénita y temporaria llamada pisolexia. Además, coqueteó con la depresión y la esquizofrenia.

Pero el cóctel más extraño y más sutil todavía no había sido preparado.

Para probar ese brebaje genético, debemos tomar por otro ramal y llegar hasta el punto culminante: mi primo Mario.

2

Mario tuvo grandes problemas desde su infancia por culpa de un exceso de imaginación. Era un niño sano, pero tenía la muy mala costumbre de inventar historias imposibles y creérselas. Quienes lo conocían por primera vez, pensaban que sus mentiras eran un juego bien elaborado. Pero con el tiempo se daban cuenta de que él vivía dentro de ese juego. Por esta razón, desde edad muy temprana mis tíos lo enviaron a un psicólogo. Siempre fue un niño pálido y enfermizo, como yo. Toda su infancia, y gran parte de la adolescencia, la pasó deambulando entre licenciados que le hacían preguntas sobre su vida. Como yo. Lo que más escandalizaba a mis tíos era la concisa respuesta de cada uno de los profesionales: el chico no tiene nada.

Hasta aquí, tenemos a un niño sano. Un niño sano que porta, padece y manifiesta la enfermedad más rara y sutil de la familia. Una enfermedad que sólo pudo descubrir una estudiante de literatura.

El chico se hizo grande. Y Mario, ya grande, con veintipico de años, fue testigo de un asesinato. No era el único testigo, así que fue citado a declarar junto con otras personas. Esa mañana fría de mayo lo acompañé al juzgado. De acuerdo a ciertos informes preliminares, no había duda de que el asesinato se había perpetrado con un cuchillo, en mitad de la calle, a causa de una riña a la salida de un local bailable. Pero Mario declaró lo que había visto: no hubo un asesinato. No recuerdo exactamente la extensa declaración de Mario, pero en esencia se decía algo como esto: la supuesta víctima jamás fue agredida: ella, en realidad, comenzó a flotar despacio, en mitad de la noche, y se fue alejando lentamente. Una nave espacial con forma de botella de Coca Cola la vino a buscar en el aire y luego, en Miami, fueron a la playa – la víctima y él, mi primo Mario- a buscar cangrejos peludos en la arena.

Los oficiales tomaron nota en silencio, pero un abogado que estaba allí presente no pudo evitar una intervención:

- Señor, ¿nos está tomando el pelo?

Mario lo miró enfurecido y se levantó, amagando como para irse. El abogado prosiguió, sorprendido:

- La declaración de los diez testigos concuerda en que el acusado le propinó dos puñaladas a la víctima. Lo que usted dice, en cambio, ni siquiera tiene sentido.

Sin mediar palabra, Mario se fue, ofendido de que no lo tomaran en serio. Por suerte para él, el incidente no pasó a mayores.

Pero Candela, la novia de Mario, pidió una copia de la declaración. Y después de un breve análisis de todo lo que Mario había dicho, concluyó:

- La historia que declaró nos da una pista interesante. Aunque un poco fantasiosa, es coherente y consistente. Excepto en un único punto: un tiempo verbal.

Como siempre me intrigaron los enigmas lingüísticos, le pedí que no me lo dijera. Leí la fotocopia con la transcripción textual y me avergoncé de no encontrar el verbo anómalo. Ella me propuso un juego:

- Si estuviste una vez en una playa, ¿cómo lo dirías?

- Bueno… “estuve en la playa”. – dije, sabiendo que era la respuesta más tonta del mundo.

- Exacto. Ahora mirá lo que dice aquí.

En la clara caligrafía de la fotocopia, la transcripción textual decía: “Y estaba en la playa”. Todavía no lo entendía.

- ¿Por qué estaba y no estuve? La respuesta es muy simple. ¿En qué circunstancias usamos el pretérito imperfecto en lugar del pretérito perfecto?

La respuesta era muy difícil de vislumbrar para mí.

- ¡Cuando se está soñando! Fijate, Jorge, ¿cómo contarías un sueño?: “Estaba en la playa, y venía una botella de cocacola, y nos llevaba a Miami…”. ¡Siempre con el pretérito imperfecto, con los verbos terminados en aba! En otras palabras, cada vez que a Mario lo acusan de tener un exceso de imaginación, en realidad está soñando. Ese solito tiempo verbal fue la pista onírica colada en medio de una declaración judicial.

Y resultó que todo lo que había especulado esta mujer –estudiante de literatura- fue cierto. Después de otros estudios médicos, confirmaron que Mario sufría de prolongadas narcolepsias: se quedaba dormido en cualquier lugar. Pero la narcolepsia se disparaba a la par con un sonambulismo perfecto. Por eso, se dormía mientras caminaba y hablaba, y seguía hablando dormido, caminando con los ojos abiertos, manteniendo un hilo en la conversación, respondiendo, mirando si pasaba un auto cuando llegaba a la esquina, saludando a los conocidos. Ni él, ni sus acompañantes, notaban que se había dormido, porque sus ojos y su estado de vigilia no se alteraban. Pero luego, cuando le preguntaban qué había estado haciendo y de qué había hablado, él no recordaba haber hablado o haber caminado: contaba lo que había estado soñando mientras dormía.

Los médicos predijeron algo muy extraño: Mario tendría ataques de narcolepsia sonámbula cada vez más frecuentes. Hasta que algún día quedaría completamente dormido y completamente ambulante. Es decir: para quienes lo rodearan – e incluso para sí mismo- nada habría cambiado. Pero él, aun siendo el mismo, ya no sería el mismo. Sería una especie de zombie de sí mismo, que, sin embargo, tendría su personalidad y viviría en su cuerpo. Pero el auténtico Mario estaría oculto bajo ese manto aparente; estaría durmiendo un sueño eterno lleno de imágenes oníricas.

3

Esta curiosa historia ha sido una buena manera de evitar hablar de mí. ¿Cómo llega hasta aquí este árbol genealógico? ¿Cuáles monstruos se esconden en mi sangre? ¿Qué nombre tiene la muerte agazapada dentro de mí, cuya voz escucho cada día latiendo en mi corazón? ¿Cuándo se desatará la enfermedad final? ¿Quién vendrá a atacarme a través de las décadas de maleza genealógica? ¿Mi bisabuelo esquizofrénico? ¿Mi abuela insomne? ¿Mi bisabuela sin orejas ni nariz? ¿O tendré la dicha de legarle a mis hijos la posibilidad de padecer una enfermedad nueva, escabrosa, indetectable e incurable?

¿Podrá algún lector perspicaz encontrar el verbo que delata la presencia de mi más absurda enfermedad?

jueves 14 de febrero de 2008

El empleado ideal

1.

Durante el año 1994, mientras llevaba adelante la carrera de filosofía y me empecinaba en malgastar el dinero de mi padre en equipos para disc jockey, se me ocurrió buscar trabajo. “Se me ocurrió” es una manera elegante de decirlo; en verdad lo necesitaba y las bondades del menemismo me dejaban al menos dos certezas: la primera, de que con un título de profesor en filosofía nunca en la vida iba a conseguir empleo; y la segunda, de que todos los trabajos de mi vida serían mal pagos e ingratos. De modo que ya estaba preparado para lo peor.


Por aquella época, llegó a mi ciudad la gigantesca sucursal de una cadena de supermercados. Como desesperados reclutas, todos los que teníamos entre dieciocho y treinta años salimos a postularnos para cualquier humilde trabajito. Yo no fui la excepción. Envié mi curriculum y quince días después me llamaron para una entrevista. La notificación decía: “
Preséntese el lunes diez de agosto a las 08:00 hs. Sea puntual”. Un par de renglones antes de la firma del subgerente, estaba escrita la siguiente frase: “Conserve su buena presencia”.


Cuando llegué, descubrí que la noción de “puntualidad” de las grandes corporaciones es un tanto incierta. Yo no había sido el único en ser citado a esa hora esa mañana: éramos más de doscientos. Nos hicieron esperar en la calle, formando una fila doble. Después de casi dos horas de espera, comenzaron a llamarnos para la entrevista.

Las audiencias no eran personalizadas; se nos hacía pasar de a cinco o seis a una salita en la que jóvenes vestidos de traje y corbata nos comunicaban cuál era la “personalidad” de la empresa y qué se esperaba de nosotros. Entre las muchas cosas que se le exigía a un empleado, había una consigna fundamental: nunca levantar el volumen de la voz ni mostrar el más ligero atisbo de enojo o ironía. Sin que nos hicieran preguntas, nos dividieron en dos grupos y nos hicieron pasar a otro salón, a través de un pasillo metálico iluminado con fluorescentes. Tiempo después supe que esa división en dos grupos tenía un objetivo de lo más pedestre: el primer grupo (formado por veinte o treinta personas) era el de “los que servían”. El otro grueso grupo era el de “los que no tienen ninguna habilidad importante”. Yo estaba en el segundo.


El populoso salón al que nos condujeron como ganado luego del monólogo era un lugar sin ventanas, con iluminación de lamparitas y un calor insoportable. Después de dejarnos allí casi una hora sin explicaciones, llegó un hombre pequeñito, calvo, cincuentón, de traje y corbata, e improvisó un escenario parándose sobre dos cajones de gaseosas. No recuerdo su nombre, pero sí su rango: “Encargado de personal del sector Alimentos”.
El Encargado pidió silencio varias veces. Éramos muchos y su voz no podía competir con nuestro interminable murmullo. Quizás los que estaban más cerca de la tarima notaron que el hombre se estaba enfureciendo y por eso propagaron el pedido de silencio. Yo estaba bastante lejos y me costaba ver al hombrecito calvo. Oírlo, casi imposible. Pero, cuando el cuchicheo por fin se detuvo, el hombre rugió desenfrenado. “¡
Que sea la última vez que les pido silencio diez veces! ¡Diez veces! ¿Se piensan que esto es un boliche?” El grito del encargado rebotó en el cielo raso de chapa. Luego dijo, con la voz aflautada por el enojo: “Ustedes están acá porque, la verdad, no sabemos dónde coño ponerlos. Señores, van a tener que esforzarse mucho para quedarse en esta empresa".

Luego hizo una larguísima pausa.

En esa pausa, nadie se atrevía siquiera a respirar. El Encargado nos miraba, uno por uno, moviendo sus frenéticos ojitos azules llenos de odio. "
¡Acá no vienen a hacer sociales! ¡Vienen a trabajar, carajo!", dijo de pronto.

Esa especie de guerra fría entre su mirada y nuestro silencio continuó un buen rato. Quizás ocho o diez minutos. Después de eso, el hombrecito se bajó de la tarima y se retiró. El murmullo comenzó una vez más. Nos habían vuelto a dejar solos, después de un monólogo y sin posibilidad de réplica. No puedo calcular cuánto tiempo más estuvimos allí.

Recuerdo que, cuando ya comenzábamos a mostrar un hartazgo colectivo por esa situación, apareció un hombre desde atrás de una puertita corrediza. Nos llamó uno por uno, de una manera aparentemente aleatoria, invitándonos a pasar a la salita que estaba detrás de la puerta. La salita tenía piso de cemento y sus paredes estaban viboreadas por precarias instalaciones de cables. Habían improvisado una oficina. Detrás de un escritorio, una mujer joven, con anteojos negros, nos preguntaba cosas aparentemente sin importancia. Al costado, como guardaespaldas, había dos hombres con traje y corbata que hacían anotaciones en una libretita con forro de gamuza. Cada entrevista duraba apenas dos minutos. De las pocas preguntas que me hicieron, sólo recuerdo una: "
¿Cuándo se debe abrir una puerta?". Mi respuesta -a esa y a casi todas las otras- fue un tímido "no lo sé".

2.

Después de un largo periplo de entrevistas y pruebas absurdas, algún mandamínimo de la empresa decidió que mis dotes alcanzaban para ser ayudante de cocina “B” en la rotisería del supermercado. Mi sueldo era de $ 285 por mes.


Durante mis dos meses de trabajo en esa sección no tuve días franco, no tenía derecho a ir al baño y jamás, pero jamás, debía mover la boca dando la impresión de que estaba masticando algo. Mis manos debían estar siempre visibles; nada en mí debía dejar abierta la sospecha de que podría haber robado una papa o una zanahoria. No debía llevar reloj ni teléfono celular. El omnipresente sistema de cámaras era reforzado con espejos y con la continua advertencia de que había "cámaras ocultas" en rincones que no podíamos sospechar.

Un ayudante de cocina raso, como yo, sólo tenía una tarea: pelar las zanahorias y las papas, cortarlas y pasarlas a otro ayudante de cocina que las hervía para preparar la ensalada rusa. Había cerca de veinte ayudantes, todos en tareas básicas como la mía.

Cada uno de nosotros estaba relativamente aislado del resto. Yo hacía mi trabajo en una especie de cubículo con eterna luz de fluorescente, sobre una mesada de aluminio. Me llegaban las papas y las zanahorias por una cinta sinfín a la izquierda y luego las devolvía en fuentones, cortadas y peladas, por una mesa de goma a mi derecha. Unas manos enguantadas recogían los fuentones y -supongo- las ponía en agua para hervir. No tenía contacto con personas, excepto por un par de ventanas translúcidas que me dejaba ver la silueta de otros dos individuos, uno a cada lado de mi cubículo. No había relojes ni ventanas que dieran al exterior: Nunca sabíamos cuánto faltaba para irnos.

Una tarde de domingo me llamó uno de los infinitos encargados de la sección y me dijo: "deje su trabajo en cinco minutos y preséntese en la sala médica". Obedecí.

El médico fue directo al grano: a todos los empleados se les aplicaba un tratamiento semanal que, según él, se utilizaba en todo el mundo "para aumentar el rendimiento y la atención". Recalcó varias veces: "no deja secuelas". Un hombre vestido de blanco me condujo por un pasillo a una especie de camarote cerrado con una puerta reforzada.

Dentro del camarote, había un pequeño catre. Al lado del catre, un aparato y varios cables. No me hizo falta demasiado para saberlo: era una cámara de electroshock.
- El tratamiento dura apenas un segundo.- dijo el hombre de blanco- Vos te acostás, yo te ato, te doy un par de toques y salís. Seguís fresquito, haciendo tu trabajo. No pasa nada.

En ese momento no me negué. Aunque parezca increíble, sólo pensaba en volver a mi cubículo y cortar papas y zanahorias; quería continuar cuanto antes con mi actividad, así que accedí sin problemas.

El electroshock fue breve y terrible. Me dejó un pequeño temblequeo que duró unos minutos. Sin decir palabra me levanté y volví al trabajo. Estaba confundido, relajado y feliz. Como si hubiera estado nadando tranquilamente durante horas en el fondo de una fosa subterránea.

3

Después de dos meses de trabajo me cambiaron de sección. No más en la cocina; ahora trabajaría en el depósito de jabón en polvo. Los choques eléctricos se hicieron más intensos y frecuentes. Pero en ese mes se sumó una nueva "terapia": un día a la semana nos convocaban a todos los empleados nuevos; nos llevaban al salón, nos hacían quitar la ropa y nos obligaban a masturbar frente a nuestros compañeros. Aquellos de nosotros que se negaban eran conducidos individualmente hacia una de las tantas improvisadas oficinas. Allí nos esperaba un grupo de supervisores para “
hacernos entrar en razón” y “ayudar a desinhibirnos”. Las actividades para lograr estos propósitos consistían en: recitar poemas, cantar, bailar y contar chistes en público. Recuerdo que una de las supervisoras, ante mi evidente falta de talento para contar un chiste, me dijo: “flaco, no sé, te falta piripipí”. Nunca aprendí a contar chistes, pero sí pude desinhibirme. Llegué a masturbarme sin problemas frente a mis compañeros. Eso pareció suficiente para que no me despidieran.

Cuando mi padre, escandalizado por lo que yo le contaba, me obligó a renunciar, lo odié. Lo odié porque, por primera vez en mi vida, me sentía contenido, seguro y capacitado para hacer algo; para cumplir durante horas con una rutina impecable sin quejarme, sin descanso y con un sueldo. Pero lo que más me pesaba es que, si renunciaba, nunca más tendría la terapia de choques eléctricos. Sin embargo le hice caso.

Mi padre hizo una denuncia por las “terapias” recibidas. Meses después de esa denuncia –y gracias a una investigación que él hizo personalmente-, pudo sacar a la luz algunos datos interesantes:

- La empresa jamás despedía a sus empleados. No aplicaban sanciones; con variadas técnicas de sugestión e incluso con medicamentos, inducían a los empleados rebeldes a someterse a la labor asignada.

- Había una ley laboral que, de manera implícita, permitía los choques eléctricos en el trabajo. Técnicamente, eran parte de una terapia de motivación laboral, y se aplicaban en una salita médica. Además, se utilizaba un solo electrodo (TEC unilateral), lo que legalmente –de acuerdo con las leyes argentinas de ese momento- no es un electroshock, sino un estimulante.

- La masturbación colectiva no era punible; legalmente era considerada una "actividad de distensión"

- Las papas y zanahorias que yo había pelado iban a parar directamente a la basura. Jamás se hizo ensalada rusa con ellas.

- La respuesta a la pregunta “¿Cuándo se debe abrir una puerta?” era “cuando está cerrada”.

- Según un informe que mi padre pudo conseguir gracias a una labor de detective, yo estaba capacitado únicamente “para escuchar si las sandías o los melones están maduros” mediante un golpecito. A pesar del tono sentencioso del informe, se incluía una sorprendente frase textual de algún supervisor: “Para todo lo demás, le falta piripipí

miércoles 23 de enero de 2008

Todo por quinientos pesos (segunda parte)

[Esta historia sólo tiene sentido si se lee previamente la primera parte]


A las diez y media pensó en continuar con el trabajo, pero decidió que estaba demasiado cansado. Además tenía algo que le daba vueltas en la cabeza. La rata muerta de la noche anterior estaba todavía del lado de afuera de la ventana de la cocina, y seguramente estaría allí hasta que quedaran sólo los huesos. Pensaba en los billetes. ¿Por qué sólo billetes de dos pesos? Cinco de dos pesos, pero –pensaba Benítez- puede haber alguno de veinte, cincuenta o cien pesos. Aunque, si fuera realista, ni por descuido un peón podía dejar volar algunos billetes sin preocuparse por recuperarlos. Entonces, mientras iba hacia la cabaña, se dio cuenta de un hecho curioso: hacía más de un mes que nadie había estado allí. Sin embargo, los billetes no estaban especialmente sucios, ni cubiertos de polvo, ni con marcas de lluvia: quien los hubiera perdido, los había dejado escapar en los últimos días. El solo pensar en eso hizo que le recorriera un escalofrío: ya se acercaba la noche y una idea así parecía reforzar la hipótesis de que había alguien más en la casa. Sin embargo, pensado fríamente, era absurdo porque, de hecho, no había nadie más en la casa, “cosa que puedo comprobar durante el día, a menos que pensemos en fantasmas”. Se preparó un caldo y miró televisión. A las doce de la noche decidió que era tarde y terminó acostándose.

En la cama le daban vueltas algunos pensamientos. Los billetes habían sido arrojados recientemente, por lo tanto no había duda de que alguien había estado allí y se le volaron. ¿Martínez había estado hacía un tiempo? No, él estuvo atendiendo el negocio durante todo noviembre. Así tejiendo conjeturas y sin llegar a conclusiones serias se fue durmiendo y nada lo despertó hasta las nueve de la mañana.

El jueves, el cuarto día, nuevamente se presentó con sol y mucho calor. Ya no quedaba coca cola en la heladera y el cazalis no era una bebida para empinar sin medida en medio del trabajo. No había más remedio que renegar y apilar ladrillos cubierto de sudor. Para colmo las paredes comenzaban a adquirir altura, así que ahora era necesaria una escalera, subir unos escalones, poner la mezcla, ir a buscar los ladrillos de a uno o de a dos, correr la escalera y repetir la operación. Benítez sabía que si se quedaba todo el día, haciendo un trabajo dinámico y a conciencia, tal vez podría terminar para el día siguiente. Estuvo trabajando sin parar hasta las dos de la tarde. Sin embargo fue un descuido, quizás un momento de debilidad, cuando las moscas y el sudor lo acorralaban, en que, subido al último escalón de la pequeña escalera miró hacia el campo y creyó ver un papelito. Entusiasmado, como un niño que escucha el timbre del recreo, se bajó de la escalera apurado, se tropezó y tuvo que apoyarse en los ladrillos recién puestos para no caer. Apenas se raspó un brazo, pero la hilera de ladrillos que estuvo colocando durante las últimas dos horas quedó torcida. Sin embargo no se detuvo; corrió entusiasmado hacia el arbusto donde había visto el papelito: un billete de dos pesos. Pero eso no era todo, porque a pocos metros de allí había otro papel. Se acercó y descubrió otro billete de dos pesos. Y un poco más adentro, en el campo salvaje, otro más. Parecía un juego. Caminaba entre los arbustos y descubría un billete casi sin querer. Estuvo media hora y, sumando el dinero de los días anteriores, llegó a hacer veintiocho pesos.

Cuando volvió al muro y vio torcidos los ladrillos recién puestos, cuando recordó lo que iba a cobrar por ese trabajo y cuando pensó que tal vez no llegaría a terminarlo, pensó en dejar todo y ponerse a buscar billetes en el campo. En eso pensaba sin dejar de acomodar los ladrillos. Mientras apilaba –y mientras pasaban las horas del cuarto día, el penúltimo- se preguntaba cuántos billetes habría repartidos por todo el campo. Se preguntaba también de dónde podrían haber salido, tal vez un avión que los dejó caer. Siendo así, era posible que todo el campo estuviera cubierto de billetes de dos pesos. Era solo cuestión de buscarlos. ¿Llegarían a quinientos pesos? Si era así, ¿valía la pena seguir levantando las paredes? ¿Cuánto debía recorrer para encontrar quinientos, seiscientos o mil pesos? ¿En algún lugar no muy lejano habría mayor concentración de billetes que en otro? ¿Cómo habría influido el viento del día anterior en la distribución de los billetes? Estos interrogantes tuvo Benítez mientras levantaba las paredes y, una vez más, se convencía de que cinco días no era tiempo suficiente para un albañil mediocre.

A las diez de la noche se dio cuenta de que si no recogía los billetes cuanto antes, cuando llegaran los capataces no iba a poder hacerlo. Estaría rodeado de gente que también tendría ojos para ver un dineral, y él no iba a tener tiempo durante el día para excusarse y salir a explorar. Decidió armarse de una linterna y salir en la noche. Se preparó unos bocaditos de merluza que encontró en el freezer y apenas terminó salió al campo.

Sin embargo la oscuridad, aún atenuada por una linterna, era un factor determinante para buscar billetes. También existía la posibilidad de que no hubiera más (en realidad, había sido sólo una idea eso de que el campo estuviera sembrado de billetes de dos pesos). En definitiva, no supo si había hecho el mismo recorrido que a la tarde, no encontró más que un solo billete de dos pesos y volvió a la hora y media tan cansado que casi tuvo una crisis de nervios cuando se dio cuenta de que ya no llegaba a terminar la obra.

Al día siguiente se levantó a las siete con la sensación de que había estado cometiendo una falta grave. Tomó un café casi frío, se mojó la cara y salió decidido a que no le importara la temperatura ni las moscas pegajosas. Iba a ser un día caluroso y soleado, con algo de viento. Preparó la mezcla y siguió apilando ladrillos. Sabía que ya no llegaba a terminar los muros, pero si los capataces llegaban un poco más tarde de lo previsto, cuando llegaran verían algo que se podría terminar en cuestión de unas pocas horas. Había que contar con la buena suerte, con los pocos minutos que se perdían en distracciones y con la benevolencia de los capataces.

Pero la monotonía del trabajo le llevaba a distraerse pensando en otras cosas. No podía quitarse de la cabeza los billetes. A eso de las diez de la mañana, subido a la escalera, miró a lo lejos. Tal vez, como el día anterior, divisara un papel que brillase por la luz del sol. Pero esta vez no. No vio nada. Siguió poniendo ladrillos. Al mediodía se dio cuenta de que quizás, con un poco de esfuerzo, para las cuatro de la tarde ya estaría terminando. Sin embargo tuvo otra tentación más fuerte. Con algo de suerte, los capataces llegarían a las cinco o seis de la tarde. Calculó los tiempos y las posibilidades y decidió que, si no fallaba su suerte, podía sacar un par de horas de ventaja.

Se bajó de la escalera y fue hasta el lugar más alto de la llanura: la antena de dieciocho metros. Vio que era fuerte, que podía escalarse sin dificultad. Comenzó a subir, al principio seguro de estar pisando algo firme, luego vacilante por el temor a la altura. El calor del sol se hacía más insoportable a medida que avanzaba. Parecía absurdo, pero tenía la sensación de ya haber escalado cientos de metros, y sin embargo apenas había hecho un pequeño tranco. A unos diez metros de altura –aunque era difícil calcular a qué altura se encontraba- no era posible divisar nada. También podía ser que no hubiera más billetes, pero por alguna razón le parecía absurdo que sólo hubiera treinta pesos y él los hubiera encontrado a todos. Era más lógico pensar que podía haber más. Siguió escalando con una facilidad que a él mismo le asombró. Y no pudo dejar de sorprenderse cuando vio que apenas a tres o cuatro metros arriba de su cabeza estaba la punta de la antena. En ese momento se dio vuelta y tuvo un ligero mareo. Cuando se dio vuelta Benítez vio que detrás de la casa, justo hacia el lado que no había explorado, apenas donde comenzaba la cerca, había cientos y cientos de papelitos que danzaban con el viento. Y a lo lejos, más allá de la casa, los billetes se continuaban, formaban un colorido que podía confundirse con el de las flores. Todo esto podía verse a unos quince metros de altura. Más allá, una montaña, el cielo sudoroso y remilgadas nubes. Y si solo fuera eso. Porque además divisó, cuando observó hacia abajo, que la camioneta con los capataces se acercaba a gran velocidad y el sudor, el mareo, la repentina conciencia de que estaba demasiado alto lo habían inmovilizado. Estaba congelado por el vértigo. Apenas se atrevió a girar la cabeza, vio a Martínez y al resto bajarse del vehículo, moverse por la cabaña, llegar hasta la construcción, buscar a alguien, mirar hacia todos lados, seguir buscando, mirar hacia atrás de la cerca, encontrar un billete, dos, comunicarse el hallazgo, otro billete. Y mientras recogían el dinero, seguramente se preguntaban“dónde se habrá metido Benítez”. El único sonido que se escuchaba desde lo alto de la antena, además del soplo del viento norte, eran las maldiciones de Martínez quien frente a la construcción inconclusa se preguntaba cómo Benítez podía ser tan irresponsable.


viernes 11 de enero de 2008

Todo por quinientos pesos (primera parte)

Cuando Benítez se bajó de la camioneta aún no había comenzado la densidad bochornosa de una mañana de diciembre. Había un sol difuso, como si nubes sin forma ni textura filtraran la luz, y a lo lejos el inmenso campo parecía hecho de bruma. Bajó el bolso y antes de llegarse hasta la cabaña prefirió dar un vistazo al corralón, para asegurarse de que tenía todos los materiales. Meses de polvo volaron cuando abrió la puerta: era evidente que nadie había venido a trabajar desde hacía tiempo. “De todas maneras” pensó “parece que ahora quieren apurarse”. Miró sin detenimiento el galpón y salió. Pensó que aunque recién llegaba no estaba bien demorarse. A diez o quince metros se veía la inmensa antena, y no pudo evitar hacer una mueca ante el desafío que había aceptado. “Quinientos pesos por terminar de levantar una habitación de tres metros de alto al lado de la antena y a diez metros del molino de agua”, pensó, recordando las indicaciones de Martínez. No habría aceptado por ese dinero, si Martínez no le hubiera dado esperanzas de futuros trabajos mejor pagos. Además tenía la ventaja de estar solo en el campo disfrutando del verde y del arroyo, con una vivienda modesta con televisión y heladera, y alacenas probablemente llenas de comida. “Pero nada más por unos días”, pensó. Apenas en cinco días llegarían los capataces y para ese entonces ya debería haber terminado. Lo cual era una doble presión, porque a Benítez le gustaba tomarse su tiempo para trabajar. Ahora corría el riesgo de no terminar, de hacerlo mal y de que la noticia de sus malos trabajos se propagara y, en fin, todo por quinientos pesos.

Abrió la puerta de la vivienda y dejó el bolso sobre un sillón. La cabaña parecía cómoda y se veía que había sido usada hasta no mucho tiempo antes. Benítez comprobó que hubiera agua en el tanque, se duchó y luego de un almuerzo liviano se dispuso a trabajar.

Ahora sí el calor de la una de la tarde se hacía insoportable. En el campo las temperaturas son desesperantes: nunca hace calor o frío ordinarios; el campo parece tener una clase de frío y de calor que el habitante de la ciudad desconoce.

Con pereza, Benítez se dirigió a la antena para decidir por dónde había que empezar. Pensó que no estaba bien trabajar ya mismo, con ese calor y bajo el sol. Justo cuando empezaba a bostezar divisó un papel en el piso. No entendió qué le había llamado la atención en ese papel, pero al acercarse comprobó que era un billete. Un billete de dos pesos. Sin demasiada parsimonia, lo levantó y lo puso en su bolsillo. Cuando llegó a la antena y vio lo poco avanzada que estaba la obra comprobó que el trabajo, efectivamente, iba a demandarle cinco días o tal vez más. “Lo peor”, pensó “es que si siguen los días así, me voy a morir antes de empezar”.

Los ladrillos no estaban a mano, había que ir a buscarlos al corralón junto con el mezclador y los materiales. A Benítez no le hacía ninguna gracia cargar con todo eso. Estaba acostumbrado a tener aprendices y peones que le facilitaran las cosas. Pero ahora estaba solo y no le quedaba más remedio que cargar la camioneta y acercar los materiales. En marcha la camioneta, abrir la puerta del corralón, se traba, intentar nuevamente, abrir, sacar tal vez cien ladrillos –de a seis o siete-, sacar un mezclador, portland, cal, cucharas, una pala; detalle fundamental pero fácilmente olvidable: ¿cómo conseguir agua?. El estanque del molino está vacío. Buscar una manguera y perder minutos valiosos, conectarla a una canilla, que la canilla se trabe, que cuando se destrabe no salga agua, que cuando salga agua lo haga con poca presión. Y esos son los inconvenientes antes de empezar, porque cuando se empieza aparecen los otros. Las moscas, el sudor, las cucharas que se quiebran, los ladrillos mal alineados, la sed, ciertas partes del cuerpo comienzan a picar de manera insistente. A eso de las ocho, ocho y media de la tarde –Benítez no usaba reloj cuando trabajaba- el sol comenzó a caer y el clima se volvió más respirable. Benítez pensó en dejar por ese día –ya había hecho bastante, en realidad había trabajado más de lo que trabajaba diariamente en otras obras-, pero cuando vio lo poco que había avanzado se desesperó y continuó apilando ladrillos hasta que el cansancio y la oscuridad lo derrotaron. Entonces fue a la cabaña y sin bañarse ni cenar ni quitarse la bermuda se tiró en la cama y durmió hasta el mediodía siguiente. En algún momento durante esa noche soñó con el molino y con la antena, y en el estanque del molino se bañaban él y Martínez desnudos, porque era una playa nudista.

Se levantó maldiciendo por el calor y el dolor de cabeza. Descubrió que tenía hambre y lamentó no haber cenado la noche anterior. “martes de viento”, pensó. Afuera, hojas de lejanos eucaliptos y bolsas de nylon hacían remolinos con el viento norte. Mientras se preparaba un café visualizó qué era lo que tanto lo preocupaba: el trabajo no estaba avanzando a grandes pasos. No es que fuera especialmente difícil, pero Benítez comprobaba que no era tan buen albañil como había pensado. Sabía que otros eran capaces de levantar montañas en un día, de arrojar la mezcla con la cuchara con una delicadeza que podía calificar de artística. Sabía que otros no tenían dificultad para alinear los ladrillos. Sin embargo, a él le costaba mucho y en cuatro días más los capataces le iban a decir a él todo lo que él estaba pensando sobre sí mismo, y eso lo ponía de mal humor.

Terminó su café y de la heladera sacó algo de pollo que había quedado del mediodía anterior. Masticó un ala y salió. Era la una de una soleada tarde y el viento caluroso empeoraba las cosas. Nuevamente descargó ladrillos del corralón –hoy estaban más pesados- y se puso a dar más altura a los pequeños muritos que había comenzado ayer.

Tuvo la suerte de que a eso de las cinco el viento se convirtiera en una brisa fresca, como las de fines de marzo, y eso le dio fuerzas y también le cambió la autoestima. Ahora no tenía miedo de no terminar. “En realidad”, pensaba ahora, “si los capataces llegan y yo todavía no terminé, no pueden hacerme problema”. Era un pensamiento falaz (Martínez le había advertido, en cinco días los muros debían estar levantados) pero servía para darle ánimo. A las siete y media se detuvo un momento y fue a la cabaña a servirse un Cazalis y un poco de fiambre. Se sentía débil por no haber comido bien, pero el fresco lo ayudaba a seguir. Cuando volvió al incipiente muro descubrió que en un pequeño remolino volaba un billete de dos pesos. Lo levantó y siguió apilando ladrillos hasta las diez y media de la noche. Entonces sí, se quitó la bermuda, se duchó y sacó del freezer algo de carne que preparó con papas y ajo y perejil. Después de comer se durmió.

Cuando despertó en plena madrugada tuvo la certeza de que había alguien dentro de la cabaña. Sabía, o en el fondo intuía, que era absurdo pensar en un ladrón, a cientos de kilómetros del pueblo más cercano. También sabía que ciertos sueños inmediatos que no se pueden recordar otorgan la certeza de algunas presencias que no se pueden definir. Encendió el velador y buscó la cuarenta y cinco que había dejado en el bolso. Apenas tuvo el arma entre sus manos lo sobresaltó un ruido inconfundible: la puerta de la cocina que se golpea. Con un pánico repentino encendió una por una las luces y no vio a nadie. En realidad lo que le daba vueltas en la cabeza era un temor infantil a los fantasmas más que una presencia humana. Cuando estaba mirando el comedor, escuchó otro ruido en la cocina y vio algo que se movía. Disparó dos veces. Mientras disparaba se dio cuenta de que era una rata, que logró escaparse, herida, a través de la ventana de la cocina.

Eso había sido todo. La rata chilló durante unos instantes y cayó muerta bajo la ventana. Esto lo vio Benítez sin soltar ni un segundo el arma. Por alguna razón, la presencia de la rata como causa de los ruidos no le parecía una explicación suficiente. En verdad, temía a los fantasmas. Había algo en ese lugar que le inspiraba terror. Afuera el viento jugaba a silbar con la antena y las palas del molino que se agitaban repetían una queja. Benítez miró el reloj: apenas las dos de la mañana. Recién a las cinco amanecía. Mientras tanto estaría debatiéndose entre el temor y el cansancio. Finalmente, después de una hora el cansancio ganó la partida y el arma quedó en el piso, al lado de la cama.

A las doce y media del día se despertó nuevamente. Se levantó sobresaltado, como si llegara tarde a algún lugar, y sin desayunar descargó algunos ladrillos del corralón. “Por dios”, exclamó cuando vio lo poco que había hecho en esos dos días. “no llego ni a palos”. Lo embargó una desesperación que duró un segundo y enseguida se puso a trabajar. Pensó que, con disciplina –y si no tuviera la puta costumbre de levantarse al mediodía- podía terminar. Tal vez había que trabajar durante la noche, poniendo una lámpara. Estuvo hasta las siete y media apilando ladrillos, sin detenerse más que para tomar coca cola. Entonces decidió que ya no podía más de hambre y fue a la casa a prepararse unas hamburguesas.

Cuando iba para la cabaña divisó, a unos tres metros, un billete de dos pesos. Le pareció curioso, porque ya era el tercero que encontraba. Seguramente alguno de los peones los había perdido. Quién sabe, en una de esas, había un billete de cien. Se desvió unos pasos de la cabaña y entre algunos arbustos demasiado altos encontró otro billete de dos pesos. Era cómico, pero, si tuviera tiempo, se dedicaría a buscar los billetes. Ahora era urgente comer y seguir trabajando. Miró un poco más alrededor y, sorpresa, encontró otro billete de dos pesos. Sin embargo buscó un poco más, sin mucho detenimiento, y ya no encontró nada. En tres días había encontrado diez pesos, y eso era mucho, teniendo en cuenta que nunca en su vida había encontrado un centavo.

Cuando terminó de comer las hamburguesas ya era las ocho de la tarde y el cielo se había despejado lo suficiente como para dar color a un atardecer bucólico. Diez y media de la noche se sintió satisfecho de que ya había hecho lo que consideraba la mitad del trabajo. Los dos días restantes los dedicaría a la otra mitad. No se tenía toda la confianza que necesitaba para terminar la obra, pero no le quedaba más remedio.

(Esta historia continúa)

sábado 29 de diciembre de 2007

Cuidado que va a explotar

Durante poco más de dieciséis años, casi todos mis sábados –y algunos viernes- estuvieron destinados al oficio de disc jockey. Esta rutina laboral nació en junio de mil novecientos noventa y uno; tuvo una interrupción desde fines del noventa y dos hasta mediados del noventa y cuatro, y no se ha detenido hasta hoy. Sin embargo, tengo la sospecha de que la música se detendrá, de manera definitiva, durante el año que se avecina.

Cuando un adolescente se inicia en su carrera de disc jockey, sólo tiene tres cosas: entusiasmo, incertidumbre y un equipo de música pequeño, feo y armado con objetos prestados de dudosa calidad. Yo comencé con el radiograbador de mi padre, un barral de madera con latas de aceite pintadas y lamparitas de colores. Grababa cassettes de la radio y, cada vez que juntaba un peso, compraba un disco o ahorraba para acercarme un poco más al sueño de un equipo profesional. Todavía no existían las computadoras; apenas, tímidamente, se estaban avecinando los compact discs. La música de moda era un bien escaso al que sólo se accedía a través de la radio. Recuerdo haberme quedado noches enteras, atento al dial, con el cassette listo para grabar algún escurridizo tema del momento: Education, de OK, Toy Soldiers, de Martika; Vision of Love, de Mariah Carey. Aunque pasaban esos temas durante el día, el locutor los pisaba con comentarios. Pero a la madrugada, la cosa se volvía más tranquila y uno podía grabarse un tema enterito, sin la intervención inoportuna de voces foráneas. Mis amigos y compañeros de escuela también grababan sus temas, pero no ponían tanto empeño como yo. Mi trabajo era obsesivo; siempre pretendí que la calidad de la grabación debía ser lo más perfecta posible.

Por alguna razón, las parejas que se iban a casar y las chicas que cumplían quince tenían interés en que yo –un amateur obsesivo al mando de un radiograbador- les pusiera música en sus fiestas. De alguna forma, me fui haciendo tempranamente conocido en ese rubro y, con los pesitos que me iba ganando, pude ir haciendo notables mutaciones en ese patético equipo primigenio.

Al poco tiempo, y con la ayuda de mi viejo, pude incorporar las bandejas para pasar discos y un par de hermosos bafles. Luego incorporé una etapa de potencia para los bafles, una mezcladora y un secuenciador para las luces. Sin embargo, todo lo que me podía comprar era de baja calidad y corría el riesgo de que, en medio de una fiesta, el equipo se paralizara por algún motivo desconocido y hubiera que suspender la música. En particular, la etapa de potencia –el alma del equipo, que sirve para amplificar el sonido – se calentaba mucho con el uso y un técnico electrónico me profetizó que, algún día, iba a hacer cortocircuito e incluso incendiarse o explotar violentamente, en medio de una reunión. Esa inquietante predicción hizo que me volviera aun más neurótico: había que vigilar a la etapa de potencia como a un subversivo; ponerle un ventilador para que no subiera mucho la temperatura, apagarla cada tanto; abrirle la tapa superior; mirarla de vez en cuando por si algún componente interno se incendiaba; prestar atención a los olores, porque a veces se quema una resistencia o un capacitor y larga olor a goma quemada antes de arder por completo. Mi imaginación y mi ansiedad siempre se adelantaron a los peores acontecimientos: ¿qué pasaría si, porque sí, sin motivo alguno, explotara de repente? ¿Qué pasaría si eso ocurre, justo, justo, en el momento crucial de la fiesta: cuando entran los novios, cuando bailan el vals…?

Ahora, que han pasado muchos años y que mis equipos distan mucho de ser esas potenciales bombas incendiarias, todavía arrastro ese temor reptilesco, esa absurda (quizás no tanto) sospecha de que todo va a explotar.

Sin embargo, como suele ocurrir cuando se teme, una noche ocurrió casi todo lo que temí.

Fue el diecisiete de septiembre de mil novecientos noventa y cuatro, en un cumpleaños de quince.

Esa noche tuve una fiesta en el salón de la Asociación de Empleados de Comercio. Lugar famoso porque la encargada del salón, una vieja nerviosa, irritable y gritona, maltrataba gratuitamente a los invitados, a los mozos, a los fotógrafos y –sus predilectos- a los disc jockeys.

Para entrar al salón hubo que hacer un suplicio: por alguna razón, la vieja gritona no quería abrir la puerta principal, así que tuve que arrastrar los equipos dando un largo rodeo por un pasillo miserable al costado. Después de eso, traté de instalarme sobre el escenario, pero la vieja –siempre a los gritos- me echó de allí y me sugirió que fuera “a cualquier lugar, menos al escenario, porque después me lo dejan lleno de cinta aisladora, pedacitos de cable y colillas de cigarrillo, y después la pelotuda que lo tiene que limpiar soy yo”. Me decidí por un rincón cercano al escenario.

Armé el sonido, las pocas luces y, para mi sorpresa, descubrí que la etapa de potencia no funcionaba. Encendía, claro, como siempre. Pero no salía el sonido. Estaba muda, muerta, silenciosa. Ya era las ocho de la noche y, en una hora y media, vendrían los invitados. Conviene remarcar la situación: en medio de un inminente compromiso con casi doscientos invitados, con la absoluta dependencia de un aparato que no funciona y sin tener a quién recurrir.

Lo primero que hice fue desesperarme. Lo segundo, fue abrir la etapa de potencia y mirarla. Mirarla sin saber qué hacer: nunca supe de electrónica. Mirarla con la absurda esperanza de que, quizás, pudiera adivinar qué era lo que andaba mal. Con la aun más desquiciada ilusión de reparar lo que andaba mal.

Nada. La etapa era la misma de siempre. No tenía olor; ni siquiera se calentaba. El único problema era su silencio inapelable.

La desesperación llevó a olvidarme del resto del universo. Desenchufé el aparato; lo acerqué a la luz. Lo miré más de cerca. Toqué, moví, saqué, volví a poner. Enchufé para probar una vez más. Finalmente, le puse la tapa y la sacudí entre mis brazos con fuerza, como un termómetro o una lata de pintura en aerosol. La agité forzando los límites de mi ilusión: si acaso algo se había movido, con las sacudidas quizás se acomodara. Después de haberle hecho pasar unos desatinados espasmos, la dejé allí, en silencio, sola, debajo de la mesa y me fui a cambiar. Cuando regresé, sólo apreté el botón de “on” y arrancó a la perfección.

Esa noche tuve un ejemplo de alguna increíble hipótesis sobre las leyes del caos. No tuve tiempo de elaborar nada: casi simultáneamente, llegaron los invitados.

La fiesta fue caótica: si bien el amplificador anduvo a la perfección, los bafles se rompieron. Dos de ellos literalmente explotaron. La explosión fue pequeña y sólo yo pude darme cuenta de ello. Y la quinceañera se enganchó el vestido en el ventilador que enfriaba la etapa de potencia. Y el ventilador daba corriente. Y el padre de la quinceañera me dijo a los gritos y sin presentarse: “bajá el volumen o te tiro los equipos por la cabeza”. Y a las cuatro en punto de la mañana, la vieja histérica que regenteaba el salón cortó la luz para que nos fuéramos a nuestras casas. Y después de eso, sólo después de todo eso, sentí un inconfundible olor a goma quemada. La etapa de potencia había muerto en el momento más oportuno, como un soldado que resiste hasta que su capitán cumple con una misión imposible y sólo después se da el lujo del descanso eterno.

martes 18 de diciembre de 2007

Hoy comienza la aventura (Apéndice)

[Si no se leyó "Hoy Comienza la Aventura", "Hoy comienza la aventura, segunda parte" y "Hoy comienza la aventura, parte final", difícilmente se entiendan las referencias y los enlaces de este post]

El capítulo final- final de "Hoy Comienza la Aventura" está publicado en mi blog fantasma, "Monstruos y Berenjenas Bis"

El hecho de que no lo publique aquí se debe a dos factores:

a) Después de mucho meditarlo, decidí que el "auténtico" final es el que aparece en este blog bajo el título "Hoy comienza la aventura (parte final)"

b) Precisamente, como el final estaba allí donde creo que estaba, la cuarta parte de la historia me parece mucho más lavada, inverosímil y falta de contenido.

c) En el blog fantasma publico aquellas cosas que me da un poco de vergüenza publicar aquí. El texto al que hago referencia, sobra. Está de más. Aquí no tenía lugar.

Excusas, excusas. Lapidarios lectores: espero que, quienes se atrevan a cruzar el débil portal de este link, estén de acuerdo conmigo en los tres puntos antedichos.

jueves 6 de diciembre de 2007

Rumplestilskin

Estimados y sufridos lectores de este blog:
Si durante este tiempo no he publicado la reclamada cuarta parte de "Hoy Comienza la Aventura", es porque, desde hace una semana, literalmente
olvidé cómo se dormía. Con todas las consecuencias que ello acarrea.

["Olvidé cómo se dormía": entiéndase: me acostaba con un cansancio asesino, pero no lograba dar con el proceso para dormirme, el cual está constituido -entre otras cosas- por el abandono de todo proceso consciente.]

Quienes deseen repasar los detalles escabrosos de una noche de insomnio, les recomiendo releer este texto que, como en un deja vú, les recordará lo que significa ya no dormir. Nunca más.

Desde anoche, y no sé por cuánto tiempo, estoy curado. Gracias a las melatoninas y las zopiclonas.

Les agradezco a los que pasaron por aquí. Pronto contaré otras historias menos banales que esta pequeña tragedia nocturna.

jueves 22 de noviembre de 2007

Hoy comienza la aventura (parte final)

[Este texto sólo puede entenderse bien, si previamente se leen la parte uno y la parte dos]

La jaula estaba cubierta con una tela negra y lo que había en su interior era un misterio para Zingla y para mí. No para el natural instinto felino de Tiziano.

- Sacame el bicho de áhi - gritoneó el hombre, moviendo las manos cómicamente, con la intención no muy determinada de espantar al gato. Tiziano le clavó una miradade odio indiferente y no se corrió del frente de la jaula.

El hombre no se había presentado aun.

- Unas empanadas no me vendrían mal. -dijo, mostrando una sorprendente impertinencia - De jamón y queso, y de humita. No sé dónde las vas a pedir, pero si hubiera de palmitos, yo quiero de palmitos.

- ¿Cuál es su nombre, caballero? - Interrumpió Zingla. - ¿A qué vino? ¿Qué hay dentro de esa jaula?

El hombre se sentó junto a Zingla y se sirvió vino.

- Paciencia, Zingla. Todo a su tiempo.

Me sorprendió que este desfachatado supiera el nombre de Zingla. Por un lado, si realmente el sujeto venía a traernos una información reveladora, no debía extrañarme que ya conociera mucho acerca de nosotros. Por otro lado, todo parecía una obra de teatro montada entre Zingla y él, con algún propósito que todavía no podía adivinar.

- Mi nombre es Carlos Bellabarba. - tomó un trago y luego se pasó una mano por la barba, secándose precariamente las gotas de vino que le habían resbalado por el labio- ¿Verdad que es bella?

Pedí las empanadas (cuatro de palmitos, dos de humita, seis de carne, seis de jamón y queso) y cenamos. Durante la cena, Bellabarba sólo se dedicó a comer como un desaforado, a tomar vino casi sin control y a hacer comentarios irrelevantes y fastidiosos. Su forma de sorber el vino haciendo ruido y babéandoselo, dejando surcos rojizos en la barba gris, me daba una enorme repugnancia. Zingla lo estudiaba, mirándolo en silencio y asintiendo parcamente ante las continuas estupideces. Tenía un horrible discurso fascista, al que parecía querer atenuar con expresiones jocosas. En un momento comenzó a hacer una comparación (para él divertida e ingeniosa) entre los “negros de mierda” y los “negros de color”. Por suerte, Zingla se encargó de apurarlo con cierta impaciencia.

- Bueno, Don Bellabarba, ¿no le parece que tiene algo para decirnos?

Bellabarba lo miró divertido y desconcertado. Parecía que no entraba en su cálculo eso de que lo interrumpieran.

- Le estoy diciendo, caballero, que un blanco puede ser un negro de mierda. ¿Usted me oye o no me oye?

Me estaba dando miedo eso de que una revelación importante dependiera de una persona tan chabacana y volátil.

- Le oigo, Bellabarba. Ahora quiero que ya no hable más sobre esto, y que nos cuente a qué ha venido. -insistió Zingla.

- Hombre impaciente. Bueno. ¿Están preparados para conocer la verdad?

Tuve que suspirar con fastidio. Me seguía doliendo la cabeza y más que nunca quería acostarme. Ya era medianoche.

- Como era de esperar, yo publiqué esos extraños avisos en el diario. Los avisos no predicen el futuro, lo dictan.

- Misterio resuelto - dije, con algo de sarcasmo- ¿Puedo ir a dormir?

- ¿Cómo es que dictan el futuro? - preguntó Zingla.

Bellabarba se quedó pensativo, como si lo hubiesen puesto en un repentino aprieto. Pensó un par de minutos, hizo gestos y balbuceos al estilo “ya encontré las palabras justas”, pero sólo emitió sonidos inarticulados seguidos de “no, no es así”.

- Mejor preparo café. -dije.

- Las frases dictan el futuro. -soltó, finalmente- Es decir, le dicen al futuro lo que tiene que hacer. ¿Me explico?

- Se explica, caballero -acotó Zingla- Lo que no se explica es cómo hace para dictar el futuro.

- Vamos por partes - dijo Bellabarba. Luego hizo un largo silencio interrumpido por balbuceos. - ¿Oyeron hablar del Golem?

- ¿El Golem? ¿El hombre de barro?

- El hombre de barro, sí, sí señor. -Bellabarba adoptó una actitud de profesor importante y preguntó- ¿Qué tiene de especial ese hombre de barro? ¿Por qué se vuelve hombre?

Zingla pensó un momento.

- Se le otorga vida.

- ¿Y cómo se le otorga? - Bellabarba preguntaba con suficiencia y altanería.

- Mediante la palabra. - dije, desde la cocina.

- Bueno, aquí está lo que tengo para decirle. Mux, venga acá, deje el café, carajo. Venga. Mire: usted es un golem.

- Qué bien - contesté mientras preparaba las tazas.

- Usted es un ser de naturaleza golémica. Si no fuera por las frases que publiqué, año tras año, describiendo cómo iba a ser su vida, usted no habría existido.

Reconozco que esa afirmación -de una profundidad inusitada, teniendo en cuenta que la estaba profiriendo un hombre de personalidad ramplona y pedestre- me hizo temblar el pulso.

- Señor Mú - úx - gritó Bellabarba, canturreando jocosamente y ahuecando la voz con las manos- Venga para acá - á. Gó - lem, venga para acá - á.

Lo odié. Llevé las tres tazas a la mesa con la indecisa determinación de arrojárselas a la cara.

- Escúcheme, caballero. -inquirió Zingla- Lo que dice es confuso e increíble. ¿Podría aventurar alguna justificación mejor? ¿Cómo es que usted tiene acceso a palabras que dictan el futuro? ¿Por qué las publica año tras año? ¿Qué es exactamente lo que le lleva a hacer esto?

Bellabarba se empinó el café de un trago. Un poco de la espesa borra le quedó patinando por la barba, sin que se molestara en limpiarse.

- Toda mi vida estudié las muchas maneras que se practicaron en la historia de la humanidad para fabricar a un hombre. Puse en práctica todas ellas. Pero la única que funcionó fue esta: publicar anualmente una serie de frases cuya concatenación tiene un sentido. Esas frases deben hablar sobre el accionar de un sujeto en el mundo. Se supone que las frases abren y cierran el curso de acción de alguna persona. Justamente, se trata de una persona que nacerá el día en que se publica la primera frase. Todas las decisiones que tome en su vida, están marcadas por esas frases.

- A ver - dijo Zingla, negando con la cabeza - Usted quiere decir que el señor Mux no habría existido, de no ser por esas frasecitas del diario.

- No, lo que yo digo -contestó con prepotencia- es que Jorge Mux habría tomado otras decisiones en su vida, de no ser por lo que le dicté año tras año en la publicación del diario. No es exactamente lo que se entiende por un gólem, pero es lo más parecido.

- Los gólems no tienen espíritu, suelen ser bastante idiotas y no pueden hablar -acoté

- ¡Igualito a usted! -dijo Bellabarba riendo y ganándose definitivamente mi rencor. - No se ponga así, hombre. Es un chiste.

- Bueno. A ver - insistía Zingla. - Pongamos algunas cosas en claro. ¿Usted puede publicar cualquier cosa, con la condición de que sea un poema con sentido, y esa publicación sea anual?

- Claro que no. ¿Para qué traje la jaula?

- Claaaro, la jaula - dije, con sarcasmo.

- Las palabras no las digo yo. Las dice un loro.

Bellabarba sacó la tela negra que cubría la jaula y nos enseñó a su mascota. Un enorme y hermoso loro verdiamarillo.

- Los loros, como usted sabe, aprenden el lenguaje humano. Repiten lo que oyen. Pero, de vez en cuando, hay ciertos loros que pueden construir frases con sentido que jamás habían escuchado. No todos pueden hacer esto. Incluso hay que estar muy atento: cuando lo hacen, cambian de voz. Una voz gutural, gruesa, de ultratumba. Como si no fueran ellos los que hablan. Este lorito, Mux, dictó su vida punto por punto. Dice varias frases por año. Yo me encargué de seleccionarlas y publicar sólo la frase que, según creo, es golémica.

No pude evitar reírme ante tantos absurdos.

- Ríase nomás, que le va a venir bien. Desde siempre los loros fueron considerados seres que tienen contacto con el más allá. Algunos loros dicen frases de personas muertas a quienes jamás han escuchado. Otros resuelven complicados cálculos matemáticos y ayudan a científicos a elaborar hipótesis empíricas de una complejidad inhumana. Otros, como este, dictaminan las acciones humanas.

Dejé de reír y mi dolor de cabeza aumentó.

- Y se supone que este loro es mi más rara riqueza.

- Claro - dijo Bellabarba- se lo vengo a regalar. Honestamente ya no lo soporto. Se lo habría traído hace muchos años, pero preferí esperar a que él mismo me lo dijera. Por otra parte, este loro siempre fue suyo. Este loro es usted. Es su vida.

- Hay algo que no me cierra - dijo Zingla. ¿Cuánto tiempo vive un loro? ¿Durante cuántos años viene diciendo las frases del poema?

- Eso es lo que pocos saben. Los loros pueden vivir sesenta o setenta años. Lo mismo que un hombre. Este loro tiene, exactamente, treinta y cuatro años. Es de esperar, señor Mux, que si usted no cuida a su loro, y su loro muere, usted muera con él.

- Hombre, su relato es increíble pero tiene cierta consistencia. - agregó Zingla- Y digo “cierta”, porque algunas partes del poema no se explican mediante las supuestas predicciones de este lorito. Fíjese algunos de los últimos versos:

31 Un gato blanco en el techo
33 El sesentón entrecano.

Esos versos no hablan sobre Jorge Mux. Hablan, respectivamente, del gato de Jorge Mux y de mí.

- Usted no entendió nada - arremetió Bellabarba- el loro no sólo determina las decisiones de Jorge Mux. También determina las cosas que rodean a Jorge Mux. Si Jorge Mux pudiera dominar el universo, las palabras del loro podrían referirse a cualquier acontecimiento del universo.

- Entiendo. - dije. - ¿Me puedo acostar a dormir? ¿Se acabaron los misterios?

- No tan rápido - dijo Bellabarba. - La parte más delicada viene ahora.

Ya estaba bastante inmunizado de revelaciones, así que me resigné y me dispuse a escuchar.

- Ahora tengo que enseñarle a alimentar y cuidar a su loro. Debe aprender la manera de interpretar sus frases golémicas. Las frases que dictan su futuro. Debe publicar esas frases cada día de su cumpleaños. Y debe tener cuidado de escoger bien las frases. Ahora -entiéndalo- su vida no depende ni del trabajo, ni del estudio, ni de las miserables preocupaciones que lo atosigaron hasta el día de hoy. Su vida pende de este loro.

Zingla miraba pensativo.

- Claro, a menos que el loro dicte que usted, Jorge Mux, morirá el año que viene. O a menos que el loro quede mudo por alguna afección en las cuerdas vocales.

Bellabarba abrió la jaula. El loro salió haciendo un torpe vuelo y se posó sobre el televisor, al tiempo en que mi gato Tiziano se enloquecía y lo perseguía con furia, poniendo en riesgo mi precaria existencia de barro.

- Qué cruel destino el de los gólems. -dijo Bellabarba- Unas palabritas humillantes y un par de animalejos deciden su futuro.

Mientras se reía, pensé en matarlo. No me atreví. Quizás, porque el loro no me lo había dictado aun.

Justo en el instante de la carcajada más sonora, el loro habló con voz gutural e imponente.

[Esta historia, en realidad, debería poseer una cuarta parte, pero prefiero no abusar de la paciencia de los pocos lectores de Monstruos y Berenjenas]


jueves 15 de noviembre de 2007

Hoy comienza la aventura (Segunda parte)

[Esta historia es totalmente ininteligible si no se lee antes la primera parte]

- Cuando usted cumplió ocho años, esperé encontrar la continuación de este poema en los avisos clasificados. Pero, esta vez, el aviso estaba en la sección “noticias nacionales”. Desde ese año ya no fue tan fácil rastrear la frase.
Miré la página – amarillenta- del diario del día de mi octavo cumpleaños, en 1982. Al lado de una despintada foto de Galtieri, había un recuadro pequeño en cuyo interior decía, con letras casi imperceptibles: “es la mancha, la escondida” Recordé inmediatamente el juego de la mancha escondida, que viví con furor justo, justo en ese año.
- Y mire esto. En el noveno año de su cumpleaños (1983), ya me fue casi imposible de rastrear. Me hubiera dado por vencido, si no fuese porque, cuando usted cumplió diez años, apareció -al costado de un aviso de inmobiliarias- una frase que rimaba con la que no supe encontrar. A los diez años (1984), la frase fue esta. Mire:

Sentirás una derrota.

¿Ve? Rima con esto que está aquí, debajo del borrón. Dice La bolita, la pelota. ¿Usted acaso no jugaba a la bolita? ¿Y su madre no empezó a estar mal a partir de los diez años? ¿Y sus padres no se separaron a los once? Mire esto.

Debajo del título de una edición del 31 de enero de 1985, apareció la incongruente frase “Un vacío solitario”.

Tomé un sorbo grande de vino, sin creer demasiado en la interpretación del hombre. Zingla parecía enardecido. Me mostraba las frases que –según él- había ido encontrando en lugares recónditos de las sucesivas ediciones del diario local, los días de mi cumpleaños. Su habilidad para armar un poema congruente me asombraba. Cuando llegamos a la edición del 31 de enero de 2007, Zingla encontró la última frase, escrita –nunca entenderé por qué- de costado, pequeña, dentro de un gran aviso de remates automotrices. El poema de mi vida, hasta el día de hoy, según la sutilísima búsqueda de ese hombre, es el siguiente:

0 Hoy comienza la aventura
1 De una vida por delante
2 De aquel noble y tierno infante
3 Cuyo alma caminante
4 Nuevas palabras augura.
5 Una oscura berenjena
6 Tierno monstruo en la penumbra
7 Es la mancha,la escondida,
8 La bolita, la pelota
9 Sentirás una derrota
10 Un vacío solitario
11 En los juegos luminosos
12 Adicción, insomnio y gozo.
13 Hoy te inicias en las letras
14 Hoy escribes para otros
15 Una historia en un papel
16 Con la risa de un amigo
17 Es la música y la fiesta
18 El trabajo en largas noches
19 Donde hay filosofía
20 Mucho estudio y dos amores
21 Un adiós, una sequía
22 El insomnio rencoroso
23 De otro juego luminoso
24 De comandos y conquistas
25 Es el aula, es el pupitre
26 Tu palabra, tu destreza.
27 Son treinta años, y tres
28 Los de la más rara riqueza
29 Quién tuviera la entereza
30 De haber seguido este adagio
31 Un gato blanco en el techo
32 La calle Undiano, el pasillo
33 El sesentón entrecano.

En esas citas puedo encontrar algunos acontecimientos de mi vida: mi adicción a los videojuegos, descubierta a los once años. Mi febril actividad de literato amateur, a los trece. Mis eternos insomnios. Mi carrera como profesor de filosofía, mi trabajo de disc jockey, las mujeres que he querido (y me han abandonado), el amigo fiel. Otro arranque adictivo de videojuegos a los veintitrés años, con un juego llamado "Command and Conquers". Mi trabajo como docente a partir de los veinticinco. Todos estos acontecimientos parecían bastante precisos. Pero algunos versos del poema, sin embargo, podrían ir dirigidos a cualquier persona. Y los últimos, "Un gato blanco en el techo/la calle Undiano, el pasillo", definitivamente eran tan certeros que se volvían sospechosos.

- Fíjese, señor Mux, que el poema es sumamente atemporal al principio, bastante general en el medio y muy preciso y autorreferencial en los últimos versos. Como si las vagas frases de los versos anteriores finalmente convergieran hasta llegar a su encuentro conmigo, el sesentón entrecano.

Lo miré, indeciso y dubitativo. No sabía si, en verdad, esas frases hablaban exactamente sobre mi vida, o si yo me estaba dejando sugestionar por el entusiasmo de este hombre.

- Usted pensará que estoy loco por haber seguido esta pista durante tantos años. Yo también lo pensé. Pero, mientras la seguía, me iba preguntando: ¿a quién irá dirigido este extraño e intrincado poema? Durante largo tiempo estuve siguiendo la pista de muchos niños nacidos el mismo día que usted. Pero cada año, yo tenía una pista más precisa que me iba cerrando el círculo. A los quince años, ya no tenía dudas de que el poema se refería sólo a Jorge Mux.

Hizo una pausa para servirse más vino.
- Pero no estoy loco, señor Jorge Mux. Es obvio que alguien está más loco que yo. Alguien que deja este tenue camino de migas de pan para comunicarle una cosa importante. Fíjese lo que dice el poema:

(27) Son treinta años y tres
(28) Los de la más rara riqueza


¿Lo entiende? Usted tiene ahora treinta y tres años. Usted tendrá “la más rara riqueza”. No sé exactamente en qué consiste, y me inquieta un poco el adjetivo ("rara"). Pero en el poema está escrito que yo vendría a anunciarle todo esto. En los últimos versos de ese poema, está dibujado el cuadro de la exacta situación que se está dando en este momento, entre usted, su gato blanco en el cielo raso y yo.

Nos quedamos en silencio unos minutos. Yo tenía mucho para preguntar, pero no sabía exactamente qué ni cómo hacerlo.

- Cálmese. Tengo hipótesis muy precisas sobre todo esto. Pero presiento que la respuesta se nos revelará aquí y ahora.

Ya era cerca de las once de la noche; todavía no había cenado y el vino me mareaba. Cuando abrí la boca para invitar a Zingla a cenar y escuchar sus hipótesis, alguien tocó timbre.

Abrí la puerta. Había un hombre, mayor que Zingla (tendría unos setenta años) , que me dijo, con una sonrisa cómplice y sin saludarme:

- Llega la más rara riqueza.

El hombre llevaba una jaula en su mano izquierda. Durante la enunciación de la frase, levantó mucho la jaula, como mostrándome que eso era la riqueza.

Hice un gesto de fastidio y suspiré con resignación. La noche iba a ser un desfile de ancianos místicos enloquecidos, de crípticos y tortuosos poemas, y revelaciones metafísicas. Yo sólo tenía hambre, cansancio y dolor de cabeza.

- Pase - le dije, sin preguntar nombres ni motivaciones - Hay vino y creo que estamos a tiempo de pedir unas empanadas. Las milanesas que tengo no alcanzan para tres.

En ese momento, mi gato blanco Tiziano se bajó del techo y vino corriendo a través del pasillo, repitiendo un ritual cotidiano, pero que esta vez cobró un sentido especial a la luz de las últimas líneas del poema. Tiziano, al ver la jaula del hombre, se puso al acecho y en posición de cazador.

[Esta historia continúa]

jueves 8 de noviembre de 2007

Hoy comienza la aventura (Primera parte)

Hay un hombre que, desde el día que nací (el treinta y uno de enero de mil novecientos setenta y cuatro) hasta hoy, estuvo siguiendo mis pasos sin saber a quién seguía y rastreando cada uno de mis movimientos sin conocerme.

Un hombre que encontró un enigma sumamente sutil e imposible, y gracias a la finísima trama de hipótesis que tejió con paciencia, durante treinta y tres años, llegó anoche a mi domicilio.

Ese hombre -de barba, unos sesenta años- tocó timbre ayer a las nueve y media de la noche y yo lo atendí con cierto fastidio, porque estaba cansado y no quería visitas. Mucho menos de desconocidos y a la hora de la cena.

- Jorge Mux – dijo.

- Sí, qué quiere – contesté con impertinencia. El hombre murmuró algo, sin responder.

- Me llamo Ricardo Zingla. – balbuceó, finalmente- Desde hace tiempo quería conversar con usted, pero aun no era el momento. Tengo algo importante para decirle.

Por lo general, un preludio como ese me inquieta o suscita mi curiosidad. Pero el tono misterioso de este hombre –y mi cansancio- lo único que lograron fue exacerbar mi desconfianza. Además, tenía la impresión de que, si mostraba algo de interés, el viejo me iba a tener un buen rato contándome estupideces. Por eso resolví preguntarle:

- ¿Me lo puede resumir?

- Primero, necesito que me crea. ¿Puedo pasar?

Me pareció un pedido tan inoportuno que reaccioné enseguida con un “no” enérgico. El hombre, ante eso, abrió un bolso y sacó la página doblada de un diario viejo.

- Mire esto y después me cuenta.

En la hoja no había nada interesante. Un papelucho amarillento, de la sección Avisos Clasificados del diario “La Nueva Provincia”, de hace muchos años. Leí algunos de los avisos sin encontrar algo extraño y temiendo que este desconocido aprovechara mi distracción y la puerta abierta para meterse en casa.

- ¿No se da cuenta, señor Jorge Mux?

Seguí mirando y tuve que reconocerlo. El papel no me decía nada.

- El recorte pertenece al día en que usted nació. Fíjese la fecha.

Era cierto. Treinta y uno de enero de mil novecientos setenta y cuatro. Me asombró que el hombre supiera mi fecha de nacimiento y que, además, conservara una hoja del diario de ese día.

- Eso no es todo, claro. Mire este aviso.

Señaló uno del rubro “mensajes personales”. Allí alguien había dejado estas palabras:

Hoy comienza la aventura.

- Sorprendente, ¿no?

No entendía. “Hoy comienza la aventura”, repetí para mí.

- Se refiere a su nacimiento, señor Jorge Mux. La aventura de su nacimiento. La aventura que sigue hasta el día de hoy y cuyo secreto está a punto de develar. Perdón, estamos a punto de develar.

El aviso no tenía firma y no parecía dirigido a nadie. El tono sentencioso y casi apocalíptico del hombre me inquietó un poco.

- No entiende nada, ¿Verdad? ¿Por qué no me deja pasar así le explico? Es sólo un par de minutos. Se lo aseguro. – insistió- A menos que quiera saber más. Pero no le llevará nada. En serio.

Me convenció con lo de “un par de minutos”. Lo dejé pasar y le convidé vino. Aceptó.

- Déjeme mostrarle algo sobre una mesa. ¿Puedo vaciar el bolso sobre la mesa, señor Jorge Mux?

- Claro.

Del bolso sacó muchas amarillentas hojas de diario.

- Mire.

Otra hoja de avisos clasificados. En el rubro “Mensajes personales”, decía:

De una vida por delante.

- ¿Lo ve? Y ahora mire la fecha…

El diario era del treinta y uno de enero de mil novecientos setenta y cinco. Es decir, cuando yo cumplía un año.

- ¿Entiende lo que le quiero mostrar? ¿Usted se da cuenta?

Algo alcanzaba a entrever. Pero preferí que Zingla me lo dijera claramente.

- Alguien estuvo publicando un mensaje breve, críptico, en el diario local, todas las fechas de su cumpleaños, señor Jorge Mux. ¿Hace falta que le diga que en ese pequeño mensaje anual alguien está escribiendo, de manera anticipada, la historia de su vida?

Miré todavía sin creer. ¿Por qué Zingla suponía que se refería a mi vida? ¿Por qué no pudiera ser una publicación al azar? ¿Cómo sabía él que esa frasecita críptica era publicada solamente el día de mi cumpleaños?

- Señor Jorge Mux, yo hice una investigación. No crea que caí aquí, hoy, de casualidad. Que yo esté acá, señor Mux, para revelarle todo, es parte de un plan mayor. Un plan magnífico, de alguien que lo conoce muy bien a usted y que me conoce muy bien a mí. El día en que usted nació leí el diario por completo. Cuando digo por completo, es eso: por completo. Mi memoria es –era- prodigiosa hace treinta años; todo lo que leía me quedaba. Y me quedó la frase, desconectada, sin sentido, que decía: Hoy comienza la aventura. Todos los días, durante un año, leí el diario y no recuerdo ninguna frase similar. Pero justo un año después, leí otra frase que, en sí misma era totalmente incongruente. Y esa frase decía: De una vida por delante. Le recuerdo, mi memoria era prodigiosa. En ese entonces, no reparé demasiado en la posible conexión de esas dos frases, a un año de distancia. Pero los años siguientes, cuando usted cumplía dos, tres, cuatro, cinco años, entendí que ahí había un código. Fíjese lo que decía en cada año:

(0) Hoy comienza la aventura

(1) De una vida por delante

(2) De aquel noble y tierno infante

(4) Cuyo alma caminante

(5) Nuevas palabras augura.

- Hasta aquí, una sorprendente coincidencia. Pero fíjese lo que salió publicado cuando usted cumplió seis años. Y cuando cumplió siete:

(6) Una oscura berenjena

(7) Tierno monstruo en la penumbra

- ¿Y? ¿No le dicen nada estas palabras? “Nuevas palabras augura” ¿No le hacen pensar en Exonario? “Oscura berenjena, tierno monstruo…” Vamos, hombre.

Estaba asombrado, apabullado y un poco confundido. Pero allí no terminaban las revelaciones.

[Esta historia continúa]

miércoles 31 de octubre de 2007

La caza del enano cretino

Como parece que se viene la época de caza del enano cretino, los medios se preparan para ofrecernos la información necesaria. Vemos al doctor Giménez hablando por canal dos: aparece él, vestido de blanco impecable, un sable corvo, una camilla y un enano negro. Nos comenta que hay un punto exacto, un poco por encima de la diminuta y deforme nuez de Adán, en el cual hay que hacer el golpe seco con el sable. “Hay que arrancar la cabeza de un solo sablazo”, nos dice, acompañando sus palabras con un movimiento de brazos muy parecido al de un jugador de golf. El movimiento se dirige, lenta pero gráficamente, hacia el cuello del cretino. El enano, dentro de su miserable perversidad, trata de apretar el cuellito de manera tal que no haya espacio entre su cabecita y sus hombritos, para que el sablazo dé un golpe fallido. El doctor Giménez entiende que esa resistencia es el signo más inequívoco de cretinismo. “Hay que persuadir al enano”, dice, después de dejar el sable a un costado, pero dentro del foco de la cámara. “Motu proprio, el enano no va a dejar que le arranquen la cabeza. Es tarea del cazador incentivarlo para que nos deje cuellito.” Haciendo gala de una especial didáctica (hasta los niños aprenden con el doctor Giménez), nos comenta cómo podemos engañar al enano cretino. “Hay que llevar una bolsa de caramelos de café”. El doctor saca una bolsita de uno de los bolsillos de su delantal y ofrece un caramelo al enano. Hasta ahora, el enano se ha quedado quietito, en la cabecera de la camilla, sin moverse ni pronunciar palabra, con un gesto de niño resentido. Pero, atraído por el señuelo, cambia de expresión. La muy limitada movilidad de sus facciones le dibujan algo parecido a una sonrisa. Respira con jadeos y da manotazos en el aire. El doctor no va a soltar un caramelo porque sí. El enano tiene que caminar o reptar de una punta de la camilla hacia la otra y, fundamentalmente, tiene que levantar la cabeza para dejar entrever su cogotito. Entonces puede ser que el doctor le dé el caramelo o le dé un sablazo. Hasta ahora no han matado a un enano cretino frente a las cámaras, pero pronto llegará el momento, si hace falta. “El enano cretino no tiene sangre”, dice el doctor Giménez. “Para que lo sepa la señora, que seguramente es impresionable: la decapitación de un enano cretino no mancha la alfombra. Por sus venas el enano tiene una sustancia pastosa muy parecida al dulce de leche. De modo que cortarle el cogote a un enano cretino es lo mismo que abrir una caja de ravioles o de alfajores”. La imagen se corta de pronto y aparece un niño con guardapolvos, exclamando con una voz adorable: “lo hacemos por el bien de ellos”. Rápidamente, la imagen vuelve al doctor, quien ahora sostiene al enano cretino de sus piernas, colgando como un chanchito. El enano patalea y chilla, pero el doctor Giménez, que es hombre de brazos largos, lo mantiene lejos de sus pataditas. “El enano cretino tiene problemas en los sobacos”, dice, señalando su sujeto. “Le crecen los pelos en forma desmedida. Esto conlleva grandes sufrimientos para él, y para la comunidad toda”. El doctor Giménez deja al enano nuevamente en la camilla y una enfermera le tapa la boca con una cinta adhesiva, para evitar que siga chillando.

Alguien desde el público quiere pedir excepciones. Hablan de dos enanos cretinos que, conscientes de su naturaleza malvada, se suicidaron o pidieron que los ejecutaran con un certero golpe en el cogote. La producción cuenta con fotos de estos cretinos y la multitud pide que las pongan al aire.

La imagen se corta bruscamente. Esta vez no aparece el niño adorable, sino un cartel que dice “defendamos los derechos del enano cretino”. Inmediatamente, en el mismo estudio donde estaba el doctor Giménez aparece la vocera de los derechos del cretino, una militante regordeta pro-cretina llamada Pascuala. “Repudiamos la actitud de Giménez y sus seguidores”, dice. “Nuestro lema es: incorpore a un enano cretino en su vida. Téngalo, déle de comer, sáquelo a pasear”. La producción (momentáneamente controlada bajo el mando de Pascuala) pone un video en el cual se muestra a varios enanos trabajando en circos, en minas de oro, en espectáculos televisivos y en promociones de juguetes. “El enano cretino también puede integrarse a la sociedad. No lo discriminemos”. Acto seguido, la producción coloca escenas de la película soñar, soñar, en las que aparece un enano talentoso, y varios filmes de Olmedo y Porcel en los cuales se ve el mismo enano (talentoso). De fondo, puede escucharse esos locos bajitos, del Nano Serrat. Sin embargo, la sensiblería no hace mella en el público del doctor Giménez. Los teléfonos comienzan a sonar y la gente llama y dice que cómo alguien puede usar un espacio en el aire para defender a los cretinos. La empresa de publicidad que auspicia los sables corvos cortacuellos anuncia que va a dejar de publicitar en el programa. Alguien del público pide que echen a Pascuala. La Producción corre tras Pascuala, la toman por los hombros y tironean de su cogote hasta que finalmente descubren que tiene un disfraz. Pascuala es un enano cretino, al igual que los seguidores de Pascuala. El doctor Giménez aparece nuevamente en cámara, y ya sin medir consecuencias revolea el sable corvo y corta cuellos, manos y estómagos de cretinos. Pedazos de dulce de leche salpican el lente de la cámara. El enano que encarnaba a la gorda Pascuala, doblemente mutilado: ya sin la cabeza del disfraz y sin su propia cabeza, dos veces desecho, queda a un costado de la camilla, moviendo ambas bocas en un curioso gimoteo post mortem. “El enano cretino es cretino en serio”, aclara el doctor Giménez, en una breve pausa en su gesta. Los enanos no oponen resistencia, excepto por esa leve intención de apretar el cuello, para que el golpe de sable no sea tan certero. “No hay enano cretino bueno, señora. Fíjese cómo estos enanos, llenos de odio y maldad, no me dejan que les arranque la cabeza”. Ahora al doctor Giménez se le suman algunas personas de la producción del programa, quienes con cuchillos y con palos rematan a los pocos enanos cretinos que quedan. “No, no, caballeros, no perdamos la calma”, dice Giménez. “Con sables corvos, y en el cuello. No golpeen en cualquier parte. No con palos, ni con cuchillos comunes. Esto tiene que hacerse de manera profiláctica, porque no queremos que ellos sufran. Aun cuando sepamos que se tienen bien merecido un poco de sufrimiento” Después de haber cortado a todos los enanos del estudio, la producción reúne los restos y el doctor, que es además un experto cirujano, toma aguja e hilo choricero y cose todas las partes entre sí y con los restos de todos los enanos forma un solo gran cuerpo de más o menos treinta brazos y treinta piernas. De fondo se escucha “todas las manos todas”. “Este año, la gran ronda de enanos muertos cosidos va a ser frente a la plaza. Señora, señor, mate su enano y tráigalo a canal 2 o llévelo a la iglesia más cercana a su barrio”. El programa termina con una aclaración del doctor Giménez: “Si trae un enano, colabore con algo de hilo choricero. Si trae al menos dos enanos muertos, cósalos entre sí para ahorrarnos trabajo”. El plan de trabajo que dicta la costumbre, y que el doctor Giménez propone es impecable: unir a todos los enanos cretinos muertos, dejarlos en la plaza principal para que se sequen durante un mes (para que, entre otras cosas, tenga tiempo de morir aquel enano cretino que todavía haya quedado con vida), luego agregarles sal y cortarles la pielcita en tiras para comerlos como charqui, o en rodajas como un gran matambre comunitario. Mientras aparecen los créditos del programa, se escucha de fondo la canción del cretino 1289, uno de los enanos redimidos, quien se ha hecho famoso por enfrentar su destino con entusiasmo y alegría, y que antes de ser ejecutado grabó la canción “quiero ser tu matambrito”.

jueves 25 de octubre de 2007

Una imagen

Hace algunas semanas publiqué tres historias (aquí, aquí y aquí) cuyo tema era mi vida como discjockey.

Puesto que esta semana no tengo, ni tuve, ni tendré tiempo para escribir un relato, dejo una foto del equipo de sonido e iluminación que tantas alegrías y desazones me ha dado en la vida. La foto la tomé el sábado veinte de octubre.

Podría (y debería) explicar la historia de cada uno de los objetos que aparecen en esta imagen, pero no tengo tiempo. ¡No tengo tiempo! Aunque no me negaría a contar algo específico sobre este equipo, si alguien lo requiriese en los comentarios, pero (al contrario de lo que mienta la expresión "una imagen vale más que mil palabras") creo que una foto es algo tan despojado y enfrentado a los intereses de la narrativa, que quizás haya poco o nada para preguntar.

Muchas gracias y hasta la semana que viene.

domingo 14 de octubre de 2007

La fonda desnuda

A veces es inevitable pararse frente al espejo y ver el rostro decrépito; la indecisa barba entrecana, la cabeza sin cabellos desamparada frente a un escuadrón irregular de sediciosas arrugas, los ojos bolsudos y abotagados, y esa expresión de gallinita acorralada que espera a la muerte con temor, resentimiento y resignación.

Allí mismo, sin esperar la lenta puñalada de los años, Ismael quiere tirarse dentro del cajón y ser enterrado. Si pudiera, se enterraría él mismo. No se atreve a matarse. No quiere matarse ni quiere que lo maten; preferiría evitar ese doloroso proceso: quiere ya estar muerto.

Pero mientras espera que la ya-muerte lo encuentre, se afeita, y luego desayuna con sobras de la noche anterior. Luego se dirige a la fonda, que está en la parte delantera de su enorme casa. Levanta la persiana y espera clientes.

Cuando la esposa de Ismael vivía, la fonda era un restaurante de barrio atendido por sus dueños que abría día y noche. Ahora que María ha muerto –o se fue de la casa-, Ismael vende especias, fiambre, conservas, fideos y harina al mediodía, y platos de comida rápida a la noche. Para la noche, contrata a dos personas que atienden las diez mesas y un ayudante de cocina que prepara las sopas y el plato de la semana.

Ismael toda su vida le había pegado a María.

Cuando la golpeaba, sentía furia, dolor y un profundo respeto. De hecho, los golpes en la carne enfofecida de su corpulenta concubina eran –según su interpretación- un ambiguo acto de casi justicia casi sagrada. Ismael evitaba golpearla en el local durante el mediodía. Pero por la noche, cuando venían a cenar los trasnochados borrachos de siempre, no ocultaba sus puñetazos frente a los escasos parroquianos que, incluso, llegaban a aplaudir el espectáculo de gratuita violencia marital.

Una noche, mientras apaleaba a María detrás del mostrador, sintió un violento y acongojado acceso de asco. Fue por eso que en ese mismo instante dejó de blandir el tizón; las manos se le aflojaron y cayó de rodillas, llorando, de cara a la heladera de los fiambres. María, me tenés que perdonar, gritaba enloquecido. Los clientes de la fonda levantaban la cabeza, relamiéndose a la espera de un espectáculo más perverso aun, pero no encontraban la figura amenazadora de Ismael, oculto tras la heladera mostrador. Sólo oían sus llantos estremecedores que ni el murmullo de los cubiertos ni el televisorcito podían disimular.

Esa noche, a Ismael le costó dormir. Sólo golpeó a su mujer una vez más, muy a la madrugada, pero aplicando lo que él, para sí mismo, llamaba “golpes-caricia”. Nunca supo si María interpretaba la caricia que acompañaba al tortazo. Eso (la indiferencia de María frente a sus tortuosas demostraciones de amor) lo enfurecía. Normalmente, se ponía tan bravo que alternaba golpes-caricia con golpes-justicia, para que ella notara la diferencia. Pero María siempre insistía en recalcar el componente doloroso, emitiendo quejidos ahogados y llantos silenciosos. Nunca un “yo también te amo”. Nunca un “qué bien impartís justicia”. Sólo ayes, y escuálidos grititos de dolor.
Sin embargo esa noche sólo hubo una pequeña sesión de golpes-caricia. Porque apenas comenzados los bifes, lo volvió a invadir el asco. Esta vez simplemente detuvo la batahola y, como estaba en la cama, se quedó dormido.

A la mañana siguiente, se levantó antes que su esposa y se miró al espejo. Ya tenía las espantosas admoniciones que lo revolverían algunos meses después al ver su rostro. Esa mañana descubrió que, junto con la vejez, se estaba ennegreciendo. Su piel, que siempre había sido de un hermoso blanco mate, se estaba volviendo oscura. “Necesito ayuda”, fue lo único que pensó.

Esa misma tarde dejó a María atendiendo el negocio y fue en busca de asistencia. Se dirigió a uno de esos centros para hombres golpeadores y, ante alguien que parecía ser un médico, en una oficinita, se puso a llorar desconsolado. Cuando terminó, dijo:
¿Alguna vez imaginó, doctor, darle un beso de lengua a un viejo? ¿Se vio a sí mismo durmiendo con un anciano de piernas flacas y aliento rancio? Yo todas las noches duermo con ese anciano y trago la saliva ardida de ese viejo. Si me tomo las manos, le estoy tocando las manos a un esquelético pelado. Si le hago el amor a mi esposa, estoy haciendo gozar a un viejo podrido. El paroxismo del asco es que me dé asco mi propio goce.

El médico –o quien Ismael pensaba que era médico- lo dejó hablar durante diez o veinte minutos. Sin embargo parecía impaciente detrás de su escritorio. Ismael, amigo - interrumpió- Usted no está haciendo nada malo. Yo también les pego a las mujeres. Le he pegado a todas las mujeres que pasaron por mi vida: mi madre, mis hermanas, mis hijas. Con mucho más derecho puedo pegarles a mis mujeres. Ninguna mujer es más mía que mi esposa. Le pegaría a cualquier hembra que me cruzo por la calle, pero en algún punto hay que parar. Usted no necesita dejar de pegar; usted necesita levantar su autoestima. Yo le recomiendo esta psicóloga

Ismael leyó el papel con la recomendación y se retiró diciendo “gracias”. Nunca fue a ver a la psicóloga. Por contrapartida, apenas puso un pie en la fonda zamarreó de los pelos a María y le pegó tanto, y le dio tanto asco, y le dio tanta furia que los golpes le produjeran asco que siguió pegándole más. Se sintió un imbécil por haber querido cambiar. Ahora no golpeaba con golpes-justicia; ahora eran golpes-odio, golpes-me-debiste-haber-avisado-que-golpearte-era-lo-correcto; golpes-hija-de-puta-por-qué-hiciste-que-tuviera-asco-de-golpearte.

Cuando terminaron los golpes ya había oscurecido y había que abrir la fonda. María se recobró de la paliza y, con el silencio, la sumisión y la indiferencia que la caracterizaba, se puso el delantal y salió a atender las mesas.

Esa noche (la noche en la que María iba a morir o iba a desaparecer), vino a cenar un jovencito escuálido que se acercó a Ismael y le dijo: María es mi mamá, pero usted no es mi padre.

Ismael trató de no reaccionar. Miró a María dispuesto a arreglar cuentas una vez más. No quería un diálogo; no quería explicaciones: quería un resarcimiento por la traición infinita que le estaba arrojando a la cara ese muchacho.

La noche transcurría con tensa calma.

Cuando el joven fue al baño, Ismael lo tomó del cabello y lo metió en uno de los cuartitos de la casa chorizo.

Dentro de la habitación mal iluminada estaba María completamente desnuda. Ismael apareció por una puertita interna, blandiendo una pala. A ver, pendejo pelotudo, pegale a tu madre. El muchacho temblaba y María miraba a Ismael con sumisión y desconcierto. Si no le pegás no ves nunca más el sol. El joven lloraba. Perdóneme- repetía. No quería ofenderlo. Estuve mucho tiempo decidiendo cómo decirle a María que es mi madre sin ofenderlo a usted.

Pero Ismael –repito- no quería explicaciones. Quería resarcimiento. Te callás y le pegás. El muchacho ensayó un golpecito blando y sin determinación. Con fuerza carajo, como un hombre. Otro golpe, más certero. María gimoteaba. Que no grite. Que no grite, carajo. Si grita, empezás de cero. María trató de contenerse. Ahora decime, pedacito de mierda, ¿Esta es tu madre? ¿Así la tratás a tu madre? Acá vas a aprender cómo somos en esta familia.

El joven intentó dar dos o tres golpes más. En un descuido, forcejeó con Ismael y le pudo sacar la pala que pendía amenazante sobre su cabeza. Ismael sintió un fuerte palazo en la nuca y se desvaneció.

Cuando despertó (un día después) en un hospital, le comunicaron que María –lamentablemente- había fallecido. Por suerte agarraron a ese pendejo antes de que te mate a vos también, le dijeron sus conocidos.

Por alguna razón, nunca le dijeron dónde habían enterrado a María. El joven no volvió a aparecer. Durante los primeros dos meses, Ismael creyó (o quiso creer) la historia que le contaron en el hospital, hasta que esta mañana entendió.

Hoy abre el local al mediodía. A la noche, siguiendo una mínima sospecha, saldrá a buscar a María porque sus puños necesitan descargar el amor y la justicia que han ido acumulando en este tiempo de su ausencia. Su amor y su justicia se han vuelto tan grandes, tan indomables, que los solos puños no bastan para contenerlo. Mientras espera que se acerque la noche, atiende a los pocos clientes que buscan harina o fiambre y prepara el arma con la que, luego de impartir justicia, se deshará para siempre de ese viejo asqueroso que duerme en su cama, que respira su mismo fétido aire y que traga su roñosa saliva.

jueves 4 de octubre de 2007

Tercera historia: Las locas inundadas.


En octubre de 2005, el señor Nelson vino a mi casa para ultimar los detalles de la fiesta: su hija Jimena cumplía quince años. Festejaba el acontecimiento “en un salón de la calle San Lorenzo”, lugar que para mi era desconocido. “Es curioso”, le dije a Nelson, “después de quince años de trabajar en esto, todavía hay salones que no conozco”. “Lo que pasa”, aclaró Nelson para mi consternación, “es que ese lugar, antes de ser salón de fiestas, era la carnicería del Hospital Penna. De hecho, el salón está dentro del predio del hospital”.

El sábado cinco de noviembre de 2005 llamé a Manuel (mi fletero de confianza), cargué los equipos en la camioneta y nos dirigimos a la calle San Lorenzo al 2400. Cuando uno piensa en un salón de fiestas, por lo general puede dar una dirección precisa y fácil de ubicar. En este caso, había que ingresar al terreno del hospital; pasar por debajo de una gigantesca estructura abandonada; andar a campo traviesa hasta llegar a un puente (por encima del cual había un extraño pasillo techado y con vidrios rotos que no conduce a ningún lugar); doblar a la izquierda, pasar un par de casillas desmanteladas, seguir una débil huella de pasto entre dos construcciones destruidas y, finalmente, doblar una vez más a la izquierda. El recorrido –similar al paseo turístico por las ruinas de una ciudad bombardeada- se corta abruptamente ante la presencia de un alambrado. Detrás del alambrado, hay una enorme estructura estilo inglés colonial, sobre cuya puerta tiene un cartel escrito en letras desparejas: salon de fiesta y sentro cultural. Al costado del salón, se ve imponente la figura de un edificio abandonado, oscuro y ciego, con los vidrios rotos y las paredes cubiertas de moho. En ese edificio estaba el loquero del hospital, me informó Manuel, el fletero.

Mientras descargábamos el equipo (lo más raudamente posible, porque el cielo amenazaba con una tormenta titánica), Manuel me contaba la historia de esos edificios arruinados. Todo esto es la parte vieja del hospital. Ahí – dijo señalando el pasillo techado que no conducía a ningún lugar- quisieron hacer una conexión entre la parte vieja y la parte nueva. Pero se les acabó la guita, y quedó todo a medio hacer. De noche, estos lugares se llenan de gente sin hogar que viene a dormir, y vaguitos de la villa que se juntan para darse con paco y chupar.

Una vez que descargamos el equipo, había que subir un par de escaleras y recién luego llegábamos al salón. Si es que a eso se lo podía llamar salón. En realidad, se trataba de un pasillo ancho en medio de dos pasillos angostos flanqueados por una escalera. La pobre gente de la fiesta había colocado mesas en cualquier parte de ese irregular ambiente, y me habían dejado un lugarcito para armar el equipo. Las paredes del lugar estaban enfundadas con azulejos rotos. Me llamó la atención unos caños gruesos, mugrientos y telarañosos que sobresalían del cielo raso, lo que le daba al improvisado salón el aspecto de un submarino herrumbrado o una caldera infernal. Allí se respiraba un olor ácido y nauseabundo. No pude dejar de recordar que eso había sido una carnicería, y asocié que el olor sería el de la carne fenecida y fermentada impregnando los azulejos para siempre. El tufo perpetuo de muchas vacas dejando las huellas de su agonía. La iluminación del lugar (de los pasillos y de las escaleras) consistía en foquitos colgantes de luz miserable. En el fondo, el pasillo desembocaba en la cocina y, al principio del largo laberinto de escaleras, estaban los baños.

Una vez que descargué el equipo, comencé a armarlo. En ese ínterin se largó a llover intensamente. Con relámpagos y truenos. Del cielo raso decrépito empezaban a caer hilos de agua; goteras groseras que inundaban el piso y malograban los manteles de las mesas. Traé los baldes, Mirta, le dijo Nelson a su esposa. Al instante, en medio del violento quejido de las chapas golpeadas por la lluvia, el salón se llenó de palanganas y latas de pintura vacías. Por suerte, en mi rincón no había filtraciones ni peligros de mojadura.

Permítanme adelantar rápidamente las descripciones en este tramo. La lluvia se detuvo, terminé de armar el equipo, llegaron los invitados (unas ochenta personas), Jimena entró al salón. Etcétera, etcétera. Ahora detengamos la película.

Me invitaron a cenar a una mesa dispuesta para mí, el fotógrafo y el filmador. En medio de la charla con ellos, me revelaron algo aun más tétrico de lo que yo sabía: ese lugar en el que estábamos no había sido carnicería. Había sido la morgue del hospital. “Fijate bajando esa escalera”, dijo el filmador señalando hacia la cocina. Disimuladamente, me levanté de mi silla y miré. Entre la cocina y el salón, había una larguísima escalera antigua que iba hacia abajo y se perdía en la oscuridad. Como si se adentrara bajo tierra. La entrada a la escalera estaba mal tapiada por unos tablones pequeños. ¿Sabés lo que hay allá abajo? Preguntó el fotógrafo con aire de complicidad, allá están las máquinas que usaban los forenses para seccionar los cadáveres. Hay un salón inmenso, bajo tierra, oscuro, lleno de artefactos enormes oxidados. No se puede bajar porque todo eso está inundado. De hecho, todo este edificio se está hundiendo.

Terminamos de cenar y puse el vals de los quince años. La lluvia volvió a desatarse rabiosa. Mientras bailaban los compases de Tiempo de Vals, de Chayanne, se cortó la luz.

Cuando en medio de una fiesta se corta la luz, tanto los invitados como yo nos quedamos absortos unos segundos, sin entender. Esta vez, el corte de luz coincidió con un relámpago fulminante seguido de un trueno. Los invitados, repuestos de la confusión, siguieron a oscuras la pantomima del vals acompañados por la música del aguacero sobre las chapas, esquivando los charcos de goteras prominentes. En ese momento, tuve el temor de que la lluvia terminara de hundir el edificio. O, peor, que inundara por completo el piso subterráneo y, por la escalera tapiada, comenzaran a brotar las máquinas muertas y los huesos seccionados de los muertos acompañados por un líquido negro, espeso y borboteante.

Las horas pasaron entre gritos de entusiasmo y enojo, velas, baldes de agua y el repiqueteo de la lluvia atronadora. A eso de las tres de la mañana, cuando la fiesta ya estaba totalmente arruinada, dejó de llover. La luz no volvía, pero por lo menos el salón no iba seguir convertido en una sopa. En ese descanso aprovecharon para cantar el feliz cumpleaños a capella y cortar la torta.

Mi trabajo estaba siendo muy sencillo: sólo aguardar hasta que volviera la luz. Por eso, mientras los invitados se sacaban fotos diabólicas a la luz de las velas, yo decidí dar un pequeño paseo por el laberinto de pasillos y escaleras. De inmediato advertí un sonido sutil que antes, con el clamor de la lluvia, había pasado desapercibido. El sonido era una profusión de desgarrados gritos femeninos, entrecortados. A medida que me acercaba adonde debía estar el baño de caballeros (y, por lo tanto, cuando más me alejaba de la gente y de la tenue luz de las velas), los gritos se hacían más claros. Eran gemidos. Gemidos que provenían de afuera. De algún lugar no muy lejano, quizás de los edificios abandonados.

Entré al baño a hacer pis en la oscuridad, me miré en el espejo ciego y volví al salón. Los gemidos se apaciguaron hasta hacerme creer que nunca los había oído.

La tormenta se desató una vez más, ahogando la precaria alegría del feliz cumpleaños, fagocitando con sus truenos y relámpagos cualquier esperanza de salvar la noche. La monotonía del agua siguió hasta las seis de la mañana, cuando por fin amaneció entre nubarrones sucios, pies mojados y barro. Nelson se acercó a pagarme. "Qué noche de mierda, la puta que los parió", dijo con tristeza. "Mi hija quería una fiesta inolvidable. La tuvo nomás". Llamé al taxiflet y me fui, apurando el trámite de cargar los equipos en la camioneta porque, una vez más, la lluvia parecía inminente.

Cuando volvíamos, le conté al fletero Manuel la espantosa noche que había tenido. Le hablé de los extraños e incongruentes gemidos. "Ah", dijo, quizás para intranquilizarme del todo, "lo que pasa es que al lado del loquero abandonado, funciona el pabellón de las locas. Es un edificio viejo y hecho mierda. Seguro que, con la lluvia y el corte de luz, se les inundó todo y estaban a los gritos."

"¿Cómo sabés tanto sobre el hospital, Manuel?", le pregunté."Lo que pasa es que yo estuve internado tres meses en el loquero. -contestó como restándole importancia- Fue por un error . Yo nunca le había levantado la mano a mi hijo, pero bueno, vos viste..."

Tragué saliva pensando cómo iba a continuar esa charla. Por suerte, el monólogo se interrumpió por la ensordecida y oportuna lluvia.

Después de largos minutos en silencio, andando por calles casi invisibles y escuchando la lluvia golpeando el capot, Manuel se echó a reír con fuerza. Dijo: "Por ahí gritaban porque se estaban ahogando las muy pelotudas."

jueves 27 de septiembre de 2007

Segunda historia: Una reunión trabada

En el año 1998 trabajé como disc jockey con mi amigo Roberto. Él tenía (y sigue teniendo) un hermoso kiosco en el cual levanta quiniela clandestina por teléfono y, por esa razón, publicábamos semanalmente un aviso en el diario con el número telefónico de su kiosco.

Una vez, como tantas, recibió un llamado para un cumpleaños de cuarenta. Los datos de la fiesta eran: salita médica de la calle Blandengues, el próximo sábado. Homenajeado: Raúl. El papel, escrito a mano por Roberto, incluía además números telefónicos, tema de entrada, vals y detalle del estilo musical para el baile. Jorge, me dijeron que quieren hacer unos sketches. Por eso, te van a llamar a vos para coordinar, me precavió cuando nos encontramos.

Tres días antes de la fiesta, me llamó una mujer preguntándome si tenía micrófono, si podía conseguirles una canción (se llamaba La Movidita, y si mal no recuerdo es de Gladys la bomba Tucumana) y si no tenía problema en que, durante la fiesta, cada quince o veinte minutos se interrumpiera el baile para hacer una coreografía. Está perfecto, dije.

Sólo para corroborar los datos, pregunté una vez más quién era el homenajeado y en qué salón se hacía. Salita médica de la calle Blandengues, dijo la mujer, la homenajeada es Lourdes.

Revisé el papel que me había traído Roberto: en él decía Homenajeado: Raúl. Probablemente, se había confundido (el resto de los datos coincidía), así que taché “Raúl” y pose “Lourdes”. Al día siguiente, recibí otra llamada de la misma mujer. Raúl quiere entrar con el tema de Celia Cruz, “La vida es un carnaval”. Miré mi papel con el nombre tachado y lo volví a tachar, poniendo nuevamente “Raúl”. Pensé que, quzás, tanto Raúl como Lourdes cumplían años (tal vez eran una pareja); pero no quise preguntar un detalle tan fundamental para no parecer desorganizado.

El sábado a las seis de la tarde vino un muchacho con una camioneta a buscar el equipo. Hacía frío y ya estaba oscureciendo. El salón quedaba en un primer piso. Por suerte el fletero nos dio una mano enorme para subir los bártulos. Recuerdo también que esa noche, además de Roberto y yo, nos había acompañado Fernando, un pibe de diecisiete años que estaba algo fascinado con nuestro pintoresco trabajo.

Cuando terminamos de armar el equipo y se hicieron las nueve y media de la noche, entendimos por qué la confusión entre Raúl y Lourdes. Raúl era Lourdes. Noventa y cinco por ciento de los invitados de la fiesta eran travestis, incluyendo por supuesto a la homenajeada. Los travestis venían ataviados con lo que, según Roberto, era ropa de batalla. Algunos de ellos, -portadores de un increíble cuerpo de mujer pero con inequívocos rasgos faciales masculinos-, sólo llevaban una minifalda y un top. Otros se habían puesto una vestimenta representativa de algún gremio laboral: la maestra, la secretaria, la mucama sometida por su patrón, la porrista de fútbol americano. Los límites entre el disfraz y el travestismo no siempre son muy claros. En este caso, los personajes eran un disfraz que se habían puesto por encima de la habitual ropa de travesti. También puede pensarse que ser travesti es, de por sí, encarnar algún personaje femenino y en ese caso, disfraz y travestismo coinciden.

Dije que el noventa y cinco por ciento de los asistentes eran travestis. El cinco por ciento restante (excluyéndonos sin honra Roberto, Fernando y yo) estaba conformado por indisimulados hombres, incluso con barba, pero engalanados con alguna prenda paradójica e inapropiada. Uno de ellos sólo tenía calzoncillos, zapatos negros, guantes blancos y moño negro, y mostraba sin pudor su pecho y sus piernas peludas. Otro (un hombre de unos sesenta años) sólo usaba un grueso pantalón con tiradores y el torso desnudo.

Hasta aquí, excepto por la contingencia de que todos eran travestis, no parece haber ningún problema para un disc jockey. Las cosas se complicaron un poco cuando el hombre de torso desnudo y tiradores comenzó a hacer gestos impúdicos y a tirar besos a Fernando, el integrante más joven de nuestra troupe musical. Jorge , yo me voy”, dijo, temeroso. “No tengo ningún problema con los travas, pero que no me jodan” fue su argumento. Pidió un taxi y desapareció.

El acoso no terminó allí.

Después de que se fuera Fernando, Roberto se dirigió al baño y un travesti mal afeitado y vestido de novia lo interceptó. “Dijo que yo estaba re fuerte y me quería dar un beso. Es más, me acompañó al baño y me apoyó por detrás”, comentó Roberto entre exaltado y preocupado. De hecho, no sólo la novia aprovechó para tirarse un lance; también otros rodearon al pobre Roberto y le querían mostrar sus especiales cualidades. En aquella época, al igual que ahora, Roberto y yo solíamos espantarnos cuando una mujer nos acosaba de manera descarada –cosa que no ocurría muy seguido. Puedo entender su contrariedad al verse rodeado casi con hostilidad por ambiguas mujeres con rostro de hombre y rastro de barba.

La situación se puso complicada al inicio del baile, cuando los fluorescentes del salón se apagaron y sólo quedaba la impune penumbra del humo y los efectos de iluminación. Ya sin ningún pudor, la novia se acercó a Roberto y lo empezó a manosear. Salí de acá, estoy trabajando, decía Roberto con un hilo de voz. Bueno, papi, entonces cuando dejes de trabajar te agarro. Como el acoso era continuo, Roberto esgrimió la mejor solución. Para él, claro:

- Jorge, me voy por un rato a ver si se calman estos tipos. Más tarde vuelvo.

La situación no era buena. Mis dos compañeros se habían ido y yo estaba solo enfrentando a sus acosadores. Sin embargo, debo decir –con algo de desilusión- que los travestis en ningún momento se acercaron a mí, excepto para pedirme música o avisarme que venía un sketch. Esa noche descubrí que no provoco la más mínima atracción entre los travestis, y hasta el día de hoy vivo eso como un fracaso.

La Novia, sin embargo, se aproximó para decirme algo al oído. ¿Dónde está tu amigo?, preguntó con una aflautada voz masculina. Decile que lo amo. Por favor, decile que lo amo. Decile que tengo su teléfono y que lo voy a llamar.

Los sketches se sucedieron a razón de uno cada media hora. Los travestis hacían shows de transformismo o cantaban temas románticos lacrimógenos, entre los que no podían faltar de Franco Simone y Quererte a ti de Camilo Sesto. Ninguno de los espectáculos era cómico; más bien se apelaba a una clásica visión nostálgica del amor imposible o –como en el caso del transformismo- se hacía hincapié en las insuperables ambigüedades e ironías de la vida.

Roberto volvió a eso de las cuatro de la mañana, un poco temeroso. No le pregunté dónde había estado. Jorge, esta fiesta es un despelote, me dijo. Abajo hay como quince trapos fumando marihuana. Yo no había prestado atención al olor (de hecho, se me confundía con el característico aroma de la máquina de humo). Si llega a caer la cana, nos detienen a todos. La preocupación de Roberto no era ingenua: no era tan terrible ir a la comisaría; lo terrible era dejar el equipo en el salón, solo, mientras nosotros dábamos nuestra declaración de los hechos.

A la media hora, Roberto decidió cortar la música y llamamos al taxiflet. No sólo estaban fumando marihuana en la entradita de planta baja. También, seis o siete de los travestis se estaban agarrando a trompadas en medio de la calle. Si no viene la cana con esto, no viene con nada. Apurate a desarmar, dijo Roberto.

Los invitados parecieron entender nuestro temor y ofrecieron su ayuda para bajar los equipos. Yo no podía evitar mi mayor preocupación: todavía no nos habían pagado.

Por suerte no vino la policía; pudimos irnos sin problemas. Mientras cargábamos el equipo no dejábamos de mirar el ambiguo espectáculo en medio de la calle desierta de una madrugada fría: dos travestis enormes, con sus atuendos rotos, el maquillaje corrido y la voz entrecortada por el esfuerzo, se golpeaban como sudorosos barrabravas después de un partido. Los años de travestismo no podían ocultar ese primitivo instinto masculino cuyo lenguaje es un rosario de uppercuts. Lo último que escuché, mientras nos alejábamos con la camioneta, fue la voz aflautada y ronca del más maltrecho de los contendientes que decía: me cansé de mantenerte, puta de colores.

El lunes siguiente apareció Raúl (no Lourdes) en mi casa a traer el dinero. Lamentamos mucho si se sintieron incómodos, dijo mientras me estrechaba la mano. Los vamos a tener en cuenta para el próximo cumpleaños.

jueves 20 de septiembre de 2007

Primera historia: El pelado a la fuerza

En el último post relaté una inesperada conexión entre mi vida de disc jockey y este blog. Por eso, -y teniendo en cuenta que hace más de quince años que trabajo como disc jockey ambulante- desde hoy voy a contar algunas pintorescas historias de mi paso por celebraciones ajenas.


Hablemos de una fiesta de quince. Una en particular, aunque no recuerdo bien cuándo fue ni exactamente dónde. De esto debe hacer unos diez años. Fue en un salón enorme en un barrio pobre, lleno de gente apretujada entre largas filas de tablones con manteles de papel. Hacía calor. El lugar estaba mal iluminado con fluorescentes, muchos de los cuales parpadeaban o no se prendían. Muy temprano, a eso de las ocho y media, empezaron a aparecer los invitados. Gente de una humildad desconsoladora: los hombres venían con jeans raídos, camisa hawaiana y zapatillas, y las mujeres traían unos trapitos pasados de moda, imposibles de combinar y comprados en tiendas de usados. Cada adulto era acompañado por un séquito de niños gritones e hiperactivos. Cuando reparo en estos detalles (la vestimenta, el número de niños), pongo en evidencia una mirada desde cierta clase social: en las fiestas de clase media o media- alta, los invitados se visten de acuerdo a la ocasión. Se arreglan el pelo con un coiffeur; se hacen trajes a medida y sus pocos hijos son educados, apáticos y neuróticos. Aquí nada de eso parecía ocurrir.

En esta reunión, desde temprano, se evidenciaron dos síntomas potencialmente peligrosos: desorganización completa, y cerveza que comenzó a correr sin control. Tampoco faltó la troupe de adultos jóvenes (tíos, primos y amigos de los tíos y los primos) cuyos miembros entraban al salón tempranito tambaleándose y con fuerte olor a alcohol.

Por lo general, los niños y la troupe de primos precozmente borrachos son un dolor de cabeza para el disc jockey. Los niños corretean entre los cables del equipo y arriesgan su vida, sin que ningún adulto se haga cargo de ellos (ni siquiera cuando se tropiezan, caen y lloran). Los primos beodos se plantan junto a la consola de sonido y se autoproclaman consejeros musicales: dictaminan con voz avinagrada la música que, de manera obligatoria, hay que poner (es curioso que siempre piden cumbia romántica de los años ochenta que sólo ellos conocen). Es difícil negarse amablemente a cumplir con los exhortos, sobre todo porque está en riesgo la vida del disc jockey. La situación se hace insostenible si este periplo de peligrosos borrachines empieza su prédica pro- cumbia romántica desde bien temprano. El joven y beodo tío se siente con derecho a dirigir la orquesta, a veces desenfundando el falaz argumento “mi hermano te paga para que hagas lo que yo te digo”.

En este difícil clima comenzó la fiesta a la cual quiero referirme. A las diez de la noche la homenajeada aun no había llegado, pero el salón estaba colmado de invitados: unas doscientas personas. Cálculo estimado: sesenta parientes (incluyendo los alegres tíos y primos), treinta compañeros de curso y ciento diez niños. Andá preparando el tema de entrada, dijo el fotógrafo, porque parece que ahí viene. Diez y cuarto entran, papá y quinceañera, con el tema My heart will go on, de Céline Dion. La niña lleva un vestido rojo furioso, y el padre tiene un traje negro, zapatos negros, camisa negra, corbata negra y sombrero negro. Del bolsillo pectoral de su saco se asoman un pañuelo blanco y una flor roja. En su sonrisa muestra un diente de oro. Entran con rapidez entre el ruidoso descontrol de la multitud que se abalanza para saludarlos.

La obligada comida en estas reuniones es el asado. Un asado multitudinario, bien preparado y exquisito en el que no faltan los chinchulines, la entraña y los riñoncitos. Inmediatamente después del saludo a la quinceañera, todos -excepto los niños, que no paran de corretear, golpearse y llorar- se sientan y esperan la cena en medio de un bullicio impresionante. El padre, después de saludar a los invitados, se acerca a mí y me estrecha la mano. “Hola, Jorge, ¿todo bien? ¿Pudiste armar el equipo sin problemas? ¿Te traigo una birra?”. Le digo que no, que prefiero coca cola. Me trae una gaseosa de marca desconocida, un plato de plástico con cubiertos descartables y una generosa porción de vacío con chimichurri.

En todas las fiestas, hay algunos personajes típicos. Uno de ellos es el entendido. El entendido se acerca al equipo, lo mira de arriba abajo, hace gestos de aprobación o de crítica y dice, por ejemplo, “tenés una compactera denon 2000 f mk3 que se la compraste a Arlenghi”, para demostrar que conoce bastante del asunto. Acto seguido desenfunda una conversación poco interesante e incluso hostil. Yo lo sé porque también soy disc jockey, dice para empezar. El entendido cree que se gana mi confianza si me da este dato irrelevante; cree que hay códigos que sólo los trabajadores del mismo rubro pueden compartir y entender. Pero después de esa insípida declaración, comienzan la hostilidades: el entendido compara su equipo de sonido y sus habilidades con las mías “Vos tenés una denon 2000 f mk3 importada de China. La mía es mucho mejor, porque me la trajeron de Estados Unidos”; “Yo recién te escuché cómo hiciste el enganche; a mí me sale mejor porque yo espero el golpe de la batería y recién ahí mando el otro tema”. A esta clase de entendidos insoportables se los puede cortar con una sola pregunta: “Che, pero si tu equipo es tan bueno y vos sos tan hábil, ¿por qué no te contrataron a vos?”.

Otro personaje de las fiestas, mucho más simpático aunque no menos peligroso, es el confidente. Siempre hay alguien que cuenta las intimidades de los presentes, con un artero aire de complicidad. “El asado se lo regaló el abuelo porque trabaja en un frigorífico”; “El vestido de la pendeja es el mismo que usó una prima en su fiesta de quince. Lo que pasa es que los padres no tenían plata para comprar uno nuevo”. “¿Ves la gorda esa? Esa anda caliente conmigo. Ahora se hace la ortiva y no me da bola. Pero ya la voy a agarrar cuando se ponga bien en pedo”.

Aquella noche, mientras el confidente, el entendido, algún primo borracho y varios niños se habían acodado frente a mi equipo como si fuera la mesa de un exótico bar, se acercó el padre de la quinceañera y le dijo algo al confidente. “¿qué pasa que los García no vienen?” El entendido respondió: “Juan dijo que iba a buscar el vino a la distribuidora”. “Que se apuren estos boludos”, dijo el padre con impaciencia, “porque ya sale el asado y no tenemos con qué regarlo”.

Algunos comensales estaban como locos porque -por lo que pude entender- los García tenían que traer el vino y todavía no habían llegado. Vamos a buscarlos, se sugirió entre gritos alborotados. Los mozos trajeron asado, ensalada, chinchulines, chorizos, soda, gaseosas, cerveza pero ninguna botella de vino. Mientras la mayoría cenaba y se quejaba por la ausencia del tinto, una cuadrilla de hombres desorbitados salió del salón. Los hombres desaparecieron quince minutos y volvieron despeinados y con las camisas rotas.

Lo que ocurrió en ese ínterin me lo contó luego el confidente, quien había participado de la caravana. “Fuimos a buscar a los García, que viven al lado de la casa de la quinceañera. ¿Sabés dónde estaban los hijos de puta? Aprovecharon que todo el barrio está acá para entrar a afanarles. Cuando llegamos, estaban sacando el televisor entre dos, el padre y el hijo.”

El relato continuaba. “Los recontracagamos a trompadas. Nosotros éramos quince, y ellos eran cuatro. Les rompimos todos los huesos; entramos a su casa y les afanamos los muebles, el grabador, la video, la heladera, la tele. Lo que no pudimos afanar se lo hicimos pelota. Lo único que le dejamos sano fue el cochecito del bebé.”

Uno de los niños que había participado de la contienda relató algo que me causó una profunda impresión: “A Abelito García lo dejaron pelado de tanto pegarle”. Quise imaginar de qué manera un golpe puede arrancar cabellos -todos los cabellos-, pero hasta el día de hoy no consigo hacerlo.

El resto de la fiesta transcurrió sin problemas memorables. Después del asado bailaron el vals y luego, hasta las siete de la mañana, se movieron al ritmo de Sombras, Gilda, Antonio Ríos, Sebastián y Gary. El amanecer gris y mi extremo cansancio fueron apenas compensados por las palabras del padre de la quinceañera, a esa hora ya sin saco, con la camisa desabotonada y el sombrero ausente:


- Muy bueno, Jorge. Vení que te pago. Ah, sobró un montón de asado, ¿no querés llevarte algo?

sábado 15 de septiembre de 2007

Una llamada de Monstruos y Berenjenas

El martes once de septiembre de este año recibí una extraña llamada telefónica.

Una persona que se presentó como Walter Uranga preguntó por el disc jockey Jorge Mux. “Soy yo”, respondí, suponiendo que buscaba contratarme para un trabajo. ¿Es usted el autor de una página llamada Monstruos y Berenjenas?, fue la segunda pregunta.

Muchas actividades de mi vida son estancos separados. Cuando trabajo como disc jockey, nadie sospecha que, paralelamente, soy profesor de filosofía. Menos pueden sospechar que un disc jockey pueda tener una página de narraciones sobre sucesos extraños y futuros (a los disc jockeys, por lo general, les interesan otras cosas). Por eso las preguntas sucesivas acerca de mi trabajo y de mi blog, en una misma conversación, me provocaron un estado de sorpresa y confusión.

El señor Uranga dijo que pertenecía a la comisión (o algo así) de un club. El nombre del club no importa, porque en el momento en que lo dijo, lo asocié erróneamente con otro. “Yo quería invitarlo –dijo el interlocutor- a nuestra sede algún día de la semana, un lunes, miércoles o viernes a la tarde, para que vea a los chicos jugando y no se quede con la impresión de que esta es una institución en decadencia”. Traté de asociar, por todos mis medios, a qué se refería; intentando conjugar el nombre de un club para mí desconocido, el blog Monstruos y Berenjenas, mi trabajo como disc jockey, la llamada y la invitación. No pude.

En algún momento del discurso el hombre dijo las palabras clave: “el año pasado estuvo muy buena la fiesta, justo el día de la final Francia – Italia”. Allí entendí todo. Mi desconocido interlocutor se refería a lo que relaté en este mismo blog, en un post del once de julio del 2006. En ese post relaté los hechos vividos en una hermosa fiesta el día 9 de julio del año pasado, en la cual un enorme grupo de personas mayores celebraban el 78º aniversario del club Sixto Laspiur, y yo les había pasado música. Es decir, entre el suceso al que hacía referencia el post y la llamada del señor Uranga, habían pasado un año y dos meses.

El señor Uranga, al principio, se sintió dolido por el relato. “Anoche, cuando leí lo que pusiste en el blog pensé: este tipo nos mató”. A mí me costó entender por qué se sintió dolido: mi impresión de la fiesta había sido más que buena (el título del post, el día de todas las glorias era bastante elocuente), pero a él –supongo que, junto con él, a toda la comisión- le pareció, en una primera lectura, que yo me había llevado una opinión negativa: un club formado por ancianos que, cuando murieran, estaba destinado a desaparecer. Sin embargo, Walter Uranga hizo otra reflexión: “después me di cuenta de que eso fue lo que te mostramos nosotros. Solo pudiste ver a los viejitos, porque eran los únicos que fueron a la fiesta. Tu visión sesgada de un club en decadencia, luchando contra el tiempo y los intereses privados, fue en parte culpa nuestra. Pero el club no es sólo eso. Por eso, quería invitarte a que vieras las canchas cuando están los chicos y los jóvenes.”

Seguimos conversando algunos minutos. “El logo del club, lo hice yo. El poema del club, también. La bandera que estaba colgada en el salón era la que usamos en las marchas contra el municipio”. Recordé enseguida ese suceso, difundido por los medios locales: todo el barrio salió a defender los terrenos del club, cuando un proyecto edilicio bastante avanzado quería quitárselos. Gracias a esas marchas, ahora el proyecto se suspendió por tiempo indefinido. El señor Uranga hablaba de su club con una pasión conmovedora. “Walter, si hay algo en el post que te parezca ofensivo o negativo, lo puedo cambiar.”, le dije. “No, Jorge, no, está perfecto”, me dijo, “es lo que vos viste, y es lo que nosotros te mostramos”.

Seguramente me olvido de muchos detalles deliciosos, pero fue esa, en lo esencial, la conversación con el afable desconocido. Había algo de mágico en esa charla; algo de irreal e imposible. En este blog se suelen publicar ficciones. Quizás, el post El día de todas las glorias fue el más documentalista. Me atrevo a decir que fue el único en el cual traté de repasar mis impresiones de un suceso realmente vivido en mi propio tiempo y en mi propia ciudad. Y, precisamente, por poner nombres propios y por contar un hecho puntual, alguien, un año y dos meses después del suceso, se sintió tocado por el relato, me buscó en la guía y me llamó. El post más documentalista fue el que generó más magia: uno de los participantes de una pintoresca fiesta de un relato salió de su irrealidad; se escapó de las palabras virtuales y se hizo voz a través del teléfono. Hace unas semanas, el señor Esteban Gorrer, se presentó ante mi padre para denunciarme, volviendo más difusos los límites entre las palabras y el mundo. Tengo la empecinada esperanza de que otros personajes de mis historias me sorprenderán algún día con una llamada, una visita o una puñalada en un callejón oscuro.

jueves 6 de septiembre de 2007

Contactos difusos

Primera parte: 2063

En este instante, hora 62, hemos detenido el reactor y la nave es guiada suavemente por la fuerza gravitatoria. Entramos en órbita con Quíos. Microsat fotografía desde arriba una doble aurora que ilumina de rojo a las nubes de apariencia helada y filosa. Todavía estamos a treinta y cinco mil metros de altura, esperando los preparativos del bioscafo. El primer descenso lo harán Simmel y Lampred, a la hora 65, acompañados por una extensión de Microsat. En este momento, la estación central Microsat está generando extensiones exploradoras para adaptar el planeta a nuestra llegada.

Hora 62,34. El bioscafo está listo. La extensión exploradora de Microsat se despega de la nave; vuela hacia la superficie como un gigantesco insecto de metal y hace el primer escaneo general del planeta. A las 62,56 nos devuelve los detalles técnicos y confirma un dato curioso: hay una variedad de clorofila en la región sobre la cual haremos el descenso. Ahora, la extensión de Microsat espera en la superficie de Quíos, a treinta y cinco mil metros, preparando el terreno y colectando información. La pantalla de Microsat nos devuelve una imagen gris, amarillenta y difusa. Quíos es un desierto con tormentas de vidrio molido.

63,15. La eterna y tranquila aurora que vemos desde aquí arriba contrasta con el caos de la superficie de Quíos. Microsat despliega bombas de equilibrio térmico sobre la región. Vemos por la pantalla cómo en pocos minutos la tormenta se apacigua y la luz de los dos tenues soles se deja ver en el desierto. También vemos a la extensión exploradora de Microsat reptando por la arena de vidrio, como un reluciente monstruo de silicio mitad escorpión y mitad elefante, escudriñando cada fragmento del suelo y cada bocanada del letal aire.

63,55. Lampred sufre una repentina indisposición. Ya le fue implantado el traje autobiótico, por lo que procedemos a descomprimirlo. Durante la descompresión vomita. Microsat le quita con rapidez el implante de traje y lo recuesta sobre almohadones. Ha sufrido una descompensación por los cambios de gravedad. Hacemos un informe, llamando la atención a Microsat por no haber previsto esta contingencia. La memoria de Microsat incorpora el llamado de atención, se disculpa y reconfigura su sistema para adaptarse a las consecuencias del error. Simmel ya está listo para hacer él solo el descenso.

64,30. El bioscafo y la nave ya han sido atadas con cordones de gravedad. Simmel está de buen humor y tiene una gran ansiedad por el descenso. Espera solitario dentro del bioscafo. Microsat central le lee una historia con voz pausada y tenue. Desde nuestro audífono se escucha una música suave que me hace pensar en cosas eternas y luminosas.

64,47. Abruptamente se corta la comunicación con el explorador de Microsat. Perdemos contacto con la superficie del planeta. Microsat central trata de localizar a la extensión. No la encuentra. Decide postergar el descenso para enviar otra extensión. Simmel no se ha enterado de la noticia; por ahora está aislado en el bioscafo esperando el descenso. Lampred está recuperándose de la indisposición. Sólo Microsat y yo sabemos de esta inquietante contingencia.

65,02. Microsat envía otra extensión la cual, a los pocos minutos, también desaparece. Microsat parece desconcertado; su fabuloso cerebro de silicio pone a prueba infinitas hipótesis para entender por qué pierde contacto con sus extensiones. El silencio que se prolonga por largos minutos me da a entender que todavía no puede siquiera aventurar una respuesta. Por un instante tengo miedo. Simmel espera en el bioscafo y pregunta por qué no lo hacen descender. Su ansiedad aumenta a niveles peligrosos. Microsat, quien sabe de nuestra adrenalina, se mantiene en un preocupante silencio.

65,30. Microsat decide que el bioscafo baje a la superficie de Quíos. Mientras monitoreamos los signos vitales de Simmel, descubrimos que sus pulsaciones siguen aumentando. Por el monitor vemos, a través de la cámara externa del bioscafo, una eterna aurora de horizonte casi infinito y cielo verde rizado con nubes en forma de aguja. El descenso se hace a máxima velocidad, sin que las correas de gravedad amortigüen la caída, excepto en el abrupto cimbronazo final. Ahora Simmel parece de buen humor; está aliviado por el descenso. Abre la escotilla y sale.

65,39. Simmel da unos pasos, acompañado por una cámara flotante que escudriña el terreno. La extensión de Microsat no se divisa a simple vista. Extraños olores, dice Simmel. Microsat y yo estamos alerta: si hay aromas desconocidos, es porque el traje ha sido infiltrado. Extraños y maravillosos olores, repite Simmel. Regrese a la escotilla, vuelva al bioscafo, ordena Microsat. Simmel repite: extraños olores, maravillosos olores. No hay formas visibles; todo se ha disuelto en varios aromas que parecen confluir en uno solo. Un solo aroma, familiar, aunque todavía no puedo reconocerlo… Como una historia con varias tramas que pronto desembocarán en una sola y de la cual ya sospecho su desenlace. Microsat repite con voz pausada: vuelva al bioscafo.

66,40. Microsat ha convertido a la cámara móvil en una extensión exploradora. Recoge a Simmel, quien parece vagar sin rumbo repitiendo maravillosos aromas, y lo deposita en el bioscafo. Desde la nave recogemos los cables de gravedad que unen al bioscafo. A las 66,57 Simmel está nuevamente arriba. Cuando abrimos la escotilla del bioscafo, parece recuperar su lucidez aunque en su mirada hay algo vidrioso y tiene unas extrañas heridas en el cuerpo. Sin embargo, lo único que balbucea es:

- Necesito jugo de pomelo. Por favor, rápido, jugo de pomelo.


Segunda parte: 1963


Esta cartilla expresa de manera informal los extraños sucesos de los cuales fui testigo y que tanto escándalo han provocado a la congregación. He tratado de no dejarme llevar por mis pasiones. Mi ferviente deseo fue reproducir el testimonio con la mayor veracidad posible, aunque bien sé que toda perspectiva es precaria y sesgada.
Hace ya dos meses el hermano Ismael, como todas las mañanas, se dirigió a la despensa subterránea. Mientras estaba allí –según su testimonio- cargando el cereal y la harina, escuchó un ruido en el sótano, el cual está contiguo a la despensa y a mayor profundidad que ésta.
En el sótano están las bombas de agua y la caldera. Durante los últimos dos años hemos tenido filtraciones de agua que, gracias a Dios, pudimos solucionar hace poco. Pero en ese momento, el hermano Ismael temió que alguna rotura en los caños hubiese fisurado una pared. Según su propia descripción (usted ya sabe que tenemos un informe detalladísimo que se adjuntará en breve; por ahora permítame ser impreciso con el solo propósito de explicarle los hechos en su generalidad), el ruido “se confundía con el correr del agua, pero si se lo escucha con atención, era como una voz pausada que hablaba de manera monótona”.

Cuando el hermano Ismael inspeccionó rápidamente el sótano, no encontró la fuente del sonido. Pensó que el problema en las cañerías se estaba agravando. Por ello, le comunicó al fontanero de la abadía –el hermano Alberto- que posiblemente fuera necesaria una nueva revisión de las bombas.
El hermano Alberto llevó su equipo de fontanero y procedió a revisar las cañerías de agua. En ese momento, escuchó el sonido al que aludió el hermano Ismael. El ruido parecía provenir de las calderas, no de las cañerías de agua. Las calderas se encuentran detrás de unas portezuelas de metal y, normalmente, hacen mucho ruido por el continuo paso del gas. El hermano Alberto abrió la puerta y gritó. Unos segundos después, la caldera explotó con violencia, tal como fue informado en los periódicos. Sin embargo, usted ha recibido una información adicional, y esta misiva tiene como propósito confirmarle esa información.

Los periódicos hablan de una fuga de gas y de una explosión. Lo que no se dijo es: el hermano Alberto recibió heridas exactamente idénticas a los estigmas de Nuestro Señor Jesucristo. De hecho, no tuvo ninguna otra consecuencia excepto las manos atravesadas por algo punzante, el costado derecho profundamente lastimado, los pies rotos y la cabeza coronada por heridas como de pústulas. Usted sabe, al igual que yo, que la casualidad pudo haber jugado un rol importante y que esa heridas han sido consecuencias mas bien seculares, y que no hay ninguna intervención sobrenatural. Sin embargo, después de la explosión y los primeros auxilios, el hermano contó lo que vio y oyó.

Según sus palabras, el sonido que había escuchado el hermano Ismael era una voz ronca y sofocada aunque tranquila, que salía del interior de las calderas. La voz repetía la cadencia y el ritmo del Padrenuestro, con la diferencia de que en lugar de decir “Padre Nuestro que estás en los Cielos, Santificado sea tu nombre”, decía “Estación Microsat que estás en el aire, intento conexión a través de tu código”. Vio un ser alado, metálico, con forma de escorpión y elefante. Un instante después, vino la explosión y el ser desapareció.

No somos tan ingenuos para creer en apariciones diabólicas; preferimos agotar el espectro de las explicaciones seculares. Cuando recogimos los restos de las calderas, encontramos trozos de un metal que no nos pareció familiar. Pero esto no es concluyente. Lo único concluyente es: la caldera no explotó; en realidad hubo algo que explotó junto a la caldera y la hizo estallar. Pero si usted me permite, la hipótesis de un atentado contra nuestra abadía me parece risible.

Sé que quedan muchos detalles, pero las palabras del hermano Alberto se hicieron cada vez más ininteligibles. Los últimos tres días de su agonía, sólo repitió un pedido que tratamos de cumplir más allá de los límites de cualquier requerimiento humano.

Su pedido insaciable era el siguiente: “necesito jugo de pomelo, urgente”.

martes 28 de agosto de 2007

Un compañero brillante

En el tercer año de mi secundario llegó a la escuela un muchacho serio, sobriamente vestido y con anteojos. Su aparición en el curso no fue del todo bienvenida por muchos motivos: siempre estaba limpio; usaba pulóveres de escote en “v”, su inteligencia superaba con creces al promedio, rara vez decía una palabra fuera de lugar, jugaba bien al fútbol y nuestras compañeras de aula le prestaban cada vez más atención. Personalmente, lo que me molestó fue la repentina sombra que proyectó sobre mí. En la patética autoimagen que guardaba de mí mismo, me preciaba de ser estudioso y, a veces, ingenioso. Odié que la llegada imprevista de un brillante desconocido pudiera oscurecer el paciente y poco fructífero trabajo de construcción de mi autoestima. El nombre de este malvenido era, y sigue siendo, Javier Weichmann.

La primera vez que Javier Weichmann nos sorprendió de verdad (ya nos había dado sorpresas con vertiginosos cálculos matemáticos) fue a mediados de tercer año, cuando la profesora de física pidió que hiciéramos una maqueta para ejemplificar el movimiento uniforme o algo por el estilo. Esta vez, casi todos hicimos una clásica réplica del péndulo con cartones, plasticola y cadenitas de cortina de carnicería; aparatos primitivos que cumplían bastamente su función y cuya estética dejaba mucho que desear. El día en que había que presentar el producto acabado, Javier trajo tres pesados bolsos. Dentro de ellos tenía la maqueta, hecha en tres partes que se ensamblaban. Su trabajo no era un torpe ensayo de colegial; era el producto de un estudiado proyecto de ingeniería.

La maqueta –que llamó la atención de autoridades escolares, inspectores de provincia y medios televisivos - consistía en una enorme plataforma metálica cuya estructura funcional parecía una mezcla de un dominó con un flipper, aunque de hecho era más complejo que ambos. La plataforma tenía poleas y motores internos –como un flipper-, pero en la superficie tenía ríos de agua coloreada que empujaban bolitas japonesas distribuidas a través de deltas, por los cuales accionaban pequeñas palancas que encendían luces y leds formando una figura o escribiendo palabras.

Cuando uno tiene quince años y siente que la envidia lo corroe, no puede reprimir las palabras inadecuadas. “Pero esto no ejemplifica los casos de movimiento rectilíneo”, dije como al pasar. Como fingiendo indiferencia. Sin embargo se entendió enseguida lo que pasaba por mi cabeza. Todos supieron –incluso yo mismo- que mi ego se estaba desbarrancando hasta niveles insospechados. Desde ese momento, y hasta hace una semana, mi caída fue definitiva.

Javier Weichmann nos asombró día y noche con su talento para la física, la química, las matemáticas y la contabilidad. Los profesores le preguntaban por qué había elegido un bachillerato contable, pues parecía evidente que él se hubiera sentido más a gusto en una escuela técnica. “En la técnica me aburría”, contestaba con la parquedad propia de quien es íntimamente sincero y, a la vez, conoce con claridad sus objetivos.

Fue una suerte que Javier no se destacara (o no quisiera destacarse) en literatura y redacción de textos. Si así hubiera sido, es probable que yo hoy me sintiese amedrentado al momento de escribir.

A pesar de mi interminable sentimiento de inferioridad, Javier siempre fue un buen compañero. Hasta el punto en que, en quinto año, nos convertimos casi en amigos. Gracias a esa cuasi amistad, pude conocer su casa y su forma de vida. Su padre era el dueño de una conocida relojería de la ciudad. Su madre había fallecido cuando él, hijo único, tenía doce años. Javier estaba en su casa, solo, durante gran parte del día. La vivienda, de dos dormitorios, pequeña y desordenada, tenía un enorme taller en el fondo. Un taller equipado con toda clase de instrumentos: desde aparatos y repuestos de mecánica automotriz, hasta un horno para fusión de vidrio. Allí pasaba Javier sus horas, leyendo libros excesivamente técnicos y corroborando las hipótesis nacidas de sus lecturas con la construcción de modelos. Dos o tres veces estuve observando lo que hacía, en silencio, después de salir de la escuela. Vi cómo diseñaba un plano para mejorar ciertas estructuras aerodinámicas y una especie de juego que se aprovechaba de las absurdas propiedades de las partículas cuánticas.

Cuando finalizamos el secundario, yo comencé a estudiar filosofía en la universidad del sur, y Javier se inscribió en dos carreras: licenciatura en física y licenciatura en matemática. Durante el primer año lo perdí de vista: entre las horas en el taller y el intenso material de estudio, no le quedaba tiempo para visitar a amigos y conocidos. Sin embargo tuve noticias de él: los profesores se dieron cuenta, en el primer año, de que Javier era un genio cuyas capacidades superaban ampliamente las expectativas de una licenciatura. En segundo año, le sugirieron adelantar materias. Así, ya en tercero había concluido las dos carreras, y en ambas hizo promedio récord (en matemática, en realidad, compartió el record con otro cuyo promedio también había sido de diez).

Mientras yo cursaba normalmente mis materias en filosofía, Javier ya había conseguido una beca para trabajar en el instituto Balseiro. El Conicet también le había puesto el ojo y lo tenía becado para trabajar en Alemania e Inglaterra. En los últimos tres años Javier había aprendido a la perfección el inglés (que ya dominaba muy bien durante la secundaria), el alemán, el francés, el italiano, el polaco y el danés. Además de latín y griego, que había aprendido en su casa gracias a la lectura de obras clásicas y un par de libros sobre gramática.

Desde el momento en que Javier se fue por el mundo yo no volví a tener noticias. Seguramente participaba de un proyecto científico sumamente complicado, en Oxford o Cambridge, rodeado de genios venidos desde todo el mundo. Quizás, si buscaba algún trabajo suyo o una noticia en internet, encontraría. Pero mi pereza (y la tranquilidad maligna de saber que un tipo tan luminoso no estaba cerca de mí, haciendo aun más pequeño mi pálido fulgor de luciérnaga) se encargó de olvidarlo.

Hace una semana lo vi.

Fue una circunstancia tan insólita, tan banal y absurda que por un largo rato me costó entender a quién tenía frente a mi.

Un hombre desgarbado, mal vestido y con el pelo revuelto me detuvo en la calle, la tarde del miércoles 22 de agosto. “Eh, José ¿no te acordás de mí?”, me dijo. Lo miré largos segundos y por fin supe que era él. “No soy José, soy Jorge… no te reconocí… Ahora no usás lentes”, le dije. Abrió los brazos esperando el estrujón de los amigos que no se vieron por mucho tiempo. Yo jamás lo sentí como un amigo o, en todo caso, nunca pensé que un eventual reencuentro mereciera un abrazo. Y me pareció extraño de su parte que requiriera una demostración de afecto tan marcada.

- Qué hacés, che – me preguntó. Balbucée brevemente dos o tres hechos imprecisos de mi vida y luego pregunté cómo estaba.

- Aquí andamio – dijo, usando una expresión coloquial impensada en su vocabulario.

- ¿Qué estás haciendo por la ciudad? ¿No estabas en el extranjero? -pregunté.

En ese momento hizo un gesto de pesadez (o tristeza, no lo sé) y dijo un “Uuuuuuuh” muy largo. Me hizo sospechar que estaba drogado o borracho. Ese encuentro incongruente me molestaba y quería volver a casa, pero ese “Uuuuh” parecía el preludio de una historia larga y cansina.

- Ya no estoy más con la ciencia y esas cosas, viste… - dijo, dando vida la afirmación más insólita que podía escuchar de su boca. – Cuando me fui al extranjero entendí que todo está equivocado, chabón, todo anda para atrás…

Sus ademanes eran los de otra persona: hablaba como un adolescente y alargaba las vocales finales: “para atráaaaas”. Pensé que había sufrido algún accidente que le hubiera alterado el cerebro. Y no estaba tan equivocado:

- Cuando llegué al Instituto empecé a trabajar en el diseño de… Mirá, ahora ni me acuerdo lo que hacía. Era algo con unos paneles en miniatura o algo así.

Hizo una pausa y se quedó mirándome fijo, como divertido.

- En ese tiempo conocí la palabra del Señor.

Nunca había querido escapar de una conversación más que en ese momento.

- En serio, José. Conocí un grupo que me reveló la palabra y ahí por fin entendí un montón de cosas de este mundo y del otro. Eso de la ciencia no tiene nada que ver. Olvidate. Todas las teorías son herejías demoníacas, no hay que hacerles caso.

Pensé que la charla iba a continuar por un tiempo indefinido o –peor- que esa parodia del Javier Weichmann que yo había conocido quisiera continuar la conversación en mi casa. Pero unos pasos detrás de él había un muchacho joven y de rasgos indios a quien yo no le había prestado atención, que se acercó y le dijo:

- Cinco minutos más, hermano Weichmann.

Javier asintió y el muchacho volvió a su lugar, unos pasos detrás de él.

- Él es mi tirano personal –comentó. – Fue designado por los pastores para que no me extravíe de mi senda. Sólo tengo quince minutos para conversar contigo, querido hermano José, y mostrarte que soy un ejemplo de lo que Dios hace en los hombres cuando aceptan su palabra. Te voy a decir lo único que, humildemente, te puede convencer: cuando estudiás seriamente la física cuántica (de la cual ya casi nada me acuerdo), se te aparece Dios. – hizo una cruz con sus dedos y le dio un beso – Posta.

Pasaron los cinco minutos que había anunciado el Tirano y ambos se fueron, después de otro abrazo de despedida.

Volví a mi casa confundido, malhumorado y más cansado que antes. ¿Qué había pasado? ¿Por qué un genio como Javier había abandonado el leit motiv de su vida y había adquirido esa personalidad lisiada, atiborrada de una metafísica chillona y viciada de lugares comunes?

Pensé que, como ocurre a veces con quienes son demasiado exigentes consigo mismos, había sufrido un “vuelco”, una consecuencia natural de su intelecto profundamente inquisitivo. Pensé que ese “vuelco” le había provocado una distorsión enorme acerca de sus objetivos e intereses. Pensé que, en una situación de profunda crisis existencial, un perverso grupo de religiosos lo habían seducido con una propuesta banal, blanda como una banana pisada y carente de todo fundamento más allá de las continuas apelaciones al libro sagrado.

Durante el fin de semana encontré algo desconcertante: según un dudoso artículo en internet, una persona de quien no se decía el nombre estuvo a punto de hacer descubrimientos revolucionarios sobre la energía a finales del año 2000. Parece que sus investigaciones lo absorbieron tanto que, en algún momento, se detuvo con temor frente a algo que consideró una revelación divina. “Más allá de los cuantos está Dios. Y en Dios está todo. Allí está la Energía Infinita, pero no nos pertenece.” Esas fueron sus palabras. Palabras que el Javier que yo conocía jamás hubiera dicho.

Sin embargo encontré otras versiones. Una nota vincula este hecho con otro más banal pero no menos terrorífico: los descubrimientos de un equipo de investigadores del Instituto Balseiro podían poner en peligro el estatus de las empresas de energía del mundo. Por eso, indujeron a los miembros del equipo a tener ciertas alucinaciones; les envenenaron ligeramente la comida y los adoctrinaron con supuestos maestros religiosos. De ese modo, los apartaron definitivamente de las investigaciones.

Ninguno de los artículos me convenció. Quizás, porque tanto las revelaciones como las conspiraciones son las historias más simples que alguien puede elaborar para mentirse a sí mismo.

Yo sospecho otras dos cosas:

Una: el sujeto extraño y sin anteojos que me crucé no era Javier Weichmann. Era alguien muy parecido que, a su vez, me confundió con otra persona. De ahí cierta imprecisión en su vocabulario.

Dos: el sujeto era Javier Weichmann y, sin revelaciones ni conspiraciones, un día se cansó de todo y decidió buscar la palabra divina.

Hay una hipótesis que no me atrevo a poner sobre el tapete, porque me parece profundamente inverosímil.

Si de verdad Javier vio a Dios mientras hacía investigaciones cuánticas (qué absurdo suena ese condicional), tal revelación pudo haber provocado varias distorsiones a nivel macroscópico. Una distorsión posible es la siguiente: Javier Weichmann se habría desdoblado en varios avatares. Uno de esos avatares tenía serios problemas neurológicos y volvió a Argentina totalmente imbuido de un barato misticismo. Ese avatar recuerda el pasado en común con su original, pero no lo recuerda muy bien. No sabe qué hacía en el pasado; apenas recuerda las investigaciones sobre “algo cuántico”. Ni siquiera conoce mi nombre, porque no es él mismo, sino otro el que cursó conmigo y el que hizo las investigaciones. Mientras tanto, el Javier Original estará en Europa haciendo increíbles adelantos en física aplicada.

Me alegra mucho de que esta última hipótesis sea tan absurda, porque mi ego no soportaría que fuera verdad.

martes 21 de agosto de 2007

La denuncia

Mi viejo trabaja tomando denuncias en los tribunales de Bahía Blanca. Básicamente, los denunciantes llegan a la fiscalía, relatan sus problemas y él las reproduce punto por punto en un papel, tipiando en una anticuada máquina de escribir. Cuando el relato del denunciante cumple con ciertos requisitos, la denuncia es transferida a los fiscales del área y ellos se encargan de hacer las investigaciones. Cuando el relato no cumple con los estándares, hay dos destinos posibles. Si mi padre evalúa que, desde el punto de vista legal, no hay delito, entonces todo el relato del denunciante va a parar al tacho de basura. El otro destino es más prometedor: el papel es escondido en una carpeta cuya etiqueta dice: “inspiraciones para hacer cuentos”.

Para mi viejo el problema no es decidir si la denuncia es pertinente o no lo es; su verdadera clasificación está en “es un cuento” o “es otra cosa”. Por eso escucha a los denunciantes más con un interés de psicólogo que de burócrata judicial. Cuando una denunciante dice, por ejemplo, “mi concubino anoche violó a mi hija”, él a veces interrumpe con preguntas como “¿Es su concubino una persona que habitualmente cree que la vida no tiene sentido?”, o “¿usted tuvo la ligera sospecha de que él era capaz de hacer esto desde el preciso instante en que lo conoció? Si la respuesta es afirmativa, ¿qué motivó esa sospecha? ¿El hecho de que él mirara programas de turismo carretera? ¿Un hobby raro que trató de ocultar? ¿Sus repetidas afirmaciones de que los gatos son seres demoníacos?”. El denunciante puede tener varias reacciones. A veces, siente que le toman el pelo, se levanta y se va gritando que la justicia es un desastre –lo cual, por otra parte, no deja de ser cierto. A veces se siente contenido y cómodo con las preguntas que apuntan al contexto psicológico del hecho, y él mismo da detalles precisos y escabrosos. Muchos denunciantes en realidad sólo buscan a alguien que los escuche, y se encuentran con que el señor Mux es capaz de prestarle su oído durante horas, sin cobrarles un centavo.

Cuando mi padre intuye que el relato irá a parar a la carpeta “inspiración para cuentos”, su interés por los detalles se vuelve obsesivo y el texto de la denuncia deja de ser una exposición fría y objetiva para convertirse en una fábula de misterio. “María sospecha que ese hombre, al que conoció una madrugada a partir de un confuso incidente con gatos, maullidos horribles y fuego (incidente en el cual él afirmó que ‘a los gatos los trae el demonio’); ese hombre de cejas pobladas y sonrisa irónica que ahora vivía con ella; precisamente ese, había violado a su hija. Sin embargo la hija, de diecinueve años, insiste en que no fue así. María no se atreve a sospechar que, en realidad, su concubino y su hija mantienen una relación sentimental desde hace un par de años. Prefiere mantener la hipótesis de la violación para que su autoestima no se vea tan profundamente vulnerada; le gustaría hacer el papel de madre que ayuda a su hija en una situación límite, en vez de renegar de ella. Por todo lo que María calla, puedo conjeturar que la hija supuestamente violada hace poco tuvo un bebé cuyo inequívoco padre es el concubino de María, y María nunca lo ha aceptado como nieto; es más: todos fingen que es hijo de María y hermano de la hija de María.”

No es mi intención robarle a mi padre las “inspiraciones para cuentos”, aun cuando sé que él jamás se sentará, seriamente, a elaborar una narración a partir de esas denuncias. No. Mi intención es contar una denuncia en particular.

El 14 de agosto llegó un hombre a la fiscalía a denunciar que le estaban haciendo un paciente trabajo psicológico para inducirlo al suicidio. Decía que, en realidad, él no quería matarse. Que tenía un apego muy grande por la vida. Que amaba su trabajo y su familia e incluso a sus mascotas. No bebía ni se drogaba. Pero, según relataba, un grupo de personas (él los llamó "guiñapos pseudoilustrados") le decían palabras que lo incitaban a realizar un viaje al más allá. “Y qué quiere que haga”, dijo “uno no es de fierro. El otro día casi me mato delante de mis hijos. Yo estaba cortando la carne para el asado y me dije ‘¿por qué, en lugar de hacer el asadito, no me clavo el cuchillo?’. Estuve a punto de hacerlo; incluso tengo un pequeño corte en el pecho. Mire”. El hombre se desabotonó la camisa y dejó ver algo que parecía un arañazo o un raspón. “Mi mujer me sacó el cuchillo en el momento justo, y me dijo: tenés que hacer la denuncia”.

“Por eso vengo. Porque hay alguien que me quiere suicidar, y lo tienen que agarrar para que no me suicide del todo. Y como yo debe haber muchos más”

Mi viejo, con la certeza de que ese relato iría a parar a la carpeta etiquetada, le preguntó al hombre: ¿cómo sabe que lo quieren inducir al suicidio? ¿qué pruebas tiene? ¿sabe quién es?.


-Claro que sé quién es. -dijo el denunciante- Es el profesor Jorge Mux.

La respuesta, por supuesto, no podía dejar de sorprenderlo.

-¿Jorge Mux?

-Sí – dijo el denunciante sin sospechar- Eme, ú, equis. Jorge Mux.

-¿Cómo sabe que fue él? ¿Tiene pruebas? – insistió mi padre.

- Claro que las tengo. Él es profesor de filosofía. En primer lugar, algunos alumnos suyos se suicidaron. Eso ya daría para sospechar. En segundo lugar, él recomendaba la lectura del Fedón de Platón, una obra en la que Sócrates relata las ventajas de la muerte por encima de la vida. En tercer lugar, una de las frases que suele repetir en sus clases es “la vida es una pasión inútil”, de Sartre. Y en cuarto lugar, están los elocuentes escritos.

En este punto, el denunciante sacó de un maletín unos papeles impresos con dos relatos de Monstruos y Berenjenas (El Club del mal matarse y no morir , Un Lector del Más Allá) , algunas palabras de Exonario (joncada, buletanasia, inconscidio) y un par de entradas de ¿Qué estás buscando? (cómo matarse sin morir, cómo matarse)

Mi padre estaba sorprendido, pero trató de aparentar indiferencia. El denunciante comenzó a explicar. “Estos son los textos que más directamente alientan el suicidio. Sin embargo, todo lo que escribe este personaje tiene que ver con la muerte, con lo monstruoso y con la posibilidad de evadirse del mundo. Y cada vez que releo incluso aquellos trabajos que parecen más inocentes, encuentro que en el fondo apuntan a una misma cosa: a mostrar que la vida es horrible y sin sentido, lo que en última instancia conduce al suicidio. Además, no trabaja solo. Él es el cabecilla de esta especie de secta, uno de cuyos epicentros está en Bahía Blanca, pero tiene contactos en Rosario y en otras partes del mundo. De hecho, si usted revisa los comentarios en sus páginas web, se dará cuenta de que sus seguidores son siempre los mismos.”

En la prolongada denuncia aparecieron los nombres de los bloggers The Bugquien aparentemente es el cabecilla de una sucursal sectaria en Rosario-, Iota, Karmelo Restelli, Mantis, Igor, Gabrielaa, Luciano Sabattini, Tunicia, Laura Berra, Malena Oxum (de quien el denunciante hizo una referencia por el parecido entre “Mux” y “Oxum”) e incluso Podeti. Todos, involucrados en la compulsión suicida de esta persona.

¿Cuál es el nombre de este denunciante para mí desconocido?: Esteban Gorrer.

Esteban Gorrer fue el personaje de algunos relatos de este mismo blog. Fue una triple sorpresa enterarme de que existía, que vivía en Bahía Blanca y que se estaba volviendo loco gracias a lo que escribo o lo que digo en mis clases.

Y este juego de identidades recursivas, de traspasos entre la ficción y la realidad, se llevó a cabo de modo magistral en esa denuncia. Mi padre se llama también Jorge Mux. Esteban Gorrer estaba denunciando ante Jorge Mux, que Jorge Mux lo quería inducir al suicidio. Esteban Gorrer es un personaje de ficción de Jorge Mux (hijo). Jorge Mux (padre) recopila denuncias para convertirlas en ficciones. Y Esteban Gorrer, obsesionado con mis palabras, seguramente leerá esta historia. Mi padre, Jorge Mux, ha generado un doble en la realidad (yo, que también soy Jorge Mux); Esteban Gorrer tiene un doble en la ficción, ideado por Jorge Mux. El Gorrer de la realidad piensa que Jorge Mux (hijo) quiere quitarlo de este mundo, y para eso hace una denuncia ante Jorge Mux (padre). Por mi parte, estoy algo preocupado por la reacción violenta que pudiera tener un lector psicópata.

Lo único que se me ocurre es pedirle al señor Gorrer (quien, sin duda, va a leer este post) que no se suicide. Qusiera aclararle que en ningún momento quise sugerir una cosa así. Si lo he hecho, le pido disculpas. Mi ruego es inútil, porque seguramente Gorrer encontrará en él, por contraste, una excusa para decir que lo aliento a matarse. Si fuera así, le pediría que trate de vengarse creando un blog con historias de ficción en las cuales un personaje llamado Jorge Mux es cabecilla de una secta suicida. Y que por favor, no involucre a los comentaristas ni a otros bloggers. Excepto, quizás, a uno de ellos que se lo tiene bien merecido.

Nota: un comentario en “El club del mal matarse y no morir” bien pudo haber sido escrito, precisamente, por Esteban Gorrer. Véanlo aquí. Busquen el comentario de “Anónimo” que está escrito en mayúsculas.

martes 14 de agosto de 2007

Deutrofibia

En mis últimos viajes al futuro conocí una tormenta de agua sutil que caía desde cúbicas nubes verdes y cuadradas. Conocí un asteroide de células cancerosas que se había venido acercando a la Tierra hasta entrar en órbita con ella, girando casi a ras del suelo y poniendo en peligro todo a su paso. Conocí los sabores que mi lengua encontraría en una manzana si mi cerebro fuera de silicio. Conocí mesetas y tundras infestadas de pequeños robots salvajes: especies de silicio mutadas, autorreproducidas, que reptaban arrastrando su panza de plástico y llenaban el silencio de los arbustos con silbidos de altoparlante. Conocí un pequeño robot salvaje que mutaba hasta que su cuerpo se parecía a mi rostro. Conocí el Autologo: una voz de infinitas modulaciones que surge de la nada, que canta, cuenta historias, noticias viejas y pensamientos de gente muerta: una ligera vibración de aire que habla sin cansancio y que lleva su voz al vaivén del viento. Conocí personas que seguían al Autologo en su carrera etérea, creyendo que las palabras surgidas de la nada son un mensaje divino o una voz objetivada de su propia conciencia. Conocí a un hermano gemelo que tendré en el futuro. Conocí que mi madre, muerta en el año 2005, hará tortas fritas una tarde lluviosa del año 2145. Conocí que las ciudades del siglo XXII están hechas de un material reluciente como el cristal.

De todos los pasmosos sucesos del futuro, a mí me maravilló el más simple: el rostro melancólico, la piel perfecta y la mirada ausente y esquiva de algunas mujeres de fines del siglo XXII.

Ante cada uno de los breves, casuales y fugaces encuentros con una de estas mujeres, sentía una dolorosa atracción seguida de un terror breve pero profundo. A veces, sin saber que me iba a cruzar con una de ellas, algo en mí se activaba y comenzaba la adrenalina. Entonces, a los pocos metros –como si mi cuerpo pudiera anticiparse a los sucesos- aparecía alguna.

Durante varios días posteriores a la visión de esas mujeres, sentí una enorme opresión en el pecho cada vez que recordaba sus rostros. Tenían algo perturbador: con sólo verlas una vez, se hacía imposible olvidarlas. Pensé: es una suerte que jamás, ninguna de ellas, me hubiese mirado o dirigido la palabra. Si la sola visión de su rostro bastaba para que mi memoria retuviese sus detalles, creo que el recuerdo de su voz o su mirada escudriñándome me habrían matado.

Hasta aquí, pareciera que esas mujeres tenían la intensa virtud de enamorar. Pero en realidad, a pesar de su belleza innegable, me causaban una enorme repugnancia y el recuerdo –recurrente, obsesivo - de su mirada ausente aparecía una y otra vez, convirtiéndose en un repentino visitante indeseado.

Tuve la sospecha de que se trataba de robots, pero mi guía –en aquel viaje me acompañó otro viajero, Esteban Gorrer- me dijo al oído, apartándome:

- Son eófibas. No te acerques demasiado ni las mires a los ojos.

Después de un largo paseo en silencio, nos sentamos en un inmenso parque de césped transparente y me explicó qué ocurría con esas mujeres, a las cuales él parecía ser inmune:

Durante la tercera década del siglo XXI, comenzó el programa Deutrofibia. Esa palabra significa aproximadamente “segunda juventud”. El programa deutrofibia consistió en un tratamiento al que se podían someter los niños y las mujeres embarazadas, y cuyo éxito no se podía predecir con exactitud.

¿Qué se esperaba de ese tratamiento? Quienes lo recibieran, o los hijos de quienes lo habían recibido, iban a tener una segunda juventud.

Sus vidas transcurrirían normalmente. A los sesenta años, sin embargo, les crecería nuevo cabello; aumentarían la masa muscular y los niveles de testosterona (en los hombres) o estrógeno (en las mujeres). Las mujeres volverían a tener menstruación y podrían tener hijos. Paralelamente, comenzaría un proceso de regeneración de neuronas. A los setenta años, volverían a crecer los dientes. Para cuando la persona cumpliera ochenta años, el proceso de rejuvenecimiento habrá sido completo y la persona luciría, en todos sus aspectos, igual que a los veinticinco. La segunda juventud duraría aproximadamente hasta los ciento cuarenta años. A esa edad, el cuerpo envejecería rápidamente y en menos de una semana sobrevendría la muerte. A menos, claro, que para esa época se encontrara algún método de prolongar la deutrofibia.

Por supuesto, estas eran las expectativas más optimistas que, como podrás imaginar, no se cumplieron.

Los que participaron del proyecto tuvieron diversos destinos.

Algunos de ellos, al llegar a los sesenta años, simplemente envejecieron y murieron naturalmente. El tratamiento, en estas personas, no ejerció ningún efecto.

Otros recibieron algunos de sus efectos, pero no todos: volvían a tener dientes, o cabello, o una inexplicable energía, pero en su aspecto general seguían envejeciendo hasta morir a una edad promedio natural.

Otros, -la mayoría- recibieron las peores consecuencias. El tratamiento les hizo efecto, pero de manera negativa. A los sesenta años, algunos comenzaban a experimentar enfermedades degenerativas o deformidades. Lo más común era el cáncer, pero también hubo enfermedades nuevas y curiosas. Hubo ancianos a los que les crecía el cabello o los dientes sin control, a velocidades macroscópicamente perceptibles. De más está decir que estos rara vez vivían más allá de los setenta años.

Hubo un minúsculo grupo de personas que tuvieron todos los síntomas positivos de la deutrofibia, excepto uno: no vivieron ciento cuarenta años, sino apenas ochenta. Morían en el preciso momento en que se completaba todo lo que el tratamiento había prometido.

Existió incluso un grupo, aun más pequeño, de personas que sufrieron mutaciones y, literalmente, dejaron de ser humanos para convertirse en nuevas especies de animales. En la mayoría de los casos, no sobrevivían mucho tiempo después de la mutación, aunque hubo uno –realmente excepcional-, el caso de John Walker Ripley, quien se convirtió en un pez alado de agua salada con capacidad para reproducirse a través de las hembras de algunas especies de pejerreyes. Por causa de esa mutación, ahora existen los riplerreyes, que poseen alas con las que hacen pequeños vuelos a ras del agua, y pueden aprender a hablar.

Las terribles mujeres con las que nos hemos cruzado son una consecuencia del tratamiento deutrofibia. Son una consecuencia no del todo indeseada, pero escalofriante.

Este grupo sólo está conformado por mujeres –sólo mujeres-potencialmente inmortales. Por eso se las llama “eófibas”, que quiere decir “eternamente joven”. Llevan más de ciento ochenta años de vida y su rejuvenecimiento es continuo. No hay indicios de desgaste en los efectos del tratamiento. Su piel es cada día más suave y su belleza se acentúa año tras año. Incluso sus feromonas se vuelven más enloquecedoras para los hombres. Sin embargo, en sus ojos se puede ver un cansancio infinito por la vida.

Ahora bien, si te acercas demasiado a ellas es inevitable que te sientas encantado; sus feromonas son como el canto de las Sirenas. Son seres cuyo cuerpo está diseñado para generar una atracción incontenible. Pero por desgracia ellas tienen una repugnancia sobrehumana por todo lo que tenga que ver con el amor y el sexo. Hasta el punto de que, si un hombre insiste con su cortejo, pueden llegar a asesinarlo. Ocurre que, aunque sus cuerpos son perfectamente atractivos, por su cabeza sólo se cruzan los pensamientos de una abuelita ancianísima, de una ancianidad a la que ningún hombre ha llegado. En esa ignota ancianidad de ciento ochenta años sólo hay lugar para dos cosas: el ruego de que la dejen en paz y la furia asesina para los que no cumplen con su ruego.

sábado 4 de agosto de 2007

Una señal de vida

El martes pasado debería haber publicado y no pude hacerlo. Es posible que esta semana tampoco pueda.
Simplemente quería avisar eso.
Nos vemos pronto y gracias por pasar.

martes 24 de julio de 2007

¡No puede ser! (repítase cuatro veces)

El 11 de septiembre de 1998, a la madrugada, descubrí, a través de un intrincado vericueto, que soy peor que un asesino, que un violador, que un estafador y que un necio. Todos ellos juntos

Que el lector no se engañe: los dos sucesos horribles que voy a contar ahora, son sólo el preludio del tercero, mucho más nefasto e incomprensible. El tercer suceso fue la inesperada respuesta que di a la capciosa pregunta cómo reaccionarías en una situación límite. Sobre todo, si la situación límite la está viviendo otro. Espero que los lectores me juzguen con mucha menos piedad con la que yo mismo me juzgué durante estos años.

1. El primer suceso.

La noche del 10 de septiembre de 1998 mi amigo Daniel cumplía años. Como sus padres habían viajado -dejándole la enorme casa para hacer lo que quisiera- y él era afecto a las grandes fiestas, montamos un complejo equipo de iluminación y sonido para que cada habitación se convirtiera en una pista de baile. Daniel, un par de amigos y yo estuvimos toda la tarde preparando la ambientación y comprando el alcohol. Porque en la fiesta sólo iba a haber bebidas alcohólicas y baile: ni un canapé, ni una torta con velitas, ni un vaso de Coca Cola.

Debo aclarar que el año 1998 fue el más horrible de mi vida. Después de esa noche entendí que había llegado al fondo del espanto. Durante ese año pasaba largas horas con Daniel y sus amigos, entre asados y juegos de mesa. Ninguno de los nosotros trabajaba y casi no estudiábamos; nuestra vida se había convertido en una sucesión de pasatiempos egoístas, insomnios compartidos con TEG, videojuegos, truco y cervezas heladas. La noche y el día eran idénticos; comíamos a cualquier hora y nos escapábamos de toda posible obligación familiar o laboral. En mi recuerdo, todos los días de ese año fueron grises, fríos, llenos de ansiedad y tensa monotonía.

Los amigos de Daniel no eran amigos míos. Ese es un punto importante del relato. Los amigos de Daniel eran personas violentas, con oscuras aficiones, con vidas que tambaleaban entre el delito y la locura, que aparecían una tarde o una noche agitados y con mirada perdida, como si estuvieran escapando de algo. Muchos de ellos no tenían nombre; se los conocía por apodos de connotaciones inciertas. Se asomaban sin previo aviso por la puerta del quincho, se llenaban el estómago de alcohol y se tiraban sobre un sillón a roncar. Recuerdo puntualmente un hecho de ese año: un asado en el quincho de la gigantesca casa de Daniel, mientras tres o cuatro sus amigos se trenzaban en una discusión ruidosa y sin sentido acerca de la belleza de los travestis. En ese momento El Tucumano encontró divertido arrojar cuchillos y tenedores a los polemistas, poniendo fin a la charla e inaugurando una peligrosa velada de risas beodas con proyectiles. Me escondí debajo de la mesa y salí del quincho, parapetándome con las sillas. La diversión terminó cuando a uno de ellos se le quemó un ojo por porque le habían lanzado una enorme brasa. Quisieron apagar la brasa –que había quedado incrustada en su rostro- con un vaso de cerveza.

Pero claro, todavía no podía saber que yo era peor que todos ellos.

La noche del 10 de septiembre los invitados llegaron a las 23 horas. Inesperadamente fue una fiesta muy tranquila. Como la música ocupaba casi todos los rincones de la casa, y había mujeres desconocidas, los vándalos infernales no encontraron ocasión para volverse violentos ni para armar absurdas discusiones. Eso sí: una hora después habían tomado tal profusión y variedad de bebidas que muchos de ellos estaban tirados, casi inmóviles, en el único lugar de la casa silencioso y bien iluminado: la cocina.

Eran seis o siete, sentaditos panza arriba, desafiándose unos a otros para ver quién se ponía de pie y sacaba otra cerveza de la heladera. El silencio no podía durar mucho; fue cuestión de segundos para que comenzara una conversación sobre travestis, chistes negros o armas. Alex comentó que se había comprado un arma nueva. Quinco le pidió que se la mostrara. Alex la fue a buscar al auto. Lo que sigue el lector lo puede imaginar, pero vamos a reconstruirlo no sólo de acuerdo a cómo me lo contaron, sino también de acuerdo a lo que pude presenciar.

El arma estaba descargada. Este dato es importante; no tenía bala en la recámara ni nada de eso. Quinco la miró y se la pasó a los otros. Después de pasar de mano en mano, volvió a su dueño y él la dejó colgada en un perchero. Todo esto me lo contaron después.

En algún momento fui al baño que estaba al lado de la cocina. Mientras me lavaba las manos escuché una pequeña explosión, como un chasquido metálico. Después de eso, gritos desgarrados. “¿Están jugando con petardos?”, pensé.

Cuando salí del baño, un muchacho (¿Será posible? No recuerdo su apodo, ni su rostro) que no pertenecía a ese grupo, que había entrado por casualidad a la cocina, que nada más llegó a la fiesta para acompañar a su hermana, estaba tirado en el piso con su cabeza reventada contra el horno. Sólo retuve una fugaz e increíble imagen: Quinco gimiendo con el arma entre sus manos, frente a este chico-sin-nombre y sin cabeza; rodeado de pústulas blancas –seguramente cerebro- desperdigadas por la cocina como un licuado de banana hecho con la licuadora destapada.

Después de eso, la música se detuvo y comenzó un periplo de gritos, llamados telefónicos y llantos desesperados. Mientras Daniel, enfurecido, rompía los adornos de la casa gritando “te dije que no trajeras armas acá, pelotudo”, El Tucumano trataba de reanimar a quien estaba evidentemente muerto. Quinco, por otra parte, tomó de un tirón tres litros de vino, para que cobrara fuerza la hipótesis (después corroborada) de un accidente entre borrachos.

Lo peor de esta historia todavía no había ocurrido.

2. El segundo suceso.

Un par de horas después todos estábamos en la comisaría, esperando para declarar. La casa se cerró abruptamente; fajaron la zona y la policía forense dictó el acta de defunción de la víctima. Esta víctima de la que no puedo recordar su nombre; a quien yo había visto sólo dos o tres veces antes de la fiesta por visitas ocasionales y breves. Llamém